domingo, 2 de septiembre de 2018

¡ESCUCHEN Y ENTIENDAN! MC 7,1-23


Partimos del hecho de la vida de que Jesús creció dentro de una piadosa familia judía y  fue iniciado desde niño en la veneración, respeto a la ley (Torah) y las tradiciones llamadas Misná, con el pasar de los años junto a las experiencias de vida que Jesús fue viviendo con su pueblo, experimento una profunda evolución interior que paso por una “crisis” religiosa al descubrir que el verdadero culto al Padre estaba sustentado solo en tradiciones. Desde este supuesto el evangelio de Marco nos presenta que los maestros de la ley indican que el acceso a Dios es a través de las tradiciones. Frente a esta situación Jesús acude a la tradición profética que está muy por encima de la Misna. Desde el profeta Isaías, Jesús censura a los fariseos y escribas venidos de Jerusalén y desenmascara sus posiciones ideológicas muy respetables para la época. La ideología de fondo seria dos:
1.- Se pretende ser de Dios cumpliendo solo tradiciones humanas.
2.- Dar excesiva importancia al culto y a los ritos manteniendo el corazón lejos de la conversión.

Un culto a Dios que solo sea de tradiciones y ritos vacíos es inútil, es fácil lavar las manos y no extenderla para el abrazo fraterno, es fácil rezar oraciones por decirla sin buscar una profunda experiencia de Dios... Una piedad externa sino va acompañada de actos y compromisos a los hermanos ocultan la verdadera conversión.

Nada que viene de afuera mancha al hombre, lo que atenta contra la vida y la pone en peligro es todo aquello que viene de adentro del corazón del ser humano.

Todos buscamos un mundo nuevo, pero no es posible una nueva sociedad sin transformación interior de las personas, sin conversión porque la maldad sale de dentro del ser humano. Fijemos este simple detalle por decir alguno: sino vivimos la conversión en superar el adulterios no tendremos familias sólidas, sino superamos el codicia siempre la corrupción será parte de la muerte de cualquier sociedad, sino tomamos conciencia de la calumnia y la arrogancia la amistad estará en jaque, y así nos iremos jugando la moral y la ética cristiana de cada día.

En rigor de la palabra del evangelista Marco, es una falsa ilusión creer o soñar que vamos camino de una sociedad más justa y humana, si apenas nadie aparece dispuesto a reconvertir su corazón, si seguimos aferrados a tradiciones y privilegios.

sábado, 11 de agosto de 2018

COMO SE ATREVE A DECIR QUE HA BAJADO DEL CIELO (Jn. 6,41-51)


El evangelio abre con la afirmación de Jesús “Yo soy el pan que ha bajado del cielo” y termina agregando la misma frase con una pequeña variante que dice es él es el pan VIVO.

Después de haber repartido el pan Jesús se revela como el pan de vida, la reacción de los oyentes fue negativa, nada favorable, pero no se atreven a hablar en voz alta solo a MURMURRAR tal como hizo el pueblo de Israel en Ex 15,17. La murmuración es la defensa a ultranza de esquemas viejos y caducos, es la no aceptación de la novedad del Espíritu Santo, es falta de FE que se traduce en incredulidad. La murmuración es definitiva la expresión de anti fraternidad.

“Los judíos comenzaron a murmurar de él”. El evangelista dice que quienes murmurar, no es el pueblo, sino los Judíos que representan los dirigentes y sus seguidores. El argumento que esgrimen es que conocen la humanidad de Jesús y que solo tienen como referencia al justo José; por tanto para ellos Jesús es incompatible con la calidad divina que implica su pretensión.

…“nadie puede acercarse a mi si el Padre, que me envió, no se lo concede; y yo lo resucitare el ultimo día.” Jesús precisa que el camino de sus discípulos es GRACIA DE DIOS, es decir que la iniciativa es de Dios según como esté dispuesta la vida de aquel que la recibe: El resultado final del seguimiento a Jesús como gracia de Dios es la vida eterna.

“…Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza me acepta a mí”. Cuando se sigue a Cristo es necesario aceptar ser enseñado para hacer realidad las palabras de Is. 54,13 (Todos serán discípulos de Dios).

“…el que cree en mi tiene vida eterna”. La vida eterna que ofrece Jesús no es para después es desde ahora mismo, creer es saber vivir la vida la eterna aquí, es decir vida de profundidad ética y moral, vida que no la destruye ni los problemas, ni la enfermedad, ni la muerte. Vida que está unida a Dios y que la muerte no pone fin a esa vida como ocurrió a los atravesaron el desierto a la tierra prometida.

La fe no es algo natural es un don inmerecido que recibimos de Dios, por tanto solo Dios puede alimentar sostener lo que da como Don suyo. La fe necesita ser alimentada, no por estudios, cumplimientos de preceptos etc., sino por el mismo Jesús. Nuestra vida alimentada en Cristo es participación en la vida misma de Dios.

“No sigas murmurando”… Más que llenar la vida de críticas amargas, hemos de abrirnos a la acción del Padre, y el creer nos exige enfrentarnos a la vida con sinceridad total reconociendo soy un pecador, y dejarse llevar por la mano amorosa de Dios que hace camino en nuestra vida.

La incredulidad unida a la murmuración es una tentación que siempre vamos a tener presente en la vidas, y que empieza a echar raíces desde el momento en que hacemos nuestras existencias de espalda a la existencia de Dios. Cada vez que se pierde la capacidad de escuchar a Dios en los hermanos, dejamos de ser discípulos de Dios. Si dejamos de escuchar el llamado de Dios, el egoísmo y la autosuficiencia, el miedo y la satisfacción personal de los deseos propios, nos alejara de la presencia del Padre.

La autenticidad de la vida presente esta cuando todos los días dice a Jesús: aquí estoy Señor con hambre y sed de vida, dame de tu pan para no tener hambre y dame tu sangre para no tener sed.





sábado, 3 de marzo de 2018

QUE DIOS TE GUARDE EN LA PALMA DE SU MANO


Que el camino salga a tu encuentro. Que el viento siempre esté detrás de ti y la lluvia caiga suave sobre tus campos. Y hasta que nos volvamos a encontrar, que Dios te sostenga suavemente en la palma de su mano.

Que vivas por el tiempo que tú quieras, y que siempre quieras vivir plenamente.

Recuerda siempre olvidar las cosas que te entristecieron, pero nunca olvides recordar aquellas que te alegraron.

Recuerda siempre olvidar a los amigos que resultaron falsos, pero nunca olvides recordar a aquellos que permanecieron fieles.

Recuerda siempre olvidar los problemas que ya pasaron, pero nunca olvides recordar las bendiciones de cada día.

Que el día más triste de tu futuro no sea peor que el día más feliz de tu pasado.

Que nunca caiga el techo encima de ti y que los amigos reunidos debajo de él nunca se vayan.

Que siempre tengas palabras cálidas en un anochecer frío, una luna llena en una noche oscura, y que el camino siempre se abra a tu puerta.

Que vivas cien años, con un año extra para arrepentirte.

Que el Señor te guarde en su mano, y no apriete mucho su puño.

Que tus vecinos te respeten, los problemas te abandonen, los ángeles te protejan, y el cielo te acoja.

Que la buena suerte te persiga, y cada día y cada noche tengas muros contra el viento, un techo para la lluvia, bebidas junto al fuego, risas para que te consuelen aquellos a quienes amas, y que se colme tu corazón con todo lo que desees.

Que Dios esté contigo y te bendiga, que veas a los hijos de tus hijos, que el infortunio te sea breve y te deje rico en bendiciones.

Que no conozcas nada más que la felicidad. Desde este día en adelante, que Dios te conceda muchos años de vida, de seguro Él sabe que la tierra no tiene suficientes ángeles.

Que la tierra se vaya haciendo un camino ante tus pasos.
Que el viento sople a tus espaldas.
Que el sol brille cálido sobre tu rostro.
Que la lluvia caiga suavemente sobre tus campos.
Que todo don de Dios crezca en ti, y te ayude a llevar la alegría a los corazones de cuantos ames, y hasta tanto volvamos a encontrarnos... Que Dios te guarde en la palma de su mano.
JML


domingo, 25 de febrero de 2018

QUE BIEN SE ESTA AQUI...

El relato de la transfiguración viene colocado en los tres sinópticos a continuación del primer anuncio de la pasión y de la exigencia de renuncia total para seguir a Jesús que tuvo lugar seis días antes. Relacionando, por tanto, la transfiguración con el primer anuncio de la pasión podemos decir que se hacía necesario que al menos algunos de sus discípulos (Pedro, Santiago y Juan, los considerados como columnas en Gal 2,9), tuvieran una experiencia que disipara el temor y la angustia generados por tal anuncio y, para ello, les concede una visión anticipada de la gloria prometida después de padecer. Estos tres discípulos aparecen también junto a Jesús en el huerto de los Olivos (cf. Mc 14,33). Por tanto, estos tres discípulos están asociados a la agonía y a la gloria de Jesús. Esta asociación de los tres discípulos al misterio pascual es paradigmática para todos los discípulos de Jesús.
El relato de Marcos ve la transfiguración de Jesús como la manifestación anticipada del Hijo del hombre trascendente, que anuncia la transfiguración definitiva que tendrá lugar en la mañana de Pascua y se manifestará plenamente en la Parusía. Si a esto le sumamos la estrecha relación con el primer anuncio de la pasión que precede este relato, es factible afirmar que el mensaje del evangelio es que no debemos separar la pasión de la resurrección, de algún modo anticipada en la transfiguración.
En el monte elevado, junto a Jesús, aparecen Moisés y Elías. Es interesante porque además de representar la Ley y los Profetas, son dos hombres de oración que ayunaron durante 40 días y subieron al Sinaí para encontrarse cara a cara con Dios, para ver su rostro (cf. Ex 33,8; 1Re 19,17). De algún modo puede decirse que ellos alcanzaron la meta de su camino ‘cuaresmal’ al encontrarse con Cristo glorioso.
Ante esta escena Pedro reacciona con una auténtica exclamación: “Señor, que hermoso (kalós) es estarnos aquí”. La transfiguración es un misterio de belleza divina, de esplendor de la verdad y del bien de Dios mismo. Pedro se siente “atrapado” por esta visión y quiere hacer tres carpas para quedarse allí. Según San Agustín, Pedro ha gustado el gozo de la contemplación y no quiere ya volver a las preocupaciones y fatigas de la vida cotidiana. Por eso quiere, en cierto modo, “eternizar” ese momento.
La nube es signo de la presencia de Dios. Y desde allí sale la voz del Padre que manda escuchar a Jesús, es decir, obedecerle y seguirle. La afirmación de la voz celestial tiene un carácter revelador de la identidad de Jesús, tema sobre el cual versaba el diálogo con sus discípulos en los versículos precedentes (cf. Mc 8,27-29). Los discípulos “miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús sólo con ellos”. Esto significa que desaparecieron las anteriores voces de Dios en la historia, Moisés y Elías, la Ley y los Profetas; ahora tenemos que escuchar la Palabra del Hijo Amado, Jesucristo.
 El Dios nos invita a escuchar al Hijo querido, la Palabra definitiva de Dios. Esta es la exigencia, que supone el rechazo de tantas otras voces o solicitaciones que nos invaden. Entre estas habría que citar a los falsos profetas de los que habla el Papa Francisco en su mensaje de cuaresma, que “son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad. Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido”.
Vivir en Alianza es vivir en la Escucha de su Palabra. Y sabemos que en la Biblia escuchar es prácticamente sinónimo de obedecer. Por tanto, al igual que Abraham, estamos llamados a la obediencia de la fe, a escuchar a Jesús, a creerle y a seguirlo por el camino de la cruz hasta la Pascua.
En el contexto de la cuaresma estos textos tienen un valor pedagógico excepcional, pues nos recuerdan las exigencias y las consecuencias de la vida en Alianza con Dios y nos ayudan a entender que la pasión es un paso o camino hacia la gloria. Nos lo señala en el prefacio de la Misa de este día: “Él mismo, después de anunciar su muerte a los discípulos, les reveló el esplendor de su gloria en la montaña santa, para mostrar, con el testimonio de la Ley y los Profetas, que por la pasión debía llegar a la gloria de la resurrección”.
Para vivir en alianza con Dios debemos seguir a Cristo por el mismo camino por donde él transitó, que es el camino de la renuncia y de la cruz. No podemos amar la cruz por sí misma; ni podemos complacernos en morir a nosotros mismos mediante la mortificación. Pero sí podemos amar y hasta desear llegar a dónde nos lleva la cruz y la mortificación, paso necesario hacia la gloria. Como bien señala E. Bianchi[7]: “La transfiguración de Jesús indica la meta a la que nos encamina este itinerario cuaresmal, es decir, la resurrección, pues el acontecimiento de la Pascua tiene en esta escena de la transfiguración su anticipación y profecía”.
En síntesis, las lecturas de este domingo nos recuerdan a dónde nos conduce este camino cuaresmal: a ser transfigurados con Cristo, a participar de su Gloria, a la Alianza definitiva. La entrega cuesta y duele, como le costó y dolió a Abraham y al mismo Padre. Y debe ser total, sin reservarnos nada. Pero después viene el fruto maravilloso.
Esta es la pedagogía propia de la cuaresma, que expresa la misma pedagogía de Dios: “Nada más dar inicio en la Cuaresma al camino de la cruz, ya se nos propone el destino último de este camino: la gloria suya y la nuestra. Después de haber leído el domingo pasado la lucha contra las tentaciones y el mal, hoy se nos asegura que el proceso termina con la victoria y la glorificación de Cristo, y que también a nosotros la lucha contra el mal nos conduce a la vida”
Como discípulos, seguidores del Señor, tenemos que asimilar esta pedagogía de Dios en nuestra vida para responderle con una fidelidad activa. Dolores Aleixandre[9] nos lo explica muy bien: “El pasaje inmediatamente anterior a la transfiguración, el del anuncio de la pasión y la resistencia de Pedro, nos recuerda la imposibilidad de separar los aspectos luminosos de la existencia de los momentos oscuros, el dolor del gozo, la muerte de la resurrección. La contigüidad de las dos escenas parece comunicarnos la paradoja pascual: el inundado de luz es precisamente aquel que atravesó la noche de la muerte y el que accedió a la ganancia por el extraño camino de la pérdida […] Al igual que los discípulos, también nosotros necesitamos hacer la experiencia de la proximidad del Dios consolador. Si nunca vivimos ese tipo de experiencias, podemos llegar a dudar de la existencia de la belleza y ver sólo los aspectos opacos de la realidad: la mediocridad que progresa, los cálculos egoístas que sustituyen la generosidad, la rutina repetitiva y vacía que ocupa el espacio de la alegría y la fidelidad. El relato de la transfiguración nos invita a evocar momentos de gracia en los que hemos vivido una experiencia de luz y nuestra vida apareció como transfigurada: el amor se convirtió en certidumbre, la fraternidad se hizo palpable y toda la realidad nos habló un lenguaje nuevo de esperanza y de sentido. Son fogonazos momentáneos que nos revelan el sentido del camino de fe emprendido”.

jueves, 22 de febrero de 2018

A QUE DIOS ORAMOS

A qué Dios La verdadera oración es aquella en la que podemos decir que Dios es Padre de «todos/as», porque somos sus «hijos/as», antes que impuros o puros, pecadores o santos, ateos o creyentes, patriotas o traidores.

Haber descubierto que Dios es Padre significó para Jesús tener que aprender a hablar y a medir sus palabras con un corazón de hijo que aceptara que los otros son sus hermanos. Por ello, nunca dirigió palabras de venganza u odio contra los que no le simpatizaban; tampoco usó frases mecánicas, ni pedía la intercesión de sujetos humanos. Jesús criticó toda forma de orar que no expresara la noción de un Dios Padre que quiere el bien de «todos sus hijos/as» (Mt 6,8), y no solo de sus partidarios.
De allí que rechazara la oración hipócrita, hecha para ser vistos en público (Mt 6,5); enseñó que orar era confiar en Dios sin la arrogancia de quien se cree más cercano a Dios que otros (Lc 18,9ss) y no reconoció la oración de quien se creía justo y piadoso, o del que apenas cumplía con la visita asidua al templo.
Para Jesús, las palabras que usamos para dirigirnos a Dios ―y a los demás―, deben nacer de la compasión, que no exige nada a cambio ni enjuicia (Lc 18,13-14). Solo quien vive compasivamente puede orar por el amor al enemigo y buscar la reconciliación con el hermano. Es por ello que «no todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos» (Mt 7,21).
Las palabras que Jesús usó, y con las que oró, expresaron su confianza absoluta solo en Dios: «Abba, Padre, todo es posible para ti» (Mc 14,36); reconocía cuando algo le complacía: «Sí, Padre, tal ha sido tu beneplácito» (Mt 11,26); incluso gritó cuando sintió el peso del agotamiento: «Aparta de mí este cáliz» (Lc 22,41-42). Él siempre encontraba en la oración alivio y nunca sentía odio o resentimiento, pues no dejó de creer que la última palabra la tenía siempre Dios: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46).

Las palabras que usamos para hablar y orar revelan la imagen que tenemos de Dios. Muestran el modo sincero, o no, como vivimos. Por ejemplo, Jesús pedía que algún día «los pobres coman hasta saciarse» (Sal 22), pero para ello, no oró con cualquier palabra, ni actuó de cualquier modo. Nunca creyó en un Dios fuerte y vengativo, ni en acciones excluyentes o autoritarias. Menos aún insultó o excluyó a alguien, o idolatrizó a persona alguna. Siempre fue agradecido con Dios (Jn 11,41-42), a quien consideraba perfecto (Mt 5,48) por su inmensa bondad y compasión para con todos, buenos, malos, justos, pecadores, amigos, enemigos (Mc 10,18), porque solo así podía amar sin prejuicios y más allá de toda condición moral o política. ¿Nos hemos preguntado si creemos en el Dios Padre, compasivo y bondadoso a quien Jesús le oraba o más bien adoramos otras imágenes deformadas por una religiosidad dudosa y el discurso político que escuchamos? ¿Qué 

EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra