domingo, 10 de diciembre de 2017

BUENA NOTICIA DE JESUCRISTO


 SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO 2017

El relato de Mc. 1,1-8 es llamado como buena noticia (evangelio), donde va indicando la identidad y origen verdadero de Jesús que es el fundamento de la buena noticia que marcos da a conocer. La buena noticia solo se entiende desde la práctica histórica de Jesús porque el evangelio no es una teoría, el evangelio no es algo pasado que sucedió sino que también acontece hoy y nos involucra en la causa de Jesús, solo así puede ser buena noticia.

Juan Bautista aparece como el mensajero que viene del mesías. Viste igual que Elías, pero no es el profeta Elías. Juan Bautista es un hombre pobre que renuncia a los privilegios humanos y de cualquier status. No habla de sí mismo sino de quien debe hablar, de aquel que viene detrás de él.

Juan Bautista nos recuerda que a Dios solo se le puede acoger es preparando los caminos de Jesús, porque Jesús es el camino de Dios: “Nadie va al Padre sino es por mi… yo soy el camino la verdad y la vida”

En la frase de allanar los caminos o senderos, consiste en que las relaciones humanes deben de pasar de la desigualdad a la igualdad de la justicia y el derecho, eso sería nivelar los senderos. No se puede vivir la fe sin preparar el camino de este mundo para el señor.


El arrepentimiento que se ofrece no es el templo sino en el desierto, no por sacerdotes sino por el Mesías, no es atreves de los sacrificios rituales sino mediante el bautismo. El arrepentimiento es signo de esperanza: ¿Se puede ser persona de esperanza donde lo más normal y razonable es la desesperanza y la resignación?

domingo, 3 de diciembre de 2017

CUIDADO CON ESTAR DORMIDO

Primer Domingo de Adviento.

 El texto de nuestra reflexión es Mc. 13, 33-37 que es la exhortación que hace Jesús a sus discípulos de un último acontecimiento final que estará por venir. El presente histórico exige de nuestra parte vigilancia o estar alerta, que en definitiva significa estar consciente de lo que ocurre en el entorno. 
Si Dios ha sorprendido a la humanidad con el encarnación de su Hijo muy amado en quién están las complacencias cuanto mas sorprendente su aparición al final de los tiempo. Frente a esta acción de Dios se tiene que asumir una postura de responsabilidad y conciencia, esto exige de nuestra parte discernir los signos de los tiempo que en definitiva seria estar alertas.
Estar alertas es para poder descubrir en la cotidianidad de la presencia amorosa de un Dios que tanto ama que entrega a su propio hijo.
Alerta es vivir con lucidez y con sentido insospechado de vida donde pueda ocurrir la interpelación sincera de su palabra en nuestra vidas.
El estar alertas no es porque estamos en un clima de conflicto y un horizonte de inseguridad que fácilmente puede llevarnos a evadir el presente; como cristianos y oyentes de la palabra hemos de estar comprometidos con el presente con total lucidez y mas cuando la vigilancia es defender la causa de los pobres y empobrecidos.
El lenguaje del adviento indica que Dios nos ofrece una oportunidad nueva de salvación. Que la promesa de Cristo sigue en pie porque no pocas veces el presente es pasión y muerte. Adviento es una abierta invitación a descubrir la plenitud del futuro que viene de Dios y no nuestra pésima mirada que lo ven con la carga del pasado sufrido.
En rigor de lo dicho adviento es: ser centinelas, saber esperar un nuevo amanecer, dejarse sorprender y escuchar el futuro que es voz de Dios. Que así sea.

domingo, 24 de septiembre de 2017

A lo largo de su trayectoria profética, Jesús insistió una y otra vez en comunicar su experiencia de Dios como «un misterio de bondad insondable» que rompe todos nuestros cálculos. Su mensaje es tan revolucionario que, después de veinte siglos, hay todavía cristianos que no se atreven a tomarlo en serio.
Para contagiar a todos su experiencia de ese Dios bueno, Jesús compara su actuación con la conducta sorprendente del señor de una viña. Hasta cinco veces sale él mismo en persona a contratar jornaleros para su viña. No parece preocuparle mucho su rendimiento en el trabajo. Lo que quiere es que ningún jornalero se quede un día más sin trabajo.
Por eso mismo, al final de la jornada, no les paga ajustándose al trabajo realizado por cada grupo. Aunque su trabajo ha sido muy desigual, a todos les da «un denario»: sencillamente, lo que necesitaba cada día una familia campesina de Galilea para poder sobrevivir.
Cuando el portavoz del primer grupo protesta porque ha tratado a los últimos igual que a ellos, que han trabajado más que nadie, el señor de la viña le responde con estas palabras admirables: «¿Vas a tener envidia porque yo soy bueno?». ¿Me vas a impedir con tus cálculos mezquinos ser bueno con quienes necesitan su pan para cenar?
¿Qué está sugiriendo Jesús? ¿Es que Dios no actúa con los criterios de justicia e igualdad que nosotros manejamos? ¿Será verdad que Dios, más que estar midiendo los méritos de las personas, como haríamos nosotros, busca siempre responder desde su bondad insondable a nuestra necesidad radical de salvación?
Confieso que siento una pena inmensa cuando me encuentro con personas buenas que se imaginan a Dios dedicado a anotar cuidadosamente los pecados y los méritos de los humanos, para retribuir un día exactamente a cada uno según su merecido. ¿Es posible imaginar un ser más inhumano que alguien entregado a esto desde toda la eternidad?
Creer en un Dios Amigo incondicional puede ser la experiencia más liberadora que se pueda imaginar, la fuerza más vigorosa para vivir y para morir. Por el contrario, vivir ante un Dios justiciero y amenazador puede convertirse en la neurosis más peligrosa y destructora de la persona.
Hemos de aprender a no confundir a Dios con nuestros esquemas estrechos y mezquinos. No hemos de desvirtuar su bondad insondable mezclando los rasgos auténticos que provienen de Jesús con trazos de un Dios justiciero tomados de aquí y de allá. Ante el Dios bueno revelado en Jesús, lo único que cabe es la confianza.

jueves, 14 de septiembre de 2017

SENTIR COMPASIÓN

Una de las acciones que más impactó a los seguidores de Jesús fue percatarse de cómo él aprendió a cargar con el rostro del que sufre, acogiendo con acciones concretas a pecadores y enfermos. Su clave fue la «compasión», esa actitud que hemos olvidado en la vida sociopolítica y en la religión. Jesús miraba a los otros sintiendo «compasión por ellos» (Mc 6,34), denunciando así que el verdadero pecado estaba en la falta de compasión de quien está deshumanizado hasta el extremo de hacer de la impiedad una práctica más, sin importarle el futuro y el bien de las personas.
Pero «vivir compasivamente» tiene consecuencias. Jesús no pide primero el arrepentimiento del pecador para luego decirle que Dios lo ama; él se le acercaba corriendo el riesgo de que otros hablaran mal de él (Mc 2,16) y lo considerasen impuro por no seguir las prácticas religiosas convencionales (Mt 9,11-13). Estaba con ellos sin avergonzarse (Lc 5,30). No los purificaba, porque no era sacerdote, y tampoco les exigía prácticas penitenciales porque no era escriba ni fariseo (Lc 7,48). Simplemente les perdonaba (Jn 8,1-11) con la autoridad de quien ama compasivamente (Lc 7,47) porque para él perdonar no consistía en ponerse como juez delante de ellos hasta que confesaran sus culpas.
Este acto de gracia solidaria devolvía la alegría de vivir y la posibilidad de confiar en las potencialidades que otros les habían negado al haberlos excluido de oficios sociopolíticos y prácticas religiosas. En Jesús encontraban a alguien que compartía sus dolencias y sufrimientos, sus esperanzas y anhelos; uno que disfrutaba de su compañía y nunca les insultaba.
A diferencia de muchos políticos y religiosos que suelen hacer del maltrato una práctica normal, Jesús vivió «llevando nuestras enfermedades y cargando con nuestros dolores» (Is 53,4). Eso significa que entregó su vida a los más vulnerables de la sociedad, la política y la religión, y se ocupó de devolverles la dignidad que le habían negado los que creían interpretar la voluntad divina (Mt 9,12-13; Mc 2,17; Lc 20,45-47). Incluso, llegó a decir que los publicanos, que eran los colaboracionistas del poder romano, y las prostitutas, que habían sido excluidas de los ritos religiosos, «creyeron» (Mt 21,32), mientras que los líderes políticos y religiosos, así como algunos de sus seguidores, «no tenían fe». Aún más: reconoció que sujetos considerados «ateos», como el centurión, tenían una «fe más grande que todos» (Lc 7,6-10), ellos son los que «llegarán antes al Reino de Dios» (Mt 21,31) y no «muchos que se tienen por justos y desprecian a los demás» (Lc 18,9).
Para Jesús la fe no nace en el culto, sino en la compasión, cuyo modelo es Dios (Lc 6,36). Por ello, se da en cualquier persona, incluso entre ateos o pecadores, porque la misma trasciende a toda religión e ideología. ¿No es esta una buena noticia? Cómo nos hace falta regresar a la praxis de Jesús de Nazaret.

viernes, 1 de septiembre de 2017

¿QUE PUEDE DAR EL HOMBRE A CAMBIO DE SU VIDA?

El dicho está recogido en todos los evangelios y se repite hasta seis veces: «El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la encontrará». Jesús no está hablando de un tema religioso. Está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida.
El dicho está expresado de manera paradójica y provocativa. Hay dos maneras muy diferentes de orientar la vida: una conduce a la salvación; la otra, a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pues conduce al ser humano a la salvación definitiva.
El primer camino consiste en aferrarse a la vida viviendo exclusivamente para uno mismo: hacer del propio «yo» la razón última y el objetivo supremo de la existencia. Este modo de vivir, buscando siempre la propia ganancia o ventaja, conduce al ser humano a la perdición.
El segundo camino consiste en saber perder viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto humanizador del Padre: saber renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien, sino también el de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.
Jesús está hablando desde su fe en un Dios salvador, pero sus palabras son una grave advertencia para todos. ¿Qué futuro le espera a una humanidad dividida y fragmentada donde los poderes económicos buscan su propio beneficio; los países su propio bienestar; los individuos su propio interés?
La lógica que dirige en estos momentos la marcha del mundo es irracional. Los pueblos y los individuos estamos cayendo poco a poco en la esclavitud del «tener siempre más». Todo es poco para sentirnos satisfechos. Para vivir bien necesitamos siempre más productividad, más consumo, más bienestar material, más poder sobre los demás.
Buscamos insaciablemente bienestar, pero, ¿no nos estamos deshumanizando siempre un poco más? Queremos «progresar» cada vez más, pero, ¿qué progreso es este que nos lleva a abandonar a millones de seres humanos en la miseria, el hambre y la desnutrición? ¿Cuántos años podremos disfrutar de nuestro bienestar cerrando nuestras fronteras a los hambrientos y a quienes buscan entre nosotros refugio de tantas guerras?
Si los países privilegiados solo buscamos «salvar» nuestro nivel de bienestar, si no queremos perder nuestro potencial económico, jamás daremos pasos hacia una solidaridad a nivel mundial. Pero no nos engañemos. El mundo será cada vez más inseguro y más inhabitable para todos, también para nosotros. Para salvar la vida humana en el mundo hemos de aprender a perder.

EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra