domingo, 24 de septiembre de 2017

A lo largo de su trayectoria profética, Jesús insistió una y otra vez en comunicar su experiencia de Dios como «un misterio de bondad insondable» que rompe todos nuestros cálculos. Su mensaje es tan revolucionario que, después de veinte siglos, hay todavía cristianos que no se atreven a tomarlo en serio.
Para contagiar a todos su experiencia de ese Dios bueno, Jesús compara su actuación con la conducta sorprendente del señor de una viña. Hasta cinco veces sale él mismo en persona a contratar jornaleros para su viña. No parece preocuparle mucho su rendimiento en el trabajo. Lo que quiere es que ningún jornalero se quede un día más sin trabajo.
Por eso mismo, al final de la jornada, no les paga ajustándose al trabajo realizado por cada grupo. Aunque su trabajo ha sido muy desigual, a todos les da «un denario»: sencillamente, lo que necesitaba cada día una familia campesina de Galilea para poder sobrevivir.
Cuando el portavoz del primer grupo protesta porque ha tratado a los últimos igual que a ellos, que han trabajado más que nadie, el señor de la viña le responde con estas palabras admirables: «¿Vas a tener envidia porque yo soy bueno?». ¿Me vas a impedir con tus cálculos mezquinos ser bueno con quienes necesitan su pan para cenar?
¿Qué está sugiriendo Jesús? ¿Es que Dios no actúa con los criterios de justicia e igualdad que nosotros manejamos? ¿Será verdad que Dios, más que estar midiendo los méritos de las personas, como haríamos nosotros, busca siempre responder desde su bondad insondable a nuestra necesidad radical de salvación?
Confieso que siento una pena inmensa cuando me encuentro con personas buenas que se imaginan a Dios dedicado a anotar cuidadosamente los pecados y los méritos de los humanos, para retribuir un día exactamente a cada uno según su merecido. ¿Es posible imaginar un ser más inhumano que alguien entregado a esto desde toda la eternidad?
Creer en un Dios Amigo incondicional puede ser la experiencia más liberadora que se pueda imaginar, la fuerza más vigorosa para vivir y para morir. Por el contrario, vivir ante un Dios justiciero y amenazador puede convertirse en la neurosis más peligrosa y destructora de la persona.
Hemos de aprender a no confundir a Dios con nuestros esquemas estrechos y mezquinos. No hemos de desvirtuar su bondad insondable mezclando los rasgos auténticos que provienen de Jesús con trazos de un Dios justiciero tomados de aquí y de allá. Ante el Dios bueno revelado en Jesús, lo único que cabe es la confianza.

jueves, 14 de septiembre de 2017

SENTIR COMPASIÓN

Una de las acciones que más impactó a los seguidores de Jesús fue percatarse de cómo él aprendió a cargar con el rostro del que sufre, acogiendo con acciones concretas a pecadores y enfermos. Su clave fue la «compasión», esa actitud que hemos olvidado en la vida sociopolítica y en la religión. Jesús miraba a los otros sintiendo «compasión por ellos» (Mc 6,34), denunciando así que el verdadero pecado estaba en la falta de compasión de quien está deshumanizado hasta el extremo de hacer de la impiedad una práctica más, sin importarle el futuro y el bien de las personas.
Pero «vivir compasivamente» tiene consecuencias. Jesús no pide primero el arrepentimiento del pecador para luego decirle que Dios lo ama; él se le acercaba corriendo el riesgo de que otros hablaran mal de él (Mc 2,16) y lo considerasen impuro por no seguir las prácticas religiosas convencionales (Mt 9,11-13). Estaba con ellos sin avergonzarse (Lc 5,30). No los purificaba, porque no era sacerdote, y tampoco les exigía prácticas penitenciales porque no era escriba ni fariseo (Lc 7,48). Simplemente les perdonaba (Jn 8,1-11) con la autoridad de quien ama compasivamente (Lc 7,47) porque para él perdonar no consistía en ponerse como juez delante de ellos hasta que confesaran sus culpas.
Este acto de gracia solidaria devolvía la alegría de vivir y la posibilidad de confiar en las potencialidades que otros les habían negado al haberlos excluido de oficios sociopolíticos y prácticas religiosas. En Jesús encontraban a alguien que compartía sus dolencias y sufrimientos, sus esperanzas y anhelos; uno que disfrutaba de su compañía y nunca les insultaba.
A diferencia de muchos políticos y religiosos que suelen hacer del maltrato una práctica normal, Jesús vivió «llevando nuestras enfermedades y cargando con nuestros dolores» (Is 53,4). Eso significa que entregó su vida a los más vulnerables de la sociedad, la política y la religión, y se ocupó de devolverles la dignidad que le habían negado los que creían interpretar la voluntad divina (Mt 9,12-13; Mc 2,17; Lc 20,45-47). Incluso, llegó a decir que los publicanos, que eran los colaboracionistas del poder romano, y las prostitutas, que habían sido excluidas de los ritos religiosos, «creyeron» (Mt 21,32), mientras que los líderes políticos y religiosos, así como algunos de sus seguidores, «no tenían fe». Aún más: reconoció que sujetos considerados «ateos», como el centurión, tenían una «fe más grande que todos» (Lc 7,6-10), ellos son los que «llegarán antes al Reino de Dios» (Mt 21,31) y no «muchos que se tienen por justos y desprecian a los demás» (Lc 18,9).
Para Jesús la fe no nace en el culto, sino en la compasión, cuyo modelo es Dios (Lc 6,36). Por ello, se da en cualquier persona, incluso entre ateos o pecadores, porque la misma trasciende a toda religión e ideología. ¿No es esta una buena noticia? Cómo nos hace falta regresar a la praxis de Jesús de Nazaret.

viernes, 1 de septiembre de 2017

¿QUE PUEDE DAR EL HOMBRE A CAMBIO DE SU VIDA?

El dicho está recogido en todos los evangelios y se repite hasta seis veces: «El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la encontrará». Jesús no está hablando de un tema religioso. Está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida.
El dicho está expresado de manera paradójica y provocativa. Hay dos maneras muy diferentes de orientar la vida: una conduce a la salvación; la otra, a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pues conduce al ser humano a la salvación definitiva.
El primer camino consiste en aferrarse a la vida viviendo exclusivamente para uno mismo: hacer del propio «yo» la razón última y el objetivo supremo de la existencia. Este modo de vivir, buscando siempre la propia ganancia o ventaja, conduce al ser humano a la perdición.
El segundo camino consiste en saber perder viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto humanizador del Padre: saber renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien, sino también el de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.
Jesús está hablando desde su fe en un Dios salvador, pero sus palabras son una grave advertencia para todos. ¿Qué futuro le espera a una humanidad dividida y fragmentada donde los poderes económicos buscan su propio beneficio; los países su propio bienestar; los individuos su propio interés?
La lógica que dirige en estos momentos la marcha del mundo es irracional. Los pueblos y los individuos estamos cayendo poco a poco en la esclavitud del «tener siempre más». Todo es poco para sentirnos satisfechos. Para vivir bien necesitamos siempre más productividad, más consumo, más bienestar material, más poder sobre los demás.
Buscamos insaciablemente bienestar, pero, ¿no nos estamos deshumanizando siempre un poco más? Queremos «progresar» cada vez más, pero, ¿qué progreso es este que nos lleva a abandonar a millones de seres humanos en la miseria, el hambre y la desnutrición? ¿Cuántos años podremos disfrutar de nuestro bienestar cerrando nuestras fronteras a los hambrientos y a quienes buscan entre nosotros refugio de tantas guerras?
Si los países privilegiados solo buscamos «salvar» nuestro nivel de bienestar, si no queremos perder nuestro potencial económico, jamás daremos pasos hacia una solidaridad a nivel mundial. Pero no nos engañemos. El mundo será cada vez más inseguro y más inhabitable para todos, también para nosotros. Para salvar la vida humana en el mundo hemos de aprender a perder.

viernes, 23 de junio de 2017

¿Es oportuno seguir hablando de la tolerancia?

Cada día enfrentamos una realidad más profundamente polarizada ante la cual pareciera que la única salida es agudizar la confrontación. Para una parte importante de nuestra sociedad, las razones no sólo son de índole política sino también económica, y advienen oscuras, pesadas, desesperanzadas y desmotivadoras. Ante el peso de la realidad, el diálogo, la tolerancia, la reconciliación, la convivencia lucen como soluciones vacías, de un imaginario iluso, con escaso valor y eficacia ante lo complicado de nuestro panorama nacional y mundial.
Junto a esta realidad, la imagen manipulada de una sociedad dividida en buenos y malos no sólo ofrece una falsa comprensión del día a día sino que se funda en la más nefasta ideología que busca ganar o mantener cuotas de poder a costa de cualquier precio. Así se ha instaurado, evocado y hasta justificado el uso de la violencia que se configura como la forma ritual del poder. Desmontar la lógica del poder requiere renunciar a la dinámica de la violencia que coloca al otro como un adversario y no lo reconoce en su identidad. Desmontar la lógica del poder es colocar el poder al servicio del otro. Si no sirve imparcialmente, el poder acaba desvirtuándose en principios mezquinos, particulares y sectarios, y su único fruto es irremediablemente la violencia.
Pero cabe preguntarnos: ¿es oportuno seguir hablando de la tolerancia? ¿No es la tolerancia la causa de nuestra indiferencia? ¿Tiene la tolerancia un límite? La tolerancia ha sido un valor puesto en entredicho. Frecuentemente es confundida con el conformismo, la convivencia paciente, el error, la indiferencia, la complicidad o la sumisión. Esta valoración negativa hace dudar del valor ético que conlleva la tolerancia, una noción que tiene su origen en el reciente tiempo moderno, pues nace en el contexto de las luchas de las religiones, por lo que en un primer momento se entendió en el ámbito de la tolerancia religiosa. Pero posteriormente fue considerada por el modelo liberal donde será apreciada en su valor social y político y se extenderá su acción más allá del campo religioso.
Toda tolerancia tiene un límite y su límite es ella misma. La tolerancia se construye no sólo en el reconocimiento de la dignidad del ser humano y su libertad de conciencia, sino también en su servicio a la justicia y la verdad. Es decir, sin el empeño en la búsqueda de la justicia y de instituciones jurídicas que la garanticen es imposible que la tolerancia tenga lugar en nuestra sociedad. Este empeño por la justicia nos corresponde a todos, y no sólo a las instancias partidistas, pues ella empieza en todo acto que reconoce la vida, la custodia y la favorece para, finalmente, protegerla, sólo así hay justicia en nuestros actos y en nuestra sociedad. Fuera de los límites de la tolerancia no hay justicia posible ni tampoco paz. Sólo violencia.

miércoles, 26 de abril de 2017

¿Cómo cultivar la democracia?

El presupuesto de lo que diremos es que la democracia política no es posible, si no se cultiva asiduamente la cultura de la democracia en todos los campos de la vida, desde la relación de pareja y la vida familiar, hasta las amistades, las relaciones de trabajo y el modo de estructurarse y funcionar las distintas asociaciones, organizaciones y grupos que creamos libremente.

Ahora bien, no florecerá la cultura de la democracia, si no abrigamos la pretensión de constituirnos en auténticos sujetos humanos. Si nos atenemos a la condición de miembros de conjuntos, viviendo según las pautas establecidas en ellos, y recibiendo de ellos tanto las posibilidades como las limitaciones, si nos negamos a actuar como sujetos responsables y libres, no podremos interactuar democráticamente, ya que no vivimos desde nosotros mismos sino conductualmente, es decir, a partir de las pautas emanadas desde el poder, sea económico o político. Así pues, el sujeto es el elemento base del que tiene que partir todo.

Pero como el sujeto humano no es ensimismado sino que se constituye a través de relaciones, el ejercicio de la cultura de la democracia, si hay voluntad de vivir como sujetos, contribuirá muy significativamente en la constitución de los sujetos.

Esta es la razón de que focalicemos pormenorizadamente el tema de la cultura de la democracia. La cultura de la democracia, como es un modo determinado de relacionarse, debe abarcar todas las áreas, desde las relaciones familiares, a las escolares, las del trabajo, las de amigos y compañeros, las de participantes de una misma institución, las de convivientes en una misma ciudad, en un mismo país, en un mismo mundo. En cada área, la cultura de la democracia sufre una modulación concreta, respondiendo al nivel de realidad en que se relacionan las personas; pero en ninguna debería desaparecer, incluso en las esferas de la economía y la política, que son las más duras. Ahora bien, lo que sí es seguro es que no se manifestará nunca en éstas, si no es esmeradamente cultivada en las demás, que son, por así decir, más flexibles.

No las entendemos como notas yuxtapuestas sino como elementos que componen una estructura dinámica. Como el modo de producción determina el producto, iremos desarrollando los pasos sucesivos, que, componiéndose, forman esta cultura.


El primer paso que debe dar cada uno de los integrantes del grupo es expresarse
Se trata de sacar afuera lo que tiene respecto de lo que se trata o respecto de lo que él quiere plantear. No expresarse es ejercer violencia sobre el grupo, ya que el que se retrae está negando a los demás no sólo su aporte sino su condición de miembro personalizado del grupo. Si lo que concierne a todos debe ser discutido por todos, el que se niega a participar se está excluyendo como sujeto; pero, al permanecer en el grupo, está, por lo que al asunto concierne, desde fuera, es decir no comprometido con lo que se decida. Criticar luego, si algo salió mal, es una tremenda deslealtad.

Hoy no pocas personas viven de manera más bien conductista, sin preguntarse el por qué de las cosas que suceden a su alrededor y en las que muchas veces están de un modo u otro implicadas, y sin hacerse conscientes de las propias posiciones y por lo tanto sin hacer el esfuerzo de sopesarlas y fundamentarlas. Por eso es imprescindible el esfuerzo inicial de decidirse a decir lo que ven y sienten, porque sólo este ejercicio asiduo, irá sembrando el hábito reflexivo. Expresarse es, además, el grado mínimo de pertenencia al grupo. Es un ejercicio elemental de confianza, tanto en sí mismas como en el grupo.

Si en el punto concreto que se debate alguien no tiene nada que aportar, lo debe manifestar, aunque normalmente podrá decir con qué está más de acuerdo de lo que los demás han ido diciendo.

La actitud que se cultiva en este primer paso es la de poner en común los propios haberes, la de no reservarlos como una ventaja sobre los demás. Quien pone en común lo propio manifiesta que vive vuelto hacia ellos, abierto a ellos, con una respectividad positiva, poniendo la propia alegría en el bien de ellos, mediante la donación de lo que tiene, puede, sabe, vale y es.


El segundo paso es escuchar lo que dicen los demás
Escuchar no es simplemente oír y ni siquiera registrar lo que se va diciendo. Es oír haciéndose cargo de lo que va diciendo cada uno. En la cultura postmoderna hay una cierta propensión a expresarse, como un ejercicio de narcisismo; pero, una vez dicho lo suyo, se tiende a desentenderse. Cuando pasa eso, todo se reduce a una serie de monólogos.

No es tan fácil escuchar, porque exige salir del propio horizonte individual y abrirse a la perspectiva de las demás personas; es decir, exige que yo no esté juzgando automáticamente lo que digan los demás respecto de mi propia postura, tenida implícitamente como paradigma, sino que me abra a la de ellos, tratando de hacerme cargo de lo que quieren decir. Esto implica distinguir entre mi horizonte y el suyo, y escuchar desde su horizonte y no desde el mío.

La actitud que se cultiva en este segundo paso es el descentramiento, el ponerse en el lugar del otro, el renunciar a constituirse como el centro del mundo, la alegría de salir a otros mundos, de hacerse cargo de su modo de ver las cosas, de darles lugar en mi mundo. Escuchar personalmente es un ejercicio de fe, ya que consiste en no atenerme respecto de los demás a lo que yo observo de ellos sino también y sobre todo a lo que ellos dicen de sí o desde sí.


El tercer paso es el diálogo
Consiste en manifestar lo que se considera más oportuno de lo que se ha dicho y las coincidencias más significativas; así como en preguntarse mutuamente sobre lo dicho por cada uno, intentando aclarar lo que no se ve o manifestando lo que no se comparte. Esta reacción ante lo dicho comprende tres armónicos principales: lo que resuena, es decir lo que suena bien, porque saca a luz algo que uno llevaba en lo más genuino de su ser sin haberlo nunca expresado del todo; lo que disuena, porque contradice a algo que uno daba por asentado; y lo que no suena, o sea algo en lo que uno no había pensado y que se le da para pensar.

Este tercer paso es crucial, ya que dialogar, exponiéndose cada uno al manifestar lo que uno siente sobre lo dicho por los demás, poder preguntar para aprender y ser capaces también de disentir como compañeros, sin que en ello haya ninguna acrimonia personal, es una muestra elemental del respeto que se debe a cada uno y al grupo.

La actitud que se cultiva en este tercer paso es el diálogo en el sentido más literal y cabal de la palabra, ya que la palabra es el vehículo que va y viene entre unos y otros, la palabra razonable, portadora de sentido, inquisitiva y crítica, pero también sabedora de su limitación, la palabra abierta, incompleta, en busca de otras razones y palabras, en busca sobre todo de una verdad más cabal, la palabra que busca entender el asunto que se trae entre manos y entenderse entre sí los copartícipes.


El cuarto paso es el de buscar una postura del grupo
Si se dieron los pasos anteriores, cada uno tiene los insumos suficientes para tratar de hilar un discurso, una toma de posición o una propuesta, que sean del grupo. Podrá partirse de una o varias de las formulaciones o se la construirá tratando de articular las ideas e incluso las palabras claves que se han ido expresando, buscando consensos.

Lo fundamental en este paso es que cada uno piense, no como el individuo que es sino que se asuma como un miembro del grupo, eso sí, un miembro personalizado. Si cada quien está en esa tesitura, y no en la de buscar hacer prevalecer lo propio, no será tan difícil hallar formulaciones del colectivo.

La actitud que se ejercita en este cuarto paso es el paso de cada yo al nosotros, un nosotros en el que los yos se pierden y a la vez se encuentran. Se pierden en cuanto diferenciación de los demás y en cuanto que el todo es realmente diverso a la sumatoria de las partes. Se ganan en cuanto que el nosotros sigue siendo primera persona y primera persona incluyente porque es plural. Y es en verdad plural, si se ha intentado sincera y sagazmente integrar al máximo los aportes de cada quien en el conjunto, aunque sea trasformados. Podríamos decir que el nosotros resultante es realmente plural, si éste es, en verdad, el cuarto paso, es decir, si se han observado los anteriores. Entonces lo que resulta es un cuerpo social personalizado.


El quinto paso es encargarse cada quien de un aspecto de lo decidido
Si no se da este paso es porque los integrantes del grupo estaban en él como meros expertos, es decir desempeñando un papel del que obtienen, piensan ellos, cierta relevancia, pero no comprometiéndose personalmente.

Hay que reconocer que en los más diversos niveles de la vida social existe la propensión ambiental a descargarse en algunos, a darse por satisfechos con la participación en la obtención de los acuerdos y en su posterior celebración, pero desentendiéndose en el proceso de su ejecución, que por eso resulta frecuentemente demasiado laborioso y desgastante para los que lo asumen. Hay, pues, en este punto mucho que avanzar en nuestro medio.

Es muy significativo de que se han dado los pasos anteriores, el que personas cuyas propuestas no fueron acogidas puedan encargarse de lo que se decidió, como si lo hubieran propuesto ellas, ya que son las propuestas del cuerpo social al que pertenecen.

La actitud que se ejercita en este paso es la responsabilidad. Llevar a cabo personalmente lo decidido por el conjunto es el ejercicio de la responsabilidad asumida. Es vivir con una libertad liberada capaz de sustentar la acción de uno en cualquier estado de ánimo. Es hacer verdad esa condición de nosotros que se puso a funcionar en los pasos anteriores. Desentenderse del compromiso adquirido indica una fijación en la adolescencia, una falta de madurez, negarse a ejercer la condición de adulto con las responsabilidades anejas, con la fidelidad a la palabra dada, al compromiso adquirido.


El sexto paso es la evaluación conjunta
Es obvio que lo que se decidió entre todos, lo evalúen todos. Quien evalúa se considera y es considerado responsable de lo que se trae entre manos. Incluso, digamos, responsable último. Por eso la evaluación conjunta es el signo más fehaciente de que todos los que han participado en el asunto lo han hecho como sujetos de él. O, dicho de otra manera, que el nosotros que proyectó y ejecutó está integrado por todos los miembros del grupo.

Pero hay que reconocer que entre nosotros existe una tendencia a que la evaluación deliberativa la realice sólo un cogollo. Para los demás sólo cabe la evaluación informal, la lluvia de ideas sin ningún efecto tangible. En este caso sólo los evaluadores son los verdaderos sujetos del proyecto; los demás serían sólo colaboradores suyos. Así pues, el que todos los implicados evalúen la marcha de lo que llevan entre todos, es una prueba fehaciente de que se practica la cultura de la democracia.

La actitud que se ejercita en este paso es la conciencia crítica guiada por los objetivos propuestos. Se reafirma la trascendencia de la misión del grupo, y se relativiza el propio obrar, tanto como persona como en cuanto grupo. Habrá verdadera evaluación, si el quehacer no ha sido un ejercicio de realización personalista e institucionalista, o si la determinación de realizar la misión del grupo en cuanto magnitud trascendente es más profunda que el afán de autoafirmarse o de quedar bien.

En cuanto los miembros se afinquen en esa actitud trascendente, no les importará que les critiquen, porque lo que buscan es entregarse eficazmente a la misión, que es la razón de ser del grupo, y que, por tanto, une a sus miembros.


El séptimo paso es el procesamiento de conflictos
Puesto que somos humanos, es normal que surjan conflictos y no deberían verse como una anomalía de la que se debe salir a como dé lugar. Los conflictos deben procesarse conforme a los pasos que hemos indicado: cada parte debe expresarse con toda libertad y sin que le quede nada por dentro, y para eso hay que crear el clima adecuado; las partes deben escucharse entre sí, y para lograrlo es crucial el papel de los demás miembros del grupo, que tienen que escuchar a ambos queriendo el bien de cada uno, y queriendo, no menos, que aflore lo más genuino de la realidad. Los miembros del grupo más aceptos para las partes son los que tienen que decir a cada una lo que les parece de su postura con toda lealtad y por tanto lo que tendría que cambiar y ceder cada uno.

El que tiene la impresión de que ha procedido mal o se ha equivocado, debe sentir también de parte del grupo que se lo acepta personalmente y que el modo de procesar el conflicto se debe precisamente a lo mucho que se lo aprecia y a la confianza que tienen en su capacidad de superación.

Hay que reconocer que en la cultura ambiental tenemos una especial dificultad en procesar los conflictos. En general tendemos a callarnos lo que sentimos que no es correcto, hasta que no podemos más y explotamos y rompemos con el grupo o luchamos porque la otra parte salga de él. Ya expresamos en el tercer paso que no nos resulta fácil hacer observaciones a los demás, ni a los que consideramos amigos, porque pensamos erradamente que es un acto de deslealtad para con ellos y más en el fondo porque tememos que se enfríe la relación, ni a los que no nos caen bien, porque tememos que aflore nuestra animosidad y los otros se resientan. Por eso solemos decirnos y decir a los demás: “vamos a dejar las cosas de ese tamaño”. Hay una fragilidad personal que sólo se puede superar en el ejercicio responsable del procesamiento de conflictos. Si para nosotros lo último, que se posterga una y otra vez, es enfrentar los problemas, nunca llegaremos a ser adultos como individuos ni como sociedad.

La primera actitud que debe cultivarse para que sea posible superar positivamente los conflictos es el amor indeclinable a cada persona implicada, en el sentido preciso de buscar su bien en cada paso del proceso. La segunda es comprender que la verdad libera, aunque duela. El tercero es que cuando situaciones que se presentan como dilemáticas pueden componerse, hay que hacerlo ver y caminar en esa dirección, ayudando a cada parte a superar su postura excluyente.

Cuando sean dilemáticas, hay que hacer ver que, si hay que decidir, optar por una de las dos no implica descalificar a la persona que defiende la que se ha desechado y ni siquiera decir que su propuesta no vale. Sólo que la mayoría ve preferible la otra y que, al ponerla por obra, se verá si se estaba en lo cierto, y que hay la propensión a rectificar, si lo acordado no da el resultado previsto. En este punto la actitud que ha de cultivarse es la de combinar el comprender el asunto y comprender las motivaciones de cada persona, de manera que pueda llegarse a que las partes comprendan más integralmente el punto en cuestión y no menos que puedan llagar a entenderse entre sí.


El octavo paso es la celebración de los logros y más en general de la vida compartida
Este paso no puede faltar ya que es expresión primaria de la salud espiritual y de la calidad humana del cuerpo social. El sujeto de la celebración es el grupo como nosotros personalizado. Por eso la celebración pone al descubierto el estado en que se encuentra el grupo. A la vez que, si se realiza con una dinámica trascendente, ayuda a que el grupo crezca como cuerpo social personalizado.

Si predomina la primera dinámica, como la fiesta se limita a patentizar el verdadero estado del grupo, la celebración puede expresar su carácter jerárquico o la existencia de individualismos o de facciones. Pero también se puede realizar enfatizando la dinámica trascendente, de tal modo que quede fortalecido el carácter democrático, la relación horizontal y mutua desde los dones de cada uno, y sobre todo que quede expresado simbólicamente el horizonte trascendente hacia el que tiende el grupo y que lo unifica. Cuando se tiene en cuenta todo esto, la celebración es un momento privilegiado de comunión personalizadora.

Hay que tener en cuenta que la fiesta por su carácter desinhibido pone al descubierto lo que en la cotidianidad pasa desapercibido, pero también, si se tiene esta actitud comunional, se puede procesar superadoramente.

Hay que reconocer que la capacidad celebrativa es un punto fuerte en nuestro ambiente, sobre todo en los medios populares, y que por eso hay que actuarla de la manera más dinámica y trascendente posible.

La actitud que ha de cultivarse en este punto es la de comunión conjunta con todos los implicados y con la meta que los une y vivifica. Lo que se celebra en el fondo es la presencia de la trascendencia en la historia, la presencia de lo definitivo en lo que va fluyendo. Se sabe que los logros son siempre limitados, pero en ellos se expresa algo de la fraternidad trascendente, y los convocados se van encontrado hermanos, en medio de tantas limitaciones y desencuentros.

Esa entrega a la gracia de la fiesta que acontece, expresa la docilidad fundamental a lo que de santo late en la vida histórica. Esta salida de sí confiada para encontrarse en ese anticipo de la trascendencia es la actitud que hay que cultivar para participar de la gracia de la fiesta.



EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra