domingo, 25 de septiembre de 2016

ENTRE USTEDES Y NOSOTROS SE ABRE UN ABISMO INMENSO Lc 16,19-31

La pobreza no es ambigua en la parábola, el pobre tiene nombre, está cercano y visible. El rico que tiene apellido y prestigio es anónimo en la parábola no tiene nombre. El pobre Lázaro no está muy lejos del rico, el texto dice que está a la puerta de su casa, los dos se encuentran todos los días pero están distantes. La distancia no la crea Lázaro por ser pobre sino el rico por ser indiferente e inhumano. El abismo que los va separar  más allá de la muerte es solo la continuidad de la trágica división querida por el rico y que su vez es continuada por sus hermanos

La parábola de Lázaro y el rico está estructurada en las categoría religiosas de la época sobre el más allá: encontrar con Abraham era la meta y esperanza de todo judío piadoso de la época, que más tarde para el mundo cristiano se llama Cielo. El abismo es lugar de tormento que para el pensamiento cristiano es infierno. Ahora bien es muy llamativo cuando el  evangelista Lucas afirma que ambos mueren; Lázaro es llevado o conducido por los ángeles y sentado a la mesa es decir que su vida se transforma y continúa de otra manera, no en pobreza y la miseria. El rico que es solo enterrado, es decir que su vida no continúa y solo habita en lugar de muerte.

La parábola tiene el trasfondo de la llegada del Reino de Dios y la conversión  como decisión urgente que el hombre y la mujer deben de asumir. Cuando la pobreza y la miseria humana se han convertido  en algo normal y cotidiano, cuando cada quien defiende su mundo de felicidad, cuando solo se acumula… esta parábola hace un urgente llamado a la fraternidad y solidaridad.

sábado, 17 de septiembre de 2016

«El amigo fiel no tiene precio» (Si 6,15)

En las distintas tradiciones místicas aparece descrita la relación entre Dios y el hombre en términos de amistad; la amistad es metáfora de encuentro, de relación cálida y envolvente, de cercanía y protección. También la tradición judeo-cristiana habla de la amistad divina y de la humana como espejos que se contemplan y se reflejan mutuamente; por eso seria artificial trazar una distinción radical en la Biblia entre la amistad divina y la amistad humana. Todos los rasgos que caracterizan la amistad entre los hombres aparecen en el Dios de la Biblia, porque los dos preceptos del amor son semejantes. 

La amistad es de naturaleza expansiva. «Quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso» (1Jn. 4,20). Podemos esperar que los grandes amigos de Dios sean también simultáneamente magníficos amigos de los hombres. La amistad con Dios habilita en nosotros una mejor calidad de amistad humana, y viceversa. 

Una de las cualidades bíblicas de la amistad es su capacidad de dilatación el amor es como el fuego, que, si no se comunica, se apaga. Pablo confesaba a los corintios: «Sentimos el corazón ensanchado. No tenéis un lugar en estrecho en nosotros» (cf. 2 Cor. 6,11-12).

Pero no es sólo en la literatura sapiencial donde la Biblia exalta la amistad humana. Las más bellas páginas sobre la amistad son de naturaleza narrativa. La Biblia atesora una de las historias más dramáticas de amistad de toda la literatura universal se trata de la amistad entre dos jóvenes David y Jonatán, el hijo de Saúl. Es una amistad a primera vista; Jonatán se sintió atraído hacia David desde el primer momento en que lo vio con la cabeza de Goliat en sus manos: «Jonatan se encariñó de David; lo quiso como a sí mismo» (1 S 18,1). La literatura rabínica juega con el nombre hebreo de David, cuyas consonantes hebreas coinciden con  la palabra DOD, «amado. 

David fue, ante todo, alguien muy fácil de querer. Cuando llegó a la corte de Saúl, era sólo un muchacho, un pastorcito, pero pronto supo ganarse el afecto del hijo y la hija del rey Saúl. Mical acabaría siendo su esposa, y Jonatán su mejor amigo. Lejos de ver en David a un rival que un día podría arrebatarle el trono, Jonatán quiso siempre compartir con él su condición de príncipe. Dice un refrán que el amor se da entre iguales, o hace iguales. Por eso Jonatán sintió la necesidad de compartir con David todo lo suyo, hasta sus propios vestidos de príncipe. «Jonatán y David hicieron un pacto, porque Jonatán lo quería como a sí mismo; se quitó el manto que llevaba y se lo dio a David, y también su ropa, su capa, el arco y el cinto» (1 S 18,4). 

Pronto Saúl tuvo envidia de David y se propuso matarlo, y fue entonces cuando Jonatán salió en defensa de su amigo, aun a riesgo de perder el afecto de su padre. Sus esfuerzos reconciliadores fracasaron, y en una ocasión su defensa incondicional de David suscitó las iras de Saúl, que estuvo a punto de clavar a Jonatán contra la pared con una lanza. Aun después de esto, Jonatán continuó sus estratagemas para salvar la vida de David. Hicieron entre los dos un pacto sagrado de apoyo mutuo y se juraron amistad y fidelidad. «Jonatán hizo jurar también a David por la amistad que le tenía, porque lo quería con toda el alma» (1 S 20,17). Una de las páginas más dramáticas de la Biblia es la narración de la despedida de los dos jóvenes, en un clima de clandestinidad. No pueden hablarse sino en voz baja, y las lágrimas tienen que suplir a las palabras. «David salió de su escondite, cayó ante Jonatán a tierra, postrándose tres veces; luego se abrazaron llorando los dos copiosamente.  Jonatán le dijo: "Vete en paz. Como nos lo juramos en el nombre del Señor, que el Señor sea siempre juez de nosotros y de nuestros hijos"» (1 S 20,41-42). Ya no habrían de verse nunca más en la vida. Cuando, años más tarde, David se enteró de la muerte de Jonatan y de Saúl en la batalla de Gilboé, compuso una «qinah», una elegía por su muerte, que tiene como estribillo: «¡Cómo cayeron los héroes!» En ella dedica un recuerdo emocionado a su amigo Jonatán: «¡Cómo sufro por ti, Jonatán, hermano mío! ¡Ay, cómo te quería! Tu amor era mejor para mí que amoríos de mujeres» (2 S 1,26) Sólo los que nunca han experimentado en su propia vida un auténtico cariño limpio entre amigos sospechan que en la relación entre los dos jóvenes había un componente sexual. El miedo a la homosexualidad en nuestra cultura ha llevado a inhibir cualquier tipo de expresiones de afecto entre amigos del mismo sexo.

El hebreo carece de una única palabra equivalente al término español «amigo», al latino «amicus» o al griego «philos». Tiene sin duda una gran variedad de términos para la relación de amistad, pero ninguno de ellos cubre en su totalidad el mismo campo semántico de la palabra española «amigo». 
La relación de amistad se puede expresar en hebreo comúnmente mediante la palabra REA, un término muy frecuente pero que desborda el campo de la amistad. La mayor parte de las veces no tiene una connotación afectiva o íntima, sino que se utiliza para designar al «vecino» o al «prójimo». Pero en algunas ocasiones el término REA sí equivale a nuestro concepto moderno de «amigo» e incluye matices de afectividad propios de una amistad íntima. Otro término usado para designar la relación de amigo es el de 'OHEB, el participio del verbo amar, usado de forma sustantivada. En varias ocasiones aparece la bina «compañeros y amigos», en la que rea' equivale a simple compañero, y `OHEB designa un tipo de relación más íntima (Pr 18,24; Sal 38,12; 88,19...).

La palabra 'ALUF aparte de otras connotaciones militares, designa también un tipo de relación íntima de amistad entre dos hombres (Pr 16,28; 17,9), y también entre hombre y mujer. Existe también el término YADID, que se usa casi exclusivamente en un sentido religioso para designar la amistad divina, la predilección de Dios. Benjamín es el amigo del Señor (YEDID YHWH Cf Cf 33,12). Pero cuando la Biblia hebrea quiere expresar con más claridad el concepto de «amigo íntimo», «amigo especial», acude a términos compuestos tales como «amigo del alma» (yedid nephesh: Dt 13,6), «comensal» (el que come mi pan; el hombre de mi confianza), «el que me da la paz» ('ish shelomi: Sal 41,10), «mi confidente» (metey sodi: Jb 19,19). Quizás el texto en que aparece una mayor redundancia de términos para expresar amistad e intimidad es el salmo 55,14-15. Traduce Alonso Schókel: «mi camarada, mi amigo y confidente, a quien me unía dulce intimidad»; literalmente habría que traducir: «mi igual, mi amigo, mi conocido, con quien compartía la dulzura de mis confidencias». 

Con el influjo del helenismo acabó imponiéndose la palabra philos en toda la literatura intertestamentaria escrita en griego y en los escritos del Nuevo Testamento. Los últimos libros sapienciales, y sobre todo el Eclesiástico, reflejan ya esta influencia cultural del helenismo. Lucas hará del término philos una clave evangélica para expresar la correcta actitud hacia los pobres. En el paganismo no existía el concepto de la limosna, y Lucas trata de exhortar a la generosidad hacia el pobre tratando de incluirlo dentro del círculo de los amigos, para hacerle así beneficiario de la generosidad que caracterizaba a esta relación de amistad. Los amigos de Dios La amistad entre David y Jonatán es sólo una plataforma de lanzamiento para elevamos a considerar la amistad de Dios con el hombre. Tampoco esta vez esperemos encontrar en la Biblia un tratado sistemático sobre el Dios amigo. La Escritura contiene una teología narrativa. Más que hablarnos de cómo es Dios, nos narra el modo que tiene de comportarse con el hombre. Casi todos los vocablos hebreos analizados en la sección anterior son utilizados en la Biblia para referirse a la relación especialísima de amistad de Dios con el hombre, sobre todo con algunos de sus elegidos. 

Así se nos dice que Abrahán fue «amigo de Dios». «Entregaste esta tierra a la estirpe de Abrahán, tu amigo» ('oheb: 2 Cr 20,7). «Tú, Israel, siervo mío; Jacob, mi elegido; estirpe de Abrahán, mi amigo» ('oheb: Is 41,8). «Abrahán se fió de Dios, y se le apuntó en su haber, y se le llamó "amigo de Dios"» (St 2,23). Esta denominación arraigo en la literatura rabínica. La especial amistad de Dios con Abrahán se basa en la confianza mutua que existió entre los dos, en el hecho de que Dios no hiciese nunca nada sin antes consultar a su amigo, y en el poder de intercesión que Abrahán tenía ante Dios.  También Moisés es llamado «amigo» de Dios (reaf). «YHWH hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Ex 33,11). Esta familiaridad de trato es el rasgo más específico de la amistad bíblica. En esto se diferencia Moisés de otros profetas que son también portadores de la palabra de Dios. «Cuando hay entre vosotros un profeta de YHWH, me doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños. No así con mi siervo Moisés, el más fiel de todos mis siervos. A él le hablo cara a cara; en presencia y no adivinando contempla la figura de YHWH» (Núm. 12,6b-8). Benjamín, uno de los hijos de la esposa amada de Jacob, es designado también en las bendiciones de los doce hijos de Jacob como «amigo de YHWH (yadid) que habita tranquilo; el Altísimo cuida de él continuamente, y él habita entre sus hombros» (Dt 33,12). Este «habitar entre los hombros» puede ser originalmente una indicación de carácter geográfico, ya que la palabra katef puede designar tanto «hombro» como «ladera de montaña». Pero más adelante ha pasado a expresar una cercanía física que denota solicitud y cuidado. Muchos han visto en Benjamín, amigo predilecto de Dios, la figura del discípulo amado en el evangelio de San Juan, el que estaba reclinado entre los hombros de Jesús (Jn 13,23.25). Igualmente Israel, en sentido colectivo referido al pueblo entero, recibe también el nombre de «amigo de Dios».

Lo que el pueblo de Israel descubre en todos los ejemplos que hemos reseñado es un Dios amigo, bien dispuesto hacia el hombre. Los libros sapienciales nos describen la «filantropía» de la sabiduría divina. «La sabiduría es un espíritu amigo de los hombres» (Sb 1,6; 7,23). El término «filantropía» -amor al hombre- pertenece en rigor a la cultura helenista y no aparece hasta los últimos libros de la Biblia, pero el concepto está presente ya desde el principio de la revelación. En el Nuevo Testamento, los ángeles de Belén anunciaron la básica buena disposición de Dios hacia los hombres, la «paz en la tierra para los hombres de la eudokia, (buena voluntad divina); los hombres hacia quienes Dios está bien dispuesto (Lc. 2,14). La carta de Tito nos revela que «apareció la bondad de nuestro Dios y Salvador y su amor al hombre (filantropía)» (Tit 3,4). Pero estos textos neotestamentarios en realidad no son ninguna sorpresa. Todo el Antiguo Testamento ha sido ya testigo de esta amistad de benevolencia que Dios siente hacia el hombre. 

Uno de los rasgos más característicos de los buenos amigos es la capacidad de disfrutar de la presencia mutua, de pasarlo bien juntos. En compañía de los amigos es fácil pasar un rato agradable. No importa tanto lo que se haga cuanto el simple jugar, bromear, charlar, pasear... El Dios amigo del hombre es el que disfruta de la compañía de Adán, el que baja al jardín a la hora de la brisa para darse un paseíto con él (Gn 3,8). Es también el que esta a la puerta y llama: «Si alguno me oye y me abre, entraré en su casa y comeremos juntos» (Cf Ap 3.20). Su mayor deseo es compartir la cena con el hombre, la cena «que recrea y enamora». «Ardientemente he deseado cenar con vosotros esta Pascua» (Le 22,15). La comensalidad es, por tanto, otro de los rasgos de la amistad bíblica. Amigo es el que comparte la mesa. Por eso la traición de Judas durante la cena fue un sacrilegio contra el misterio de la amistad en su expresión más sagrada. «Incluso mi amigo en quien yo confiaba, que compartía mi pan, sobresale en traicionarme» (Sal 41,10). El gesto del bocado que Jesús da a Judas en la última cena de Juan es signo de la amistad traicionada (Jn 13,26-27); simboliza a la vez el don gratuito del amor y la perfidia de la traición.

Otro rasgo expresivo de la amistad divina es la familiaridad en el trato. Acerca de Moisés se nos dice ante todo que hablaba con Dios cara a cara, «como habla el hombre con un amigo» (33,11). Después la misma Biblia tratará de atenuar esta audacia diciendo que en realidad Moisés no veía la cara de Dios, sino sólo su espalda (Ex 33,23). Hay que esperar al Hijo único, el Amado, el que mora en el seno del Padre. Sólo él contempla eternamente la gloria del rostro del Padre, y por eso la ha hecho brillar sobre nosotros, de modo que nuestros ojos contemplen la gloria que Moisés no pudo ver (Jn 1, 14.17). Uno de los rasgos que caracterizan al discípulo amado, según san Juan, es precisamente el hecho de recostarse en el pecho de Jesús.

Caracteriza también a los amigos el deseo de presencia, de estar cerca de uno del otro. Jesús quería tener a sus amigos juntos con él (cf Jn17,24) tuvo como que «arrancarse de ellos», como se arranca una espada de la vaina, según el significado del verbo griego (Lc. 22,41).
 
Uno de los sufrimientos mayores para el hombre es la soledad, el verse lejos de aquellos a quienes ama. En la lista de las tribulaciones del justo sufriente se menciona con frecuencia esta lejanía como una de las mayores causas de sufrimiento: «Mis amigos y compañeros se alejan de mis llagas, y hasta mis familiares se mantienen a distancia» (Sal 38,12). «Has alejado de mí a amigos y compañeros, y mis conocidos son las tinieblas» (Sal 88,19). «Tienen horror de mí mis íntimos, y los que yo amaba se vuelven contra mí» (Job 19,19). 

Pero quizá, de todas las características de la verdadera amistad, aquella que la Biblia ha subrayado más ha sido la confidencialidad. El amigo es, ante todo, el confidente, aquel para quien uno no tiene secretos: «Eras tú mi confidente, mi amigo, con quien era dulce compartir los secretos» (Sal 55,14-15). También este rasgo es propio de la amistad divina. Abrahán es amigo de Dios en su condición de confidente: «¿Puedo ocultarle a Abrahán lo que voy a hacer?» (Gn 18,17; cf. Am 3,7). Dios consulta con Abrahán antes de decidirse a actuar con Sodoma y Gomorra. En esta misma línea, no es extraño descubrir en el Nuevo Testamento que Jesús llama a sus discípulos «amigos» precisamente porque son sus confidentes, los depositarios de sus secretos más íntimos: «Ya no os llamo siervos, sino amigos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. A vosotros os llamo amigos, porque os he comunicado cuanto escuché a mi Padre» (Jn 15,15). El amor es también compasión, la capacidad de sentirse afectado, de entrar en comunión con los sentimientos del amigo, sus penas y alegrías. San Pablo lo definió magistralmente: «Reír con los que ríen y llorar con los que lloran» (Rm 12,15). El Dios de la  Biblia es un Dios empalico, bien lejano del Dios impasible de la metafísica. Los impasibles no pueden ser verdaderos amigos. «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto. He oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos» (Ex 3,7). Quizás el icono más expresivo de estas lágrimas del amigo sean las lágrimas de Jesús por su amigo Lázaro. Es el versículo más breve de toda la Escritura; sólo tres palabras: «Y Jesús lloró» (Jn 11,35). El más breve, pero quizás el más significativo. Dice un refrán: «Podrás olvidar a los que rieron contigo, pero nunca olvidarás a los que lloraron contigo». Jesús llora al ver las lágrimas de Marta y de María; no llora con lágrimas mansas, sino que se estremece sollozando Dos veces seguida¡ se refiere el cuarto evangelio a los sollozos de Jesús. Esos sollozos fueron tan intensos que la gente no pudo por menos que comentar: «¡Cómo lo quería!» (Jn 11,35). Las lágrimas han revelado lo profundo de la amistad de Jesús hacia Lázaro y su familia. En las tumbas israelitas aparecen con frecuencia los «vasos de lágrimas». Son pequeños recipientes de cristal estilizados, en los que se guardaban las lágrimas derramadas, estos pomos se depositaban en la tumba como testimonio de amistad sincera. Las lágrimas son calientes, tienen energía. Dios guarda nuestras lágrimas en su odre (Sal 56,9). 

Amigo es también aquel ante quien me puedo mostrar como verdaderamente soy, sin necesidad de maquillarme, dada la aceptación total y absoluta que recibo de él. El amigo es el espejo donde me miro. Dice un texto de las Odas de Salomón: «He aquí que nuestro espejo es el Señor. Abrid los ojos y miraos en él; conoced cómo es vuestro rostro y proclamad la alabanza del Espíritu».   

Los dos libros principales que abordan el tema de la amistad en la  Biblia son Proverbios y Eclesiástico. Hablando en general, diríamos que los pensamientos sobre la amistad en Proverbios muestran una visión más recelosa y utilitaria. Junto con otras frases más positivas, abundan en el libro las referencias a los inconvenientes que en la excesiva generosidad. Se nos adviene sobre el peligro de confiar demasiado en los demás. 19,15). 

La amabilidad en las palabras es muy importante para conservar a los amigos: «La boca amable multiplica sus amigos la lengua que habla bien multiplica las afabilidades» (Si 6,5). «Quien tira una  piedra aun pájaro, lo ahuyenta; quien afrenta al amigo, rompe la amistad» (Si 22,20). Otra de las cosas que pueden destruir la amistad es la incapacidad para guardar los secretos y las confidencias del amigo (Cf Si 27,16-17). La confidencialidad es unos los rasgos más preciosos de la amistad bíblica. No se nos olvide que una de las razones que Jesús los llama amigos a sus discípulos es precisamente por el hecho de haberles revelado todos los secretos de su Padre.

domingo, 4 de septiembre de 2016

EL QUE NO RENUNCIE A TODO LO QUE TIENE NO PUEDE SER MI DISCIPULO Lc. 14,25-35


Jesús hace una llamada radical por él a cargar con la cruz y renunciar a todo, de otro modo no se puede ser discípulo.
Dejar a padre, madre, hermanos… Cuando Jesús invita hacer una opción radical por encima de la familia está indicando que los valores del Reino están por encima de todo vínculo de sangre o apellido. La opción por Jesús es el único absoluto del discípulo: ni padre, madre, ni hermanos y hermanas, ni la propia vida es lo fundamental. Vamos explicar un poco esta radicalidad porque puede ser interpretada de una manera fanática en la pierde fuerza el evangelio y reducido a un mero interés personal.
Cuando el discípulo o el cristiano ve su vida a la luz de los valores del Reino de Dios que son vida en Jesús, las otra realidades adquieren su verdadera dimensión y entiende su origen y como tienen que ser vividas; es decir la paternidad, la maternidad nacen en Dios porque Dios es padre y madre; la hermandad y amistad son de Dios porque Dios es hermano y amigo, la vida no es sostenimiento propio ya que viene de Dios, es mejor tomar de la fuente que buscar el agua de la vida río abajo.
Cargar la cruz. Cuando se olvida es un sacrificio la vida misma se diluye y pierde su fuerza, quien no esté dispuesto aceptar el fracaso a los ojos de los hombres y enfrentar los conflictos no puede asumir el camino de Jesús que es una puerta angosta. Tarde o temprano a todos no toca sufrir sea una enfermedad, un accidente, la muerte de un ser querido… ¿Qué hacer? La actitud del creyente es diferente, sin buscar dar explicaciones artificiosas pensando que es una prueba, un castigo, una purificación que Dios envía. Dios no es sádico que se alegra al vernos sufrir. El sufrimiento es malo por eso debemos de combatirlo convirtiéndolo  en la experiencia más realista y honda para vivir la confianza en Dios padre, en el hijo y con el Espíritu Santa. Llevar la cruz de manera trinitaria, es abrirse a la confianza de un padre que ama, del hijo que nos redime y del Espíritu que nos fortalece en el momento de cargar la cruz.
Renunciar a sí mismo. El seguimiento a Jesús como cristianos no puede depender de un impulso fácil, de un entusiasmo superficial  o de una corazonada. En la vida tenemos que saber presupuestar con que contamos para construir y evaluar que se tiene para combatir; para construir una nueva vida hemos de reflexionar sobre las decisiones  que hay que tomar en cada momento.
Jesús invita pero no obliga, solo ofrece.

domingo, 7 de agosto de 2016

DONDE TENGAS TUS RIQUEZAS ESTARA TU CORAZON Lc. 12,32-48


Jesús tiene una visión muy clara sobre el dinero, porque Dios no puede reinar  en quien vive dominado el dinero.
En la vida podemos comenzar a tener dos tipos de riquezas:

La primera consiste en acumular riquezas que llevan a la avaricia, agobio y tensión. La segunda consiste en darse y compartir, la vida se va vaciando de preocupaciones y se va llenando de fe y confianza. El texto de Lc. 12,32-48 deja claro que con agobios, tensión y avaricia no se puede vivir la presencia del Reino de Dios, ni se puede asumir la tarea de proclamarlo.

Hoy no sabemos dónde poner el corazón  y se está viviendo mucho de creencias de reemplazos y de tesoros de suplencias. Jesús con las parábolas que presenta a sus discípulos insiste en vivir vigilantes, despiertos y preparados. Y estas tienen que ser las actitudes de una comunidad creyente, evitando así dejar para un futuro imposible lo que es importante y definitivo para el ahora. 

Las actitudes de vigilantes, despiertos y preparados nos indican que en cada hora no dejamos de nacer, madurar y desarrollarnos por tanto el juicio de Dios no llega para el final de los tiempos, se da en el interior de cada día ya que el ser humano es juzgado desde el interior según la fidelidad de su conciencia. Una persona que nace, madura y se desarrolla con la vida todos los días no necesita que otros juzguen la rectitud de sus actos, ni menos que le hablen de castigos y amenazas para hacer lo debe hacer.

Las actitudes de vigilantes, despiertos y preparados es vivir con nuestra propia conciencia sin necesidad de tutelas protectoras que solo nos mantienen en infantilismos. Dios nos otorgó a cada uno cualidades donde cada quien responderá por lo recibido y por tanto nadie puede ocupar ni hacer las cosas que le corresponden hacer.

Vigilantes, despiertos y preparados es estar siempre con las ganas de vivir más y mejor, de ahondar en el sentido de lo que hacemos y sentirnos más útiles en la comunidad familiar, laboral, social y política. 

En la parábolas surge la figura del administrador es el que está al servicio de los demás para que no falte nada a nadie. Según la parábola el administrador está encargado de la mesa y de la despensa. La responsabilidad va unida con los dones recibidos. Servicio y responsabilidad están unidos como expresión del evangelio.

martes, 2 de agosto de 2016

UNA HISTORIA DE VIDA POR EL REINO DE DIOS

¿Qué sabemos de Jesús de Nazaret? El primer dato de la vida de Jesús es que nace en Belén o en Nazaret. Jesús fue descubriendo su propia vocación, Él empieza a descubrir y responder a la pregunta de toda vocación: ¿Quién soy yo? ¿Qué voy a hacer con mi vida?, ¿Qué quiere Dios de mí?

El punto central de la vocación de Jesús es el Reino de Dios, tiene unas características concretas. La primera, es que el Reino de Dios está vinculado a la persona de Jesús. La segunda característica es que Jesús subraya especialmente un aspecto: que el Reino de Dios llega para todos y llega gratuitamente. La idea de Jesús es que Dios nos quiere independientemente de cuál sea nuestra actuación. Eso es lo que significa que Dios es nuestro Padre, que es amor incondicionado y la tercera característica, consecuencia de la anterior, es que los primeros destinatarios del Reino de Dios, según Jesús, son los pobres (entendiendo por pobres, los que no tienen dinero, los que no tienen para que comer, los enfermos, marginados por la sociedad, huérfanos, viudas, prostitutas, publicanos), ¿Por qué son los primeros? Porque, en la concepción vetero-testamentaria, la riqueza es una bendición de Dios. Si la riqueza es bendición de Dios, quien es pobre no posee esa bendición. Jesús, en contra de la concepción dominante, afirma que la bendición de Dios, su Reino, esa actuación de Dios que ya está llegando, viene preferencialmente para todos aquellos que parecen estar dejados de su mano. Un ejemplo claro, se muestra en la parábola de los invitados al banquete de bodas (Mt 22,2-10) donde se mencionan algunos invitados que están convidados por su propio derecho: el pueblo judío, teóricamente cumplidor de la ley. Pero estos invitados no quieren ir al banquete, es decir, rechazan el don gratuito del amor de Dios que es el Reino. Entonces el rey manda salir a los caminos para invitar a todos, tanto a los buenos como a los malos. Todos están llamados ahora al Reino, a disfrutar del amor gratuito e incondicional de Dios. También todos los que no cumplen la ley y todos los que parecía que estaban dejados de la mano de Dios: pobres, prostitutas, pecadores, publícanos, enfermos, hasta los paganos, en fin, todos.

Algunos datos relevantes de la actuación de Jesús en referencia al Reino de Dios son:

La frecuencia y la intensidad de su oración (Padrenuestro). Cuando los discípulos, reiterativamente asombrados por la oración del Maestro, le piden que les enseñe a rezar, reciben una enseñanza original de Jesús y no habitual en el mundo judío: cuando recéis, llamad a Dios «Padre». Todo el Padrenuestro, tal como lo rezamos, saliera de labios de Jesús. Probablemente influyó en su composición también la necesidad de la comunidad primitiva de tener una oración que marcara su identidad frente a otros grupos judíos. Sin embargo, sí digo que invocar a Dios llamándose «Padre» es algo que Jesús nos enseñó, y que esa enseñanza es una forma de expresar la concepción de Jesús y de sus seguidores de que Dios es Amor incondicionado. Sin embargo, en el Padrenuestro tenemos concentrada también toda la predicación y toda la enseñanza de Jesús.

En las parábolas ciertamente Jesús anunció su mensaje. La mayor parte de las parábolas reflejan de tal manera el ambiente palestino contemporáneo de Jesús que no se puede dudar de su autenticidad. Las parábolas fueron, pues, contadas por Jesús. Su originalidad no está en que Jesús utilizara ese tipo de narraciones para impartir sus enseñanzas, pues era frecuente que los maestros en Israel enseñaran en parábolas. Gracias a las parábolas podemos conocer mucho de la personalidad de Jesús, de su cultura y de su sensibilidad. Jesús nos habla de siembra y de pesca, de viñadores y pastores, de mujeres que amasan el pan y de comerciantes en perlas, de banquetes de boda y de hijos que se marchan de casa...El mundo agricultor, pastoril y pescador de Galilea rezuma en sus historias. Desde un punto de vista literario, podemos clasificar las parábolas pronunciadas por Jesús en tres tipos. Algunas parten de realidades de la vida y de los hombres para ilustrar con ellas la actuación de Dios. Otro tipo de parábolas no parten de una realidad cotidiana, sino que son historias inventadas por Jesús, verosímiles en su contexto histórico y sociocultural, con las que también nos enseña lo que ocurre con el Reino que llega o, lo que es lo mismo, cuál es la actuación de Dios con los hombres. Un último tipo de parábolas, son aquellas con las que Jesús trata de enseñarnos una manera de actuar que nos toca ejercitar a nosotros, en respuesta al anuncio de la llegada del Reino.

Los milagros hechos por Jesús son signos de la presencia del Reino. Jesús, en último término, no hace milagros; lo que hace son signos. Más aún, la palabra «milagro» no es frecuente en el Nuevo Testamento, y algunas de las veces en que aparece lo hace en tono crítico. Cuando Jesús cura a los ciegos o a los paralíticos, lo que hace es mostrar lo que el Reino de Dios significa: que la salvación ha llegado a los enfermos, a los pobres. Cuando Jesús multiplica los panes, lo que hace es dar un signo del reino. El reino es como ese banquete donde hay para todos y sobra, donde se comparte y se vive la fraternidad.

Las comidas de Jesús, Jesús comió habitualmente con publícanos, pecadores y prostitutas. Las comidas de Jesús con estos marginados son también signo del Reino de los Cielos. Podemos decir que esas comidas de Jesús son una parábola realizada, una parábola viva, en lugar de una parábola narrada. Las comidas de Jesús son la imagen del banquete celestial y, por tanto, anuncio de la llegada inminente del Reino de Dios. Entre estas comidas del Señor hubo una muy importante, la última comida de Jesús (Le 22,14-20), en la que él, ante su muerte inminente, prevista y asumida, se despidió de los pocos que todavía creían en su anuncio y le seguían. Con ello, Jesús ofrecía su vida en
servicio al Reino por él anunciado. La Eucaristía es para los cristianos la reiteración de esa comida última de Jesús. Es su memorial, precisamente porque en ese banquete tenemos la quintaesencia de lo que fue su mensaje y su vida.

Los Discípulos, Jesús escogió discípulos como signo de la comunidad del nuevo Israel que, con la llegada inminente del Reino, se iba a iniciar. Por eso el grupo íntimo de los discípulos son doce, representantes de las doce tribus de Israel. Este grupo, liderado por Pedro, fue el grupo que, tras su muerte, recogió la herencia de Jesús en los primeros momentos con la conciencia de ser los testigos de la proeza escatológica de Dios que había tenido lugar en él.

El conflicto, Jesús tiene éxito al comienzo, es seguido al principio por sus signos, por su predicación de la inminente llegada del Reino de Dios, con la que se va a hacer presente la felicidad que todo el mundo desea. Ahora bien, enseguida la predicación de Jesús empieza a entrar en conflicto. Subrayaría tres motivos importantes para el conflicto. Primero, la llegada del Reino de Dios supone el final de la estructura política y religiosa sobre la que se mantiene Israel: la ley y el templo (Jn 11,50s.). Evidentemente, esto no es del gusto del Segundo, ¿es verdad que el Reino llega con Jesús? En torno a este punto se va a jugar la condena a muerte. ¿Es Jesús el que trae un mensaje de parte de Dios o, por el contrario, no trae tal mensaje de parte de Dios y es un impostor? Tercero, ¿es verdad que el Reino de Dios está gratuitamente ofrecido a todos, sin que lo tengamos que merecer? ¿Nos quiere Dios todo cuanto puede, independientemente de lo que hagamos? Si esto es falso, es decir, si nosotros tenemos que merecer el amor de Dios, entonces Jesús es un falso profeta. Es la misma cuestión planteada por Pablo en las cartas a los Gálatas y a los Romanos y que le llevará a la muerte. Judaísmo, ni fariseo ni saduceo.

Jesús asume el conflicto cuando decide subir a Jerusalén. Sube a Jerusalén porque todo profeta ha de manifestarse en Jerusalén. Jesús sabe que su predicación sobre la inminencia de la llegada del reino debe dejarse oír en Jerusalén. Manifestarse en Jerusalén incluye afrontar el conflicto con las autoridades. Ello provoca las deserciones entre sus seguidores. Jesús lo sabe y lo asume. Asume la muerte que prevé le va a sobrevivir: «mi vida nadie me la quita; yo la doy voluntariamente»

EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra