Mostrando entradas con la etiqueta Perdón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Perdón. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de diciembre de 2017

BUENA NOTICIA DE JESUCRISTO


 SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO 2017

El relato de Mc. 1,1-8 es llamado como buena noticia (evangelio), donde va indicando la identidad y origen verdadero de Jesús que es el fundamento de la buena noticia que marcos da a conocer. La buena noticia solo se entiende desde la práctica histórica de Jesús porque el evangelio no es una teoría, el evangelio no es algo pasado que sucedió sino que también acontece hoy y nos involucra en la causa de Jesús, solo así puede ser buena noticia.

Juan Bautista aparece como el mensajero que viene del mesías. Viste igual que Elías, pero no es el profeta Elías. Juan Bautista es un hombre pobre que renuncia a los privilegios humanos y de cualquier status. No habla de sí mismo sino de quien debe hablar, de aquel que viene detrás de él.

Juan Bautista nos recuerda que a Dios solo se le puede acoger es preparando los caminos de Jesús, porque Jesús es el camino de Dios: “Nadie va al Padre sino es por mi… yo soy el camino la verdad y la vida”

En la frase de allanar los caminos o senderos, consiste en que las relaciones humanes deben de pasar de la desigualdad a la igualdad de la justicia y el derecho, eso sería nivelar los senderos. No se puede vivir la fe sin preparar el camino de este mundo para el señor.


El arrepentimiento que se ofrece no es el templo sino en el desierto, no por sacerdotes sino por el Mesías, no es atreves de los sacrificios rituales sino mediante el bautismo. El arrepentimiento es signo de esperanza: ¿Se puede ser persona de esperanza donde lo más normal y razonable es la desesperanza y la resignación?

martes, 8 de marzo de 2016

DOS HIJOS Y UN PADRE Lc. 15

Esta parábola toca el problema de la fraternidad y de la misericordia. Dios perdona abrazando y besando, no humilla. El perdón y la vida recobrada  es alegría compartida.

El nombre tradicional  de esta parábola es EL HIJO PRÓDIGO, el verbo prodigar significa derrochar, gastar sin límites; y eso es lo que vemos en la parábola.  

PERSONAJES
Padre: Es presentado como un hombre con dos hijos, extraña ausencia de la mujer para tener el cuadro normal de una familia.  Es nombrado Padre 6 veces. El hijo mejor lo llama dos veces MI PADRE, en boca de los criados una vez y el hijo mayor nunca utiliza la palabra padre. Este padre vive esperando siempre el regreso de su hijo menor, explota de alegría, hace fiesta y demuestra un amor gratuito al regreso del hijo menor. Este padre es capaz de ver en la lejanía y lo hace ser hombre que acerca lejanías con el corazón. Humanamente hablando, lo primero que ve este padre es un hombre sucio, débil, repugnante y derrotado, pero detrás de toda esa miseria humana está un hijo, su gran tesoro de vida, por eso no importa las apariencias, los olores ni las debilidades. El acercarse a su hijo le conmueve las entrañas (cf. Os. 2,21; 11,8; Is. 49,13-16). El padre explota de alegría paterna se echa sobre su cuello (Cf. Gen 33,4) como cuando Esaú abrazo a Jacob, y lo cubre de besos. El beso comunica vida de acogida y ser acogido, el beso es afecto, amor, amistad, protección, respeto y veneración; y lo más impresionante que cualquier parte del cuerpo lo recibe. Si el beso es lo más dulce entre las personas que se aman  (Cf. Cant 1,2; Prov 24,26), cuanto más es el beso de este padre hacia el hijo menor. El padre no indaga la vida pasada de su hijo, el solamente ha hablado con los pies, los brazos y los labios llenos de besos. Estos gestos generan en el hijo una conciencia de la verdadera identidad de su padre. El amor de este padre cambia las cosas y le devuelven una nueva condición de hijo en la túnica (honor), el anillo (poder) y las sandalias (libertad). Con el becerro gordo que inaugura la fiesta el padre presenta las razones de su alegría: “este hijo mío… estaba muerto y perdido… vuelto a la vida y encontrado”, en una palabra ha vuelto nacer.

HIJOS: Aparece cuatro veces el término hijo.
Hermano Menor: Rompe la paz de la familia – quizás internamente estaba fracturada-  al pedir la herencia  porque no quiere estar más en la casa, quiere ser autónomo. El padre no pone objeción, no pregunta las causas, no cuestiona la libertad del hijo, no busca retenerlo, no lo chantajea sentimentalmente, no lo asusta con los peligros e inseguridades fuera de la casa.  El hijo menor al irse despilfarra sus bienes, vive sin esperanza y es cuando prueba la cercanía de la muerte y la degradación personal. En un primer momento se pone en movimiento, busca superar el hambre por sí mismo y se pone a trabajar cuidando cerdos, este oficio va en contra de su formación (cf. Dt. 14,8), el pagano que lo contrata aparece en sustitución del padre. La situación se va agudizando hasta el punto de querer envidiar la comida de los animales (Cf Lc 15, 16). La bellota que eran comida de los animales y de la gente más pobre “nadie se la daba” esto nos recuerda la parábola de Lázaro que deseaba hartarse de las migajas que caían de la mesa del rico pero nadie se las daba (Cf Lc 16,20-21). El hambre, la insolidaridad y la miseria provocan una toma de conciencia de su mal camino y lo lleva a pensar en la comida y el pan que tienen los trabajadores en la casa de su padre. Toma una decisión radical “me levantaré” y así inicia un camino que lo comienza a levantar del hundimiento y reconoce: “he pecado” (Cf. Ex 9,27; Núm. 22,34; Miq. 7,9, 2ª Sam. 12,13). El tomar conciencia de que faltó a su Padre y a Dios (Cf. Lc.15, 18 y Salmo 51,6).

Hermano Mayor: Trabaja en el campo, siempre fiel al mandato de su padre por tanto su relación es de patrón a siervo. No quiere llamar como hermano a su hermano menor, se refiere a él como: Tu hijo, ese hijo… Tampoco emplea la palabra padre, porque no ha conocido bien quien y como es su padre. El hermano mayor está lejos de la casa, del padre y de la alegría. Cuando le informan que volvió su hermano, su padre mandó a matar el becerro gordo, porque lo ha recobrado sano.  Él se llena de ira, que es contraria a la misericordia del padre, su ira es en contra del padre y su hermano; no puede entender el comportamiento de su padre; su ira y egoísmo lo hacen juzgar y condenar a su hermano, esta actitud nos recuerdan el pleito de José con sus hermanos (Cf. Gen. 37,11). Su padre salió a buscarlo, él va hacia su hijo mayor (el primogénito) y frente al gesto de su padre el hijo mayor se desahoga  e inicia un juicio frente a él y su hermano: “te sirvo sin desobedecer…nunca me has dado un cabrito”.  Se presenta como trabajador obediente, tiene mentalidad de esclavo y asalariado. Como hermano mayor se deslinda del hermano fracasado; no quiere contaminarse de su miseria, incluso llega ampliar las maldades de su hermano para degradarlo ante los ojos de su padre para que entienda que su hijo menor es una basura que merece un castigo no una fiesta. El padre le responde con amor a su primogénito y le habla de una comunión permanente de estar siempre con el: “todo lo mío es tuyo”. El padre invita a este hijo a unirse a la fiesta y así que comparta los sentimientos de solidaridad y cariño. Cada palabra del padre hacia el hijo mayor busca restituir el tejido fraterno entre los hermanos, de ahí que el hermano mayor  entiende que para entrar en la casa hay una sola puerta y es a través de su hermano. El entrar a la casa deberá expresarle a su hermano signos de perdón y reconciliación y alegría llena de esperanza por una nueva vida para su hermano. 

CONSIDERACIONES FINALES

1.      De esta parábola se desprende que para entrar en la casa del padre hemos de pasar por los hermanos menores de la vida.

2.      Cada momento de la vida es para conocer la verdadera identidad de Dios y así revisar nuestras imágenes de Dios.

3.      Es importante tomar conciencia de nuestros distanciamientos  y lejanías contrarias a la voluntad de Dios.

4.      Aprender, que todo pecado es lejanía y ruptura con la gran familia de Dios.

5.     Vernos como hermanos menores en proceso de conversión permanente.

6.     A nivel comunitario hemos de revisar los rasgos ocultos o evidentes que tenemos como el hermano mayor de la parábola.

7.     El perdón es signo de que toda persona vive una experiencia de verse amado por Dios.

8.     Sin perdón es imposible construir una civilización del amor.


lunes, 9 de septiembre de 2013

CORAZON DE PADRE


TEXTO
Lc 15, 11-32 -

Vamos a valernos de la, así llamada, “Parábola del Hijo Pródigo” y mejor conocida en los últimos tiempos como “del Padre Misericordioso” para reflexionar sobre nuestro camino de retorno hacia los brazos amorosos del Padre. Esta es una historia narrada por Jesús a sus oyentes entre los que estaban, además de sus discípulos, los publicanos y pecadores que le seguían y los infaltables fariseos y escribas que murmuraban porque Él acogía a gente de mala fama y comía con ellos.

Al narrar este pasaje, Lucas pretende iluminar la profundidad de la misericordia infinita de Dios, quien no lleva cuenta de los delitos. Recordemos que ésta es una de las tres parábolas de la misericordia del capítulo 15, junto a las de la oveja y la dracma perdidas. Pero, sin duda, es la parábola de este padre y sus dos hijos la que señala de manera indeleble en el creyente el alcance del amor del Padre de Jesús.

Empecemos reconociendo que al hablar de retorno se supone el haberse ido. Este doble movimiento de partida y regreso refleja muy bien nuestra condición de caminantes en esta vida respecto a Dios y la dinámica permanente en que vivimos respecto a Él. Casi diriamos que toda nuestra existencia esta marcada por ese ritmo de partir y volver.

Partir siempre es una opción de cambio: dejar algo, comenzar lo nuevo, incluso renunciar a lo que se está haciendo por emprender un nuevo proyecto. Es ruptura, revaloración, despedida, y también aventura, desafío, iniciativa. Todas estos conceptos se aplican muy bien a este hombre, seguramente joven, el hijo menor de su casa, que un día opta por partir, dejándolo todo: padre y madre, hermano, familia, casa paterna, trabajo, y se va a un país lejano, es decir, abandona la propia tierra con su cultura y costumbres, posiblemente las seguridades de su lengua y religión, para iniciar la aventura de lo novedoso y distinto. Pero, claro, no podía irse con las manos vacías y sin ninguna garantía. Así que pide la parte de la herencia de su padre que le corresponde, de la que se siente dueño, y emprende su aventura.

Desde luego no tenemos nada en contra de la iniciativa, la aventura y el deseo de cambio de este joven. Los jóvenes son así, forma parte de su dinamismo vital salir por ahí a ver la vida y experimentar el mundo. Pero hay varios errores en su decisión que queremos destacar:

1. En primer lugar, su ruptura es radical. No le basta irse a aventurar, sino que además implica en ello lo más preciado que tiene un ser humano, sus afectos y sus raíces. Rompe con todo, no quiere un paréntesis, unas vacaciones. No. Él quiere cambiar radicalmente sus valores y lazos. Ustedes saben que en el Israel de aquellos tiempos, donde seguramente podemos ubicar esta historia, pedir la herencia al padre era sinónimo de desearle la muerte, porque la herencia sólo se recibía tras la muerte del padre. Esta petición denota el deseo de ruptura total del hijo menor, comenzando por los afectos. Sobra decir lo que significaba para un israelita, y podriamos afirmar que para cualquier hombre, la figura del padre. El papá era el vínculo indispensable de cada hombre con la familia, con la tierra, con el origen mismo de su ser; era en últimas la voz de Yahvé en casa. La actitud de este muchacho, en la cultura semita que se ubica, tiene tintes de apostasía: quien rechaza a su padre, rechaza al Dios de su padre, que a su vez había recibido la fe de su propio padre y éste de su padre, etc. Luego, era romper el lazo mismo de protección divina que venía de generación en generación y abominar la alianza con Dios.  

2. En segundo lugar, dejar la propia tierra es dejar las raíces; esto para un israelita es desconocer la salvación de Dios a su pueblo, porque la tierra es un don de Dios. Fue Él quien saco a Israel de la esclavitud y le entregó la Tierra de la Promesa, haciendo de este pueblo en esta tierra el objeto de su predilección. Es un lazo inquebrantable, so pena de quedarse sin tierra, sin promesa y sin Dios.

3. En tercer lugar, el evangelista recuerda que el joven parte para un país lejano, es decir, donde todo es distinto, donde no hay ley ni profetas ni templo ni sábado para respetar. Quebranta con ello la sacralidad de su hogar, traiciona los valores de su familia y de su comunidad. Ya sabemos todo lo que dice el Antiguo Testamento acerca de esto. Es entregarse en poder de las fuerzas del mal, es dejarse llevar por los dioses foráneos, dioses de perdición.
           
En Israel ningún hombre normal podría llegar a tanta apostasía y seguir viviendo. Este joven opta por la muerte y la perdición definitivas. Voluntariamente sale del círculo amoroso de Yavhé Dios, abandona sus manos y su voz, deja su casa y su protección, representado todo ello por la figura del padre, para entregarse a la nada, al caos. Opta por ser un muerto viviente.

Aunque el pasaje evangélico no lo menciona, se puede suponer con facilidad el inmenso dolor de este padre y de su familia: este hijo le ha deseado la muerte, ha roto su relación de obediencia con Dios y con la historia de salvación de su pueblo, se ha entregado en manos del mal; en una palabra: ha desechado su amor. Y, sin embargo, el padre no se opone, le deja actuar con libertad. El amor jamás es obligación, jamás esclaviza, jamás amarra. Él sabe que le está perdiendo, que quizá nunca le recuperará, pero le deja. La vida misma se encargará de hacerle ver claro. ¡Ojalá no sea demasiado tarde!

Y aquél se va y se hunde hasta el fondo en el caos que deseaba experimentar, pierde su identidad como hijo de su padre y de su pueblo. Desaparecen su historia personal, sus lazos familiares, su credo, su ley y opta por entregarse a su instinto: comida, bebida, sexo, placer. Esa despersonalización le lleva a una paulatina animalización de su ser personal. Con el dinero malgastado se le malgasta también la vida y lo esencial de su existencia, deja de ser hijo, de pertenecer a una familia y a una historia. Es un don nadie, se le puede asimilar sin dificultad a un ser sin alma, a un cerdo, por ejemplo. Y es justo allí donde le ubica ahora la parábola: en el fondo de un abismo negro y tenebroso, asimilado al más despreciable de los animales para la cultura semita, al cerdo. Y desea alimentarse de los desperdicios de comida de los cerdos porque no tiene nada más. Pero ni siquiera a ese nivel llega: “nadie se los daba”.

Y es precisamente allí, en el fondo sin fondo de la nada, en la oscuridad total de su ser personal, donde este hombre-cerdo, en la soledad más absoluta de su fracaso, descubre que en él hay algo más que un perdedor: “Y entrando en sí mismo ...” se da cuenta que aún tiene un padre. El mismo que le dejó irse libremente, quien le entrego su parte de hacienda, quien lo despidió en silencio. Ese padre está en alguna parte recóndita de su ser y él sabe que allí permanecerá, que es lo único firme y duradero que tiene en la vida, que ahora que ha mandado todo por la borda, que esta desnudo como cuando nació, solamente él podrá devolverle su identidad personal, su historia, su familia y su Dios.

Es la luz al final del horrendo túnel, que ilumina todo el misterio de su propia vida, que le hace ver claro la inmensidad de su fracaso, lo escandaloso de su acción, la falsedad de su “proyecto de libertad”; es la mano tendida cuando ya el fango de las arenas movedizas de su vida destrozada se lo tragaba. Y entoces surge espontánea la decisión más importante de su vida: “Me levantaré, iré a mi padre y le diré...”. Ponerse en camino, dejar atrás la nada, avanzar hacia el calor de su hogar. Es el amor el que lo atrae, son los brazos seguros de su padre los que le reclaman la vida y así, cada paso, cada segundo que pasa es una historia nueva, es volver a nacer, es darse la oportunidad de vivir a pesar de su opción de muerte.

El camino de retorno es un largo camino, un camino lleno de temores y dudas. Al principio, preparará un certero discurso, alegará ante su padre su inexperiencia, su falta de visión, su estupidez, sus dudas de joven, su deseo de aventurar y correr la vida. Pero en el fondo él sabe que todo ello es disculpa, que son vanos los discursos, que es inútil tanta justificación. Su decisión fue personal y libre. Bien merecida tiene la vaciedad, la humillación y la derrota que ahora está sorbiendo como hiel. Por eso está dispuesto a trabajar como jornalero, quiere pagar sus culpas, con tal que le dejen estar allí para saciar su hambre, un hambre que no es sólo física, es hambre de padre y madre, es hambre de familia, de nombre, de historia, de afecto, de pueblo, de raza. Desea sentirse persona, no quiere ser más un cerdo, un don nadie. Le puede más la voz que le llama desde su ser interior que los miedos y dudas que tiene. Hay algo al final de ese túnel que le muestra seguridad, que le hace presentir que no todo está terminado, que lo incita a la aventura de volver, a desandar lo mal andado y a retomar su vida de hijo, sin importarle ya el qué dirán y los reproches.

¡Qué camino ese! ¡Cuánta profundidad y cuánta angustia, cuánto temor y cuánta esperanza, cuánta duda! Y una sola certeza: el amor de su padre. Aunque prepare discurso y afine razones para justificarse, el hijo pródigo sabe que su sola justificación es el amor inmenso de su padre, que ante ese amor no caben razones porque el corazón tiene razones que la razón no entiende.

¿Y el padre?  Él ha recorrido su propio camino, el de la esperanza, el de seguir siendo amor y certeza, el de no flaquear en su opción por la libertad de sus hijos. Un amor hecho espera continua, un amor de balcones y lejanías, de amaneceres solitarios y atardeceres prometedores, hasta poder superar la duda con la esperanza y ésta con la certeza de una presencia: el andrajoso que se divisa lejos, descalzo y casi desnudo, sucio y sin figura que pueda estimarse recuerda una silueta familiar, se asemeja a la esperanza de todos los días y la visión se va haciendo realidad, se acerca por el camino, lentamente, cansado y agobiado, extenuado de dolor y de hambre de padre. ¡Ese pobre hombre es el hijo, el amado, el esperado, el nunca olvidado, el objeto inmediato del amor! Y se conmovió y dejó el balcón de todos los días, y corrió, y abrazó y besó, y besó y abrazó. 

Y entonces el padre se vuelve seno, acogida, misericordia, padre y madre a la vez, para presenciar el nuevo parto del muerto recién vuelto a la vida, del perdido que ha sido hallado. Y sobran, ya se sabía, las explicaciones y justificaciones, los discursos se vuelven lágrimas y el arrepentimiento se convierte en alegría y fiesta y danza: ¡lo hemos recobrado, ha vuelto a la vida! Y el hambre y la sed de todo se vuelve hartura de todo: anillo, sandalias, vestido limpio, comida de casa, amor de familia. Ahora está aquí más que nunca, como si nunca se hubiera ido, porque ahora forma parte de la misma historia del padre, ya no por simple coincidencia de sangre sino por opción libre. El amor le ha traído, le ha recobrado malherido y doliente pero entero, más hombre que nunca, más hijo que antes, más libre que en el país lejano. ¡Qué misterios los del amor de padre: del abismo del sinsentido, del fango maloliente de los cerdos, al regocijo inacabable del hogar, al calor eterno del regazo del padre-madre, sin juicios, sin cuentas pendientes, sin discursos, sin amenazas ni castigos!

¡Cuánta misericordia cabe en un corazón de padre! ¡Cómo se refleja en él el amor infinito de Dios hacia sus hijos! ¡Cuánta bondad, olvido de sí, perdón de las ofensas recibidas, compasión, afecto entrañable y ternura hacen falta para que un corazón pueda ser llamado “corazón de padre”! Ese abrazo del padre feliz a su hijo maltrecho que regresa al hogar es la expresión más sublime del amor y representa todos los abrazos y ternuras que un ser humano puede recibir de su Padre.

Deciamos que partir es una opción de cambio. Y entonces regresar, ¿qué es? Es cambiar definitivamente, es optar por la libertad de reconocer los propios errores. Quien parte tiene una visión parcial de su camino, quien regresa lo ha visto ya desde los dos ángulos. Quien regresa hace síntesis, evalúa su andadura, recompone sus pasos. Sabe lo que hay de ida y de venida. Puede comparar lo que deja con lo que encuentra: “¿Para dónde vas peregrino, que dejas tu casa?”. “Voy a casa, necesito irme para sentir que me hace falta”.

Nosotros vivimos partiendo y regresando. Este ritmo se ha hecho habitual en nuestras vidas. Pero siempre parecen partidas parciales, efimeras, momentáneas. Y también los regresos son así, porque cuando nos vamos estamos ya pensando en volver; y al regresar quisiéramos volver a marchar. Así se fue madurando la decisión del joven pródigo: fue la sumatoria de todos los pequeños irse y regresar, que lo iban preparando a la ruptura total. Hasta que no pudo más. Ahora su partida era definitiva, él no tenía ninguna intención de volver, “lo reunió todo y se marchó a un país lejano”, fue ruptura radical, desde el fondo de su ser. Era el resultado de sus descontentos, de las incomprensiones, de sentirse marginado y sin futuro, de la cara larga de su hermano, del poco dinero en sus bolsillos para farras y jaleos. En su obsesión de libertad, no se sentía amado y por buscar el amor, abandono al Amor. No logró entender que desde su misma vida podía enrumbarse de una manera diversa, que en cambio si se desprendía de esa manera tan drástica, se estaba cortando al mismo tiempo la fuente de su aire y de su vida. No logró comprender que no era posible vivir lejos del amor, que los “amores pasajeros” y los placeres que le podía brindar su dinero, eran eso, momentos, ilusiones, fantasía, fuegos artificales de una noche, que como venían se irían cuando la bolsa se agotara.

Pero los seres humanos somos así: Me empeño en agradar, en tener éxito, en ser reconocido. Cuando fracaso, siento celos y resentimiento hacia los demás. Me vuelvo suspicaz, me pongo a la defensiva y siento pánico al pensar que no conseguiré lo que quiero o que puedo perder lo que tengo. Atrapado en esta jungla de deseos y necesidades no satisfechas, me aislo y fabrico en mi mente todo un mundo paralelo en el que yo seré el rey y todos se sujetarán a mi voluntad. Allí nace el deseo de independencia y de ruptura: quiero acabar con todo lo que signifique superioridad de otros hacia mí: Dios, padres y jefes y toda clase de autoridad, incluso moral, que me pueda “oprimir mi autodeterminación y libertad”. Por eso opto por irme y dejar atrás todo lo que hasta ahora era mi mundo. Es un quebrantamiento definitivo con esa realidad. Así en cuanto más me alejo de casa menos siento la voz que me invita a volver.

Pero por ello mismo, cuando el hijo menor, desde el fondo mismo de su ser, escucha tenuemente esa voz en su soledad y angustia, en la caótica situación de su vida, no puede menos que asirse a ella para intentar recuperar todo lo perdido. Esa voz interior es todo lo que le queda de humanidad. Y así como fue definitiva su partida, su decisión de regresar también es definitiva. La enorme distancia de su padre lo acercó al amor. Bajando hasta el fondo del abismo, viviendo su abyección de hombre, comprendió dónde estaba la libertad, el verdedero placer, el gozo interior, se descubrió persona y, por tanto, más allá de incomprensiones y descontentos, se sintió necesitado de lo suyo, de su entorno humano e histórico. Quiso regresar para no volverse a ir. Su discernimiento se basó en el dolor, en la experiencia sofocante de la soledad y el abandono. Y allí, en su soledad, consigo mismo, distinguió el rostro amoroso de su padre y decidió abandonarse al amor, sin coacciones ni dudas, en plena libertad, comparando la nada de su ser con el todo inconmesurable del amor. ¿Por qué renunciar al amor, cuando se me da gratuito, genuino, íntegro, cuando me plenifica y madura, cuando me hace descubrir al hombre e hijo que soy?

Su hermano mayor no hizo fiesta, no se unió a su padre en el jolgorio, no sollozó de alegría, no se conmovió cuando vió lo que quedaba de su hermano. Él también se había ido, hacía tiempo, quizá antes que el hijo menor. Se había ido sin maletas, sin partir de casa. Se había ido desde dentro, se había apartado del amor del padre y del hermano, ocupado como vivía en mil tareas, cuidando las cercas de su casa, enfracasdo en el descontento de vivir. Por eso el regreso del hermano le sorprende negativamente y con desprecio busca justificaciones a su desamor. El otro era el malo, el merecedor de castigo; él era bueno, siempre había estado aquí. Sí, con resentimiento, alejándose cada vez más del seno del padre, construyéndose su propio país lejano, con un corazón fariseo que le había secado el amor. Sigue la lógica del premio-castigo, desconoce la gratuidad, la bondad que nace de la ausencia, del perdón permanente y sin condiciones. Es demasido perfecto para comprender el arrepentimiemto de los imperfectos. Está demasiado ocupado en calcular lo que él se merece por su fidelidad como para imaginar que el amor no tiene precio, que cancela todas las deudas y que la fiesta es la consecuencia lógica del perdón y del abrazo.

¡Qué difícil es entender al otro en su limitaciones y errores cuando nos creemos perfectos, cuando consideramos que el amor es parte de la paga, que no cabe el perdón para quien se equivoca de raiz, que somos mejores porque cumplimos las reglas establecidas, que el camino de la vida es una ida permanente sin retorno!

Los brazos amorosos del Padre-Madre de Jesús, en cambio, nos hablan de perdón sin límites, de bondad permanente, de una misericordia tan grande que no alcanzamos a comprenderla. Que en la aventura de la vida, nuestra tenue existencia busque esos brazos por las mil encrucijadas y caminos que tenemos delante a nuestros ojos. La luz, al final del túnel, nos guiará hasta ellos.

sábado, 10 de septiembre de 2011

TEN PACIENCIA CONMIGO Y TE LO PAGARE TODO

Texto Mt. 18,21-35

Podemos afirmar que este texto tiene como telón de fondo –en la medida de lo posible- la comunidad a la que el mismo evangelista escribe y a su vez la propia experiencia de perdón y fraternidad de los discípulos con respecto a la capacidad de cuantas veces se tiene que perdonar.

El punto de partida de la pericopa es una pregunta: “…si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces lo tendré que perdonar?, ¿siete veces?...

La parábola con responde Jesús a la pregunta de Pedro, es tremendamente desproporcionada en todo, por ejemplo: en la actitudes de los personajes que es tan distintas entre si en cuanto al perdón, en la deuda de uno y del otro, la tensión entre el perdón recibido y la violencia practicada, etc.

La actitud de los compañero del siervo o amigo que no quiso perdonar al otro su deuda o darle mas tiempo, se corresponde perfectamente con el reflejo de la tensión, tristeza, conflicto… que bien puede ser de la comunidad cristiana o apostólica que siente la necesidad del perdón antes las situaciones antes mencionadas.

Cabe hacernos una pregunta para que nos ilumine la palabra nuestra propia realidad: “¿cómo es posible que alguien que le han perdonado una deuda inmensa no sea capaz de perdonar una deuda insignificante?” Al oír esta parábola también queda en pensamiento la pregunta cuestionante del rey: “¿no debías tu también tener también compasión de tu compañero como la tuve yo de ti?”

Cuando llegamos a una experiencia de Dios lo primero que se descubre es el amor que nos tiene y, a través de ese amor hemos recibido el perdón que Dios ha dado muchísimas veces sin aun pedirlo nosotros mismos. Consecuencia de recibir un perdón tan grande es que debemos perdonar sin limites, son condiciones.

La pregunta inicial de Pedro que se encierra en un limite de perdón – 7 como lo máximo del perdón- es por parte de Jesús superado, superando un esquema de casuística. El perdón es necesario para poder vivir una vida comunitaria, el perdón nace de haber sido perdonado por Dios. Quien haya experimentado la misericordia del Padre no puede andar calculando las fronteras del perdón y de la acogida fraterna a los hermanos. El perdón evita que nos destruyamos entre nosotros mismos.

El que se cierra al perdón se castiga así mismo. Cuando se ejercita el perdón se libera del odio, se reconcilia consigo mismo, se recupera la paz, la vida puede comenzar de nuevo.

El sentirse perdonado (a), es sentir la ternura inmensa con la que Dios nos envuelve y nos sostiene. El perdón es una experiencia humana que ayuda para el crecimiento que quien no conoce el gozo del perdón corre el riesgo de no crecer como persona. Quien olvida lo mucho que le perdonan se vuelve duro de corazón con demás. El perdón cambia las relaciones entre las personas y plantea una nueva convivencia para el futuro.

Por ultimo hemos de tener presente que el perdón tiene dimensiones sociales, porque el perdón no justifica ni permite las actuaciones inhumana, vejatorias e injustas con ninguna persona sea delincuente, sea político, sea de otra creencia religiosa. El perdón humaniza la vida social del hombre. AMEN.

miércoles, 31 de agosto de 2011

SI TU HERMANO TE OFENDE, VE Y HAZSELO VER… SI DOS DE USTEDES SE PONEN DE ACUERDO, CUALQUIER ASUNTO POR EL QUE PIDAN LES RESULTARA.



Texto Mt 18, 15-20


Los oyentes directos a quienes Jesús se dirige son los discípulos, serán ellos que posteriormente tendrán que aplicar las palabras del maestro a la comunidad o comunidades que enfrentaran problemas de ofensas, escándalos, convivencia, etc. Esta palabras del maestro serán el camino que ayudaran a la comunidad en la construcción de la fraternidad y a la superación del legalismo.

Los problemas que tendrán que asumir será los problemas individuales y comunitarios. El texto nos indica como asumir la situación desde la comunidad y desde la fraternidad, salvando en todo momento que no es aplicación de una ley para condenar sino para regenerar, salvar desde el respeto y el amor.

El procedimiento es sencillo pero requiere prudencias, cariño y preocupación fraterna. Veamos:

Primer paso: llamar en privado para expresar el sentir y el punto de vista que se tiene de la situación, esto permite que el otro también exprese su situación.

Segundo paso: Si al cabo de un tiempo no hay corrección, evidenciar la situación con otros testigos –que perciben la situación- que de alguna manera se ven afectados.

Tercer paso. El extremo final, ante la comunidad que será la que reconoce la situación extrema en donde se ha colocado el hermano. No es la comunidad –sea familiar, eclesial, vecinal, laboral etc.- que esta condenando, es ayudar a tomar conciencia de la situación que no esta favoreciendo a nadie. La comunidad determina la disciplina aplicar: “todo lo que desaten en la tierra quedara desatado en el cielo, y todo lo que aten en tierra quedara atado en el cielo”

Para que todo lo anterior tenga efecto liberador y sanador, debe tomarse desde un clima de oración que asegura a la comunidad que lo decidido ha sido en nombre de Jesús: “si dos de ustedes se ponen de acuerdo, cualquier asunto por el que pidan les resultará, por obra de mi padre del cielo”

La presencia de Jesús en la comunidad eclesial –entiéndase la misma nosotros- hace que nuestra oración y las decisiones tengan valor mas allá de la historia, es decir valor liberador, sanador y reconciliador.

Nos hacemos una pregunta: ¿cuál es nuestra realidad con respecto a la corrección fraterna? Constatamos primero que la fraternidad que la convivencia diaria –laborar, vecinal, familiar, etc.- va estar amenazada por los juicios destructivos, por posturas intransigentes, equivocaciones imperdonables, etc. Pero lo que Jesús nos propone es salvar la fraternidad sin condenar porque el fallo y las equivocaciones las tenemos todos, no somos perfectos. Todos tenemos derecho fraterno de empezar de nuevo, contar con una nueva oportunidad. Eso nos dará un acto de fe en seguir creyendo en los otros – dígase hermanos, esposo (a), amigos (as), etc.-.

Jesús invita a tener mas un sentido de la escucha que agudeza critica. La escucha permite ver desde la misericordia donde esta el otro. El proceder según el texto de Mt 18,15-20 ayuda salir de la cerrazón, del pecado y volver a la bondad del amor y el surgimiento de nuevas relaciones en lo comunitario basadas en la verdad y nos en suposiciones, relaciones de afrontamiento, relaciones de libertad, relaciones de compresión y relaciones de esperanza.

Repacemos el cantico San Francisco de Asís de hazme un instrumento de tu paz y verán que es la aplicación del texto.

domingo, 13 de junio de 2010

TENGO ALGO QUE DECIRTE

Texto. Lc 7, 36-50.

36 Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. 37 Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. 38 Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.

39 Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!». 40 Pero Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». «Di, Maestro», respondió él. 41 «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. 42 Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?». 43 Simón contestó: «Pienso que aquel a quien perdonó más». Jesús le dijo: «Has juzgado bien».

44 Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. 45 Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. 46 Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. 47 Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor». 48 Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados». 49 Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?». 50 Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz


REFLEXIÓN GENERAL.

En línea general tenemos un relato que presenta dos dimensiones: la presencia de un hombre y una mujer. La mujer no tiene nombre, el fariseo se llama Simón, es el único fariseo que se menciona por su nombre en los sinópticos.
En cuanto a la mujer, en el texto es descrita con mucho detalle tanto de su vida como las acciones que ella hace en la persona de Jesús. Sus acciones se resumen en los verbos regar, secar, ungir y besar. Estos verbos son el reflejo de una profunda gratitud. Esta mujer sin nombre representa el estamento de las y los marginados por motivos religiosos y sociales.

Ante las acciones de la mujer Jesús responde con los verbos: ama, interpela, perdona y libera. Jesús responde porque se deja bañar por las lágrimas de esta mujer, se deja secar por sus cabellos, se deja besar y ungir, en una palabra tiene sentimientos de acogida. Es más si nos fijamos bien el fariseo estaba acompañado por sus suyos en cambio Jesús no tiene otra compañía que esta mujer. La acción que ejecuta esta mujer produce el efecto liberador del perdón que ante los ojos de los compañero del fariseo esto es un escándalo, pero la mujer da profunda muestras de agradecimiento pues está convencida que ha que Jesús la ha liberado.

El fariseo cree que cuando invita a Jesús a su casa a compartir su mesa, el maestro está convencido de sus ideas y convicciones religiosas. La actitud de Jesús causa reproche porque se ha dejado tocar por una mujer pecadora. Pese a la simpatía que posiblemente podía haber tenido hacia Jesús, el fariseo sigue creyendo en el peso de la ley de los puros e impuro, él sigue dividiendo a personas puras e impuras, malas y buenas.

Este evangelio nos pone en evidencia que es peligroso para la fraternidad tener una moral cómoda en la juzguemos severamente a los demás y sentirnos justificados por lo que hacemos. El evangelio es buena noticia que no produce desesperanza, nos revela el perdón que gratuitamente viene de Dios.

sábado, 22 de mayo de 2010

RECIBAN AL ESPIRITU SANTO

Jn. 20,19-23.
19 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz con vosotros." 20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

21 Jesús les dijo otra vez: "La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío." 22 Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo.

23 A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos."


REFLEXION
19 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz con vosotros." 20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

El atardecer establece que ya está terminando una situación y está a punto de comenzar otra. El evangelista es muy detallista al indicar que los discípulos tenían miedo, por eso que el miedo es expresado en tener las puertas cerradas. El miedo es la negación de salir al encuentro de Dios, es algo parecido lo que le sucedió Adán, que se esconde al escuchar los pasos de Dios (Gn 3,8-10: 8 Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín. 9 Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: "¿Dónde estás?" 10 Este contestó: "Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.")

El miedo es inseguridad en la comunidad discipular, que dicho sea de paso, el termino discípulo indica una totalidad, no se menciona nombre propios de discípulos, ni se establece límite alguno para esta palabra.

La presencia de Jesús, les otorga el primer fruto de la resurrección que es la paz. El miedo que es perdida de la paz; en un simple y habitual saludo recuperan la paz y superan el miedo.

Podemos afirmar, que el texto es todo un conjunto de sentimiento: miedo, paz, alegría.

Al mostrar Jesús las cicatrices de la pasión (mano y costado), les demuestra que ninguna autoridad sobre la tierra, puede quitarles la vida que él les comunica con la paz y la alegría que ahora sienten. Este encuentro de Jesús ya había sido anunciado por el mismo (Cf Jn 16,21), el maestro debía cumplir su palabra, y lo hizo.

21 Jesús les dijo otra vez: "La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío." 22 Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo.

La resurrección capacita a Jesús para otorgar el don de la vida a todo hombre y toda mujer. La vida que se trasmite será a través del Espíritu Santo.
La paz nuevamente otorgada por segunda vez, introduce a los discípulos en la misión por la cual habían sido elegidos.

La paz tiene un segundo significado: confianza y seguridad para la misión. Para esta misión el discípulo debe ofrecer sus manos y el costado lugar donde radica el corazón, es decir debe amar a la misión y sus dificultades para que salgan victorioso.

El soplar sobre ellos es para infundir su propio aliento de vida, que genera una nueva condición humana que exige amor y lealtad.
El soplo del resucitado, hace ver a Jesús el nuevo santuario viviente. El soplo del resucitado es expresión del amor de Dios. El soplo del resucitado hace superar la condición débil de la carne.

23 A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos."

El pecado es el dique o aniquilación de la vida que impide la realización del proyecto creador de Dios en el hombre. El pecado no da alegría, genera el miedo y cierra las puertas del ser humano a los valores del Reino de Dios.
El perdón, debe ir acompañado por los frutos de la paz y del soplo del Espíritu de Dios, y este debe acontecer en la comunidad que se reúne, no por miedo, sido para fortalecer la misión.

EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra