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martes, 29 de enero de 2019

LA FRATERNIDAD


Son cada vez más las víctimas silentes en nuestro mundo. Esas que mueren a causa de terribles enfermedades o de hambre, o en conflictos armados por razones ideológicas o étnicas. Entre ellas, cabe mencionar a tantos cristianos que están siendo perseguidos y asesinados por grupos religiosos extremistas en el medio oriente. Pareciera no existir aún, para esa gran mayoría de seres humanos, la real esperanza en un futuro mejor. Ellos padecen el peso de la violencia y la fatiga que produce cualquier lucha sin cambio. Muchos viven resignados ante la indiferencia de personas e instituciones internacionales que pudieran contribuir para que las cosas cambien y encuentren una franca mejora.


Iniciado ya el siglo XXI, el reconocimiento y la aceptación del otro sigue siendo un reto para la humanidad. ¿Será que, simplemente, no estamos dispuestos a hacernos próximos al otro y reconocerlo para emprender juntos caminos y proyectos de humanización? ¿hasta qué punto estamos contribuyendo —personal o institucionalmente— a superar la exclusión ideológica, el fanatismo político, la violencia social y el extremismo religioso? ¿no entendemos que estas actitudes sólo generan más víctimas, fruto de la violencia y la exclusión?


Tenemos el gran reto de regresar a la praxis de Jesús de Nazaret y crear nuevos espacios, discursos y actitudes que favorezcan el sentido de la «fraternidad», ahora olvidada por muchos. Hay algunas características de la praxis de Jesús que nos pueden ayudar a discernir el modo como estamos respondiendo ante los dramas que vivimos en este mundo globalizado.


Primero, Jesús reconoce el deterioro de la realidad sociopolítica y religiosa del siglo I, pero apuesta por un modo de vida que busca recrear las maneras como nos relacionamos los unos a los otros. Sin el reconocimiento de lo que sucede en nuestro entorno, todo cambio se reducirá a un mero deseo pasajero. Por ello es tan importante que sepamos lo que está sucediendo en nuestro mundo, nos informemos y tomemos postura frente a ello. La neutralidad no es ética.


Segundo, si leemos los Evangelios encontraremos que Jesús nunca se resignó a la normalidad de quien vive de las sobras que recibe. No quiso dádivas de los poderosos. Esto le dio la libertad para ejercer su legítimo derecho a luchar por una sociedad de justicia y de bienestar para todos. Hay que revisar si los compromisos —sociopolíticos, económicos o religiosos— que a veces hacemos, son más bien obstáculo en ese arduo camino de reconocer al otro y aceptarlo como a un hermano.


Tercero, Jesús no cedió ante la lógica oficial del miedo, que es la del victimario y el poderoso. Ellos lo mataron, pero nunca pudieron quitarle su libertad y su esperanza. Él siempre fue dueño y sujeto de su propia dignidad. Pero esto no fue fácil. Tuvo que poner las creencias y las ideologías a un lado para que «todos» pudieran sentarse juntos en una misma mesa. Su vida nos enseña que hay un bien precioso que el victimario nunca podrá quitarle a la víctima, como lo es su «dignidad», ejercida en plena libertad y vivida con gran esperanza, aún en medio del sufrimiento y la tribulación. Para ello es importante no ceder a la lógica del miedo. Eso es lo que busca el victimario.


Cuarto, su modo de ser no empleó palabras ni actos violentos, como tampoco apoyó actitudes ni regímenes autoritarios en su contexto. Aún más, denunció a aquellos que vivían del carrerismo religioso y practicaban la exclusión sociopolítica. Estas actitudes, muchas veces alimentadas por jerarcas y representantes de la Iglesia —como el Papa Francisco siempre nos recuerda en sus homilías diarias—, deben ser puestas de lado para poder emprender un cambio que nazca de un regreso sincero a esa praxis humanizadora que caracterizó a Jesús. Cualquier cambio ha de fijar los ojos en el estilo de vida del Nazareno. Él siempre ofrecía vida en abundancia a todos sin exclusión porque sabía ver más allá de la condición moral, socioeconómica o religiosa de los sujetos.


Podemos preguntarnos, entonces, ¿qué veían los pobres, los enfermos y los excluidos en Jesús de Nazaret, que les llamaba poderosamente la atención y lo querían escuchar? Veían su «honestidad con la realidad». A Jesús le dolía lo inhumano del entorno en el que tenían que vivir diariamente. Pero la gente también admiraba la «no violencia» con la que actuaba (Mt 5,38-48). Algo novedoso porque muchos políticos y religiosos del siglo I no lo hacían. Veían, pues, una vida que transpiraba compasión y no pedía sacrificios, poniéndose siempre al lado del otro como un hermano más. El hermano mayor.


Esta praxis no es exclusiva de los cristianos. Pertenece a todo aquél que quiera hacerse humano y apostar por una sociedad de bienestar y de justicia, antes que una de carencias y conflictos. Es de todos los que quieran luchar para no tener que padecer el peso de sociedades fracturadas, en las que no se vive, sino que se sobrevive diariamente buscando lo mínimo para poder subsistir.


Dr. Rafael Luciani

sábado, 5 de enero de 2019

IRSE POR OTRO CAMINO

Cada vez que celebramos la fiesta de la Epifanía siempre se tiene la tentación de idealizar todo lo que el texto nos presenta como contexto histórico de las personas, que vivían en medio de una realidad fracturada y desesperanzada, llena de ira e impiedad, oprimida por el peso de un destino incierto. Esto había traído como consecuencia que se habían olvidado de la fuerza alteradora de palabras como «reconciliación» o «justicia»; no recordaban cómo era una vida de «solidaridad fraterna». Era un mundo donde una gran mayoría de personas no creía en un futuro bueno, ni tenían voluntad de construir un mundo mejor, Herodes les había arrebatado toda palabra, todo gesto y toda esperanza, por eso al llegar estos visitantes preguntando por un Rey distinto al que estaba causa sobresalto -dígase temor y porque no también alegría- Una palabra nueva HA NACIDO; se comenzó a anunciar una buena nueva que acontece cuando el odio y la violencia dominan los pensamientos y los corazones.
Irse por otro camino supone sanar la realidad que ha sido afectada por el mal estructural y hacer justicia para que no vuelva a ocurrir.
Irse por otro camino exige revisar nuestras maneras de relacionarnos, de hablar y tratar a los demás, de discernir lo que vivimos, y preguntarnos las verdaderas opciones que nos mueven.
Irse por otro camino «no se trata de pasar la página, sino de volver a leerla, pero esta vez juntos»; sin absolutizar el poder y la riqueza, sin humillar al que piensa distinto (Lc 6,20-26); mirando con compasión (Lc 6,27-49) y rechazando toda forma de violencia (Jn 18,36). Confiando en Dios, pero sin ser ingenuos (Lc 16,13).
Dejar la ira, la desesperanza, la impiedad…  y alentar la justicia, la solidaridad y la reconciliación, será nuestra mejor ofrenda al que ha nacido.
Amen


domingo, 25 de septiembre de 2016

ENTRE USTEDES Y NOSOTROS SE ABRE UN ABISMO INMENSO Lc 16,19-31

La pobreza no es ambigua en la parábola, el pobre tiene nombre, está cercano y visible. El rico que tiene apellido y prestigio es anónimo en la parábola no tiene nombre. El pobre Lázaro no está muy lejos del rico, el texto dice que está a la puerta de su casa, los dos se encuentran todos los días pero están distantes. La distancia no la crea Lázaro por ser pobre sino el rico por ser indiferente e inhumano. El abismo que los va separar  más allá de la muerte es solo la continuidad de la trágica división querida por el rico y que su vez es continuada por sus hermanos

La parábola de Lázaro y el rico está estructurada en las categoría religiosas de la época sobre el más allá: encontrar con Abraham era la meta y esperanza de todo judío piadoso de la época, que más tarde para el mundo cristiano se llama Cielo. El abismo es lugar de tormento que para el pensamiento cristiano es infierno. Ahora bien es muy llamativo cuando el  evangelista Lucas afirma que ambos mueren; Lázaro es llevado o conducido por los ángeles y sentado a la mesa es decir que su vida se transforma y continúa de otra manera, no en pobreza y la miseria. El rico que es solo enterrado, es decir que su vida no continúa y solo habita en lugar de muerte.

La parábola tiene el trasfondo de la llegada del Reino de Dios y la conversión  como decisión urgente que el hombre y la mujer deben de asumir. Cuando la pobreza y la miseria humana se han convertido  en algo normal y cotidiano, cuando cada quien defiende su mundo de felicidad, cuando solo se acumula… esta parábola hace un urgente llamado a la fraternidad y solidaridad.

sábado, 10 de septiembre de 2011

TEN PACIENCIA CONMIGO Y TE LO PAGARE TODO

Texto Mt. 18,21-35

Podemos afirmar que este texto tiene como telón de fondo –en la medida de lo posible- la comunidad a la que el mismo evangelista escribe y a su vez la propia experiencia de perdón y fraternidad de los discípulos con respecto a la capacidad de cuantas veces se tiene que perdonar.

El punto de partida de la pericopa es una pregunta: “…si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces lo tendré que perdonar?, ¿siete veces?...

La parábola con responde Jesús a la pregunta de Pedro, es tremendamente desproporcionada en todo, por ejemplo: en la actitudes de los personajes que es tan distintas entre si en cuanto al perdón, en la deuda de uno y del otro, la tensión entre el perdón recibido y la violencia practicada, etc.

La actitud de los compañero del siervo o amigo que no quiso perdonar al otro su deuda o darle mas tiempo, se corresponde perfectamente con el reflejo de la tensión, tristeza, conflicto… que bien puede ser de la comunidad cristiana o apostólica que siente la necesidad del perdón antes las situaciones antes mencionadas.

Cabe hacernos una pregunta para que nos ilumine la palabra nuestra propia realidad: “¿cómo es posible que alguien que le han perdonado una deuda inmensa no sea capaz de perdonar una deuda insignificante?” Al oír esta parábola también queda en pensamiento la pregunta cuestionante del rey: “¿no debías tu también tener también compasión de tu compañero como la tuve yo de ti?”

Cuando llegamos a una experiencia de Dios lo primero que se descubre es el amor que nos tiene y, a través de ese amor hemos recibido el perdón que Dios ha dado muchísimas veces sin aun pedirlo nosotros mismos. Consecuencia de recibir un perdón tan grande es que debemos perdonar sin limites, son condiciones.

La pregunta inicial de Pedro que se encierra en un limite de perdón – 7 como lo máximo del perdón- es por parte de Jesús superado, superando un esquema de casuística. El perdón es necesario para poder vivir una vida comunitaria, el perdón nace de haber sido perdonado por Dios. Quien haya experimentado la misericordia del Padre no puede andar calculando las fronteras del perdón y de la acogida fraterna a los hermanos. El perdón evita que nos destruyamos entre nosotros mismos.

El que se cierra al perdón se castiga así mismo. Cuando se ejercita el perdón se libera del odio, se reconcilia consigo mismo, se recupera la paz, la vida puede comenzar de nuevo.

El sentirse perdonado (a), es sentir la ternura inmensa con la que Dios nos envuelve y nos sostiene. El perdón es una experiencia humana que ayuda para el crecimiento que quien no conoce el gozo del perdón corre el riesgo de no crecer como persona. Quien olvida lo mucho que le perdonan se vuelve duro de corazón con demás. El perdón cambia las relaciones entre las personas y plantea una nueva convivencia para el futuro.

Por ultimo hemos de tener presente que el perdón tiene dimensiones sociales, porque el perdón no justifica ni permite las actuaciones inhumana, vejatorias e injustas con ninguna persona sea delincuente, sea político, sea de otra creencia religiosa. El perdón humaniza la vida social del hombre. AMEN.

miércoles, 31 de agosto de 2011

SI TU HERMANO TE OFENDE, VE Y HAZSELO VER… SI DOS DE USTEDES SE PONEN DE ACUERDO, CUALQUIER ASUNTO POR EL QUE PIDAN LES RESULTARA.



Texto Mt 18, 15-20


Los oyentes directos a quienes Jesús se dirige son los discípulos, serán ellos que posteriormente tendrán que aplicar las palabras del maestro a la comunidad o comunidades que enfrentaran problemas de ofensas, escándalos, convivencia, etc. Esta palabras del maestro serán el camino que ayudaran a la comunidad en la construcción de la fraternidad y a la superación del legalismo.

Los problemas que tendrán que asumir será los problemas individuales y comunitarios. El texto nos indica como asumir la situación desde la comunidad y desde la fraternidad, salvando en todo momento que no es aplicación de una ley para condenar sino para regenerar, salvar desde el respeto y el amor.

El procedimiento es sencillo pero requiere prudencias, cariño y preocupación fraterna. Veamos:

Primer paso: llamar en privado para expresar el sentir y el punto de vista que se tiene de la situación, esto permite que el otro también exprese su situación.

Segundo paso: Si al cabo de un tiempo no hay corrección, evidenciar la situación con otros testigos –que perciben la situación- que de alguna manera se ven afectados.

Tercer paso. El extremo final, ante la comunidad que será la que reconoce la situación extrema en donde se ha colocado el hermano. No es la comunidad –sea familiar, eclesial, vecinal, laboral etc.- que esta condenando, es ayudar a tomar conciencia de la situación que no esta favoreciendo a nadie. La comunidad determina la disciplina aplicar: “todo lo que desaten en la tierra quedara desatado en el cielo, y todo lo que aten en tierra quedara atado en el cielo”

Para que todo lo anterior tenga efecto liberador y sanador, debe tomarse desde un clima de oración que asegura a la comunidad que lo decidido ha sido en nombre de Jesús: “si dos de ustedes se ponen de acuerdo, cualquier asunto por el que pidan les resultará, por obra de mi padre del cielo”

La presencia de Jesús en la comunidad eclesial –entiéndase la misma nosotros- hace que nuestra oración y las decisiones tengan valor mas allá de la historia, es decir valor liberador, sanador y reconciliador.

Nos hacemos una pregunta: ¿cuál es nuestra realidad con respecto a la corrección fraterna? Constatamos primero que la fraternidad que la convivencia diaria –laborar, vecinal, familiar, etc.- va estar amenazada por los juicios destructivos, por posturas intransigentes, equivocaciones imperdonables, etc. Pero lo que Jesús nos propone es salvar la fraternidad sin condenar porque el fallo y las equivocaciones las tenemos todos, no somos perfectos. Todos tenemos derecho fraterno de empezar de nuevo, contar con una nueva oportunidad. Eso nos dará un acto de fe en seguir creyendo en los otros – dígase hermanos, esposo (a), amigos (as), etc.-.

Jesús invita a tener mas un sentido de la escucha que agudeza critica. La escucha permite ver desde la misericordia donde esta el otro. El proceder según el texto de Mt 18,15-20 ayuda salir de la cerrazón, del pecado y volver a la bondad del amor y el surgimiento de nuevas relaciones en lo comunitario basadas en la verdad y nos en suposiciones, relaciones de afrontamiento, relaciones de libertad, relaciones de compresión y relaciones de esperanza.

Repacemos el cantico San Francisco de Asís de hazme un instrumento de tu paz y verán que es la aplicación del texto.

EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra