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sábado, 30 de marzo de 2019

PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO



Iº.EL HIJO PEQUEÑO

Lectura: Lc 15,11-20.[1]

[1]. El hecho sus detalles

1: El hecho
  •  Esta parábola sólo la cuenta Lucas. 
  •  Finalidad es resaltar el amor del Padre.
  • El pequeño y el mayor son el claro-oscuro que favorezca la figura del Padre.

2: Los detalles
  •             Una casa de campo, donde viven y trabajan un padre  con dos hijos.
  •             Un  día  el hijo pequeño pide lo  suyo,  porque  quiere marcharse de casa.
  •             Recoge la hacienda y se marcha. "Huye".
  •             Rompe el diálogo. Malbarata la hacienda y se hunde.
  •             Se queda sólo hambriento, cuidando cerdos.
  •             En la soledad reflexiona; mira su realidad.
  •             Se examina. Recuerda la casa: el Padre y el pan. Y decide volver.

2. Personalización
      (Se hace al estilo de un relectura de la par  bola).

1. Qué significa marcharse.
  •  Ausentarse. Huir. Escabullirse. Separarse. Desentenderse. Lavarse las manos.
  • Tomar camino propio y caprichosamente.  Romper la relación con los de casa. 

2. Cuál es mi casa.
  • Mi  casa es mi comunidad. Aquí viven mis  hermanos.  Con ellos soy familia.
  • Las otras casas son de "mi madre, mi padre, mis hermanos". Esta es mi casa. La
  • elegí para siempre.

3.Si me marcho de casa,  ¿de dónde me marcho?
  • Me  marcho de una casa por la cual  dejé  padre,  madre, hermanos, amigos,
  • posible esposa-o, hijos. Me marcho de mi lugar de trabajo, de oración, de  
  • convi­vencia, de reunión, de programación, de recreación, de proyección…

4. ¿Cuándo me marcho de casa?
Cuando me encierro en mí mismo y me aíslo de la  comuni­dad, de sus personas, de sus vidas, de sus problemas. Cuando me vuelvo individualista en mis trabajos, en mis cosas. Cuando no quiero darme: me inhibo, no quiero participar.
Cuando no quiero perdonar. Cuando trazo caminos secretos hacia fuera. Cuando
me niego a amar...


5. ¿Cuáles son las razones de mi huida?
Pueden ser: Egoísmo.- Comodidad.- Soberbia.-  Prepotencia intelectual.-  Rebeldía contra el grupo.- Miedo al compromiso con la comunidad.-
Antipatía con algún miembro de la casa.- Falta  de ilusión  por  la vida
comunitaria.- Apatía  ante  las  decisiones comunes.-  Un malestar comunitario con el cual no quiero  enfrentarme o aceptarlo.- Deseos de libertad personal absoluta.-  Cari­ños fuertes fuera de casa.-       
Cada uno se examine cuál es la razón de su huida.

6. ¿Qué dinero malbarato?
Malbarato: La intimidad familiar.- La alegría  comunita­ria.-  El  aporte personal al bien común.-  Mi  afectividad.-  Mi oración.- Los dones que debieran estar al servicio de la  comuni­dad.- Mi vocación.
Cada quien se examine, qué dinero malbarata y por qué lo malbarata.

7. ¿Qué resultado da la huida?
Pérdida  progresiva  de cariño hacia los  de  adentro  y derramamiento hacia afuera.- Soledad.- Aislamiento.- Rotura en la amistad,   en  el  diálogo,  en  la  oración,  en el  trabajo.-  Amargura.-  Tristeza.- Angustia.- Vacío interior.- Hastío  de  sí mismo por la doble vida, por la falta de valor para cambiar...por el fariseísmo vivido conscientemente.
            Cada uno se examine qué resultado personal le da "huir de la comunidad".



3. La vuelta
La reflexión sobre la vuelta la resumimos a tres puntos:

1.  Entró  dentro de sí. Y al entrar, se vio,  se  examinó. Mientras  estaba  fuera  de sí, se
            desconocía. No  sabía  lo  que pasaba por dentro.

2. Recordó el pan de la casa del Padre: El pan es amor,  es compañía, amistad,  familia.
            Sin este pan no se puede vivir.

3. Decidió volver: La vuelta es siempre fruto de una  deci­sión. De una decisión      radical.


II.EL HIJO MAYOR

Lectura: Lc 15,25-32.[1]

[1]. El Hecho y sus detalles

1. El Hecho
Es la tercera parte de la Parábola.
Es un juicio crítico sobre el comportamiento del  pueblo judío. El fiel no parece tan fiel.
Intentamos traerlo a nuestra vida.

2. Los detalles.
Los rasgos sobresalientes:
Físicamente no se marcha de casa. Trabaja.  Cumple  la ley de la familia. Un
día vuelve del campo. Oye ruido de fiesta en casa.
Decide no entrar en casa. Se entera por un criado de lo que pasa dentro.
Llama al padre afuera. Le reclama contra el hijo peque­ño.
El padre le responde con tono incisivo y con deseo  de convencerle para que
perdone a su hermano
Termina la parabola y no sabemos si el hermano entra o no entra a la fiesta.   

3.¿Dónde está la dificultad de conversión de los dos?

1. En el pequeño:
            En su propia suciedad personal.
En su hermano. El pequeño piensa en el pan en la casa, en el Padre. No piensa
en el hermano. Y sin embargo, decide  volver. Y lo hace.

2. En el mayor:
            En su creencia de ser justo, cumplidor, fiel.
En  su orgullo. (No siente necesidad de su  hermano.  Su orgullo mata su
capacidad de amar: lo ciega, no le deja verse, ni ver a otros. Por eso no
quiere entrar).



III. E  L    P  A  D  R  E

Lectura: Lc 15,20-24.31-32

[1]. El hecho y los detalles

1. El hecho nos servirá directamente de meditación

2. Los detalles los convertimos es esas notas previas
Tenemos siempre la tentación de hablar de un Dios  imper­sonal, celestial,
lejano, cuyos nombres no nos dicen ni mucho, ni poco: Yahvé, Jehová,
Eloín, El que soy...
En el nuevo Testamento se habla de Señor, Dios, Padre.
Jesús en esta parábola pronuncia el nombre de Padre.  Nos lo  saca  de un
contexto impersonal y nos la trae a  una  familia real. 
Así  vemos un Padre vivo, corpóreo; con  pies,  manos  y ojos; en casa,
preocupado, sufriente; alegre, feliz, comprensivo, dialogante, realmente
humano y bueno.
Un Padre cuya preocupación seria es la buena relación  de sus hijos.
Que  los hermanos se quieran, se perdonen,  celebren  el amor.
3. Con este Padre nos queremos encontrar.

2. El Padre

1.Relación del Padre con el hijo pequeño

1. Espera
             (Esta palabra no está escrita, pero se intuye).
            Puerta abierta. Manos abiertas. Corazón abierto.
Sin cansancio. Con dolor de corazón. Con plena  confianza de que algún día volverá.

 2. Lo ve primero
            El  padre al hijo. Los ojos del anciano ven  primero,  a pesar de los años.
            El Padre descubre y acierta.
Los  ojos iluminados por el amor ven más lejos  que  los ojos escocidos por el
dolor. El amor abre los ojos; el pecado  los cierra.

3. Compadecido. (Lleno de compasión
            Compadecer es padecer el dolor del otro, con el dolor del otro.
El Padre siente el dolor del hijo: dolor de vergüenza, de suciedad,  de  desastre
 personal; de verse  hecho  una  piltrafa humana.
El hijo pródigo está dentro del padre.

4. Corre. (Sale corriendo a su encuentro
            ¿Quién corre? ¿Por qué corre?
            El anciano corre. El anciano corre. El joven  simplemente regresa.
            El amor vuela. El arrepentimiento sólo camina.  
El amor alivia el peso de los años. El pecado nos encade­na los pies, nos estanca
y nos vuelve lentos.

5. Se echa al cuello
Sin reparo al olor, a las greñas, a la suciedad, al  tufo de aguardiente o a
perfume de prostíbulo. Sin reparo a nada, ni a nadie.
            Es mi hijo y eso me basta. Esa es la fuerza de  arrojarse al cuello.
                     

6 Lo besa efusivamente
            Efusivamente: derramando su espíritu en cada beso.
Con  calor, con ganas, con locura. Ante el  susto  y  el asombro  de  todos. Una
túnica nueva. Unas sandalias  nuevas.  Un anillo nuevo. El ternero más gordo. Vino. Música. Baile.
            Hagamos FIESTA.
Fiesta  en su corazón que baila de gozo.  Y  fiesta  con todos, porque la
familia se reconstruye y esto hay que celebrarlo con  banquete  de
 gala: Manteles, luces, flores.  Que  no  falte detalle. El perd¢ n     es fiesta.
Para Dios es fiesta perdonar.
      
2. Relación del Padre con el hijo mayor

1. El Padre corta la fiesta y sale de la sala.
            El  Padre busca la reconciliación. Sin eso  no  está  la fiesta completa.
Si para él es fiesta perdonar, igualmente es dolor obser­var  que  los hermanos
no se perdonen, se  reconcilien  y  entren juntos en el banquete del amor.
Por eso, ante el requerimiento del hijo mayor, corta  su fiesta, deja los invitados
y sale de la sala hacia el hijo.

2. Dialoga con el hijo mayor
            El diálogo es serio, cruzado y decidido.
Hijo mayor: Ese hijo tuyo, miserable, borracho,  muje­riego...Y le haces una
fiesta.      
Padre: Ese hermano tuyo ha vuelto, está vivo,  y  eso merece de parte nuestra
un fiesta.
Para  el Padre está claro: O hay perdón  o  está  todo perdido.  Por eso en el
encuentro del Padre con el Hijo mayor  no hay abrazos, ni besos, ni
alegría manifiesta.
            Y todo termina sin saber si entró o no entró a la fiesta.

3. Y esta es la conclusión final
            Para el Padre es una fiesta perdonar, recibir, salvar...
            El trabajo serio del Padre es hacer que los hermanos  se amen, se acepten, se
                        perdonen, celebren juntos la vida.


sábado, 21 de junio de 2014

AMIGO ¿COMO HAS ENTRADO AQUI SIN TRAJE DE FIESTA



Mt. 22, 1-14.

REFLEXION.
        En las parábolas que anteriormente el evangelista mateo nos transmite, Jesús se dirige a los Sumos Sacerdotes y Ancianos de Israel, ahora los oyentes son tanto los sumos sacerdotes , los ancianos, los discípulos y el pueblo. Los oyentes es todo Israel.  Por ende hoy los oyentes somos todos nosotros: pobre, ricos, cristianos, no cristianos, etc. La parábola es un reto abierto, y es que el Reino de Dios exige cambio. Profundicemos.

         Esta parábola sigue recogiendo la imagen de la fiesta de bodas (cf. 25,1-13) para ayudar a tomar conciencia de quien son los que de verdad se salvan. El tema la salvación era muy discutido y temido en la época de Jesús.
         La parábola contra pone la fiesta (alegría, encuentro, paz, dialogo…) al trabajo. El papel de los siervos (que son los cercanos al rey, los que administran, los que preparan, más aun tenían condición muy superior que las personas libres, y por ser mensajeros representan la persona que los envía),  es convocar; la invitación lleva viso de una gran pascua: "Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.”, es una fiesta por todo lo alto, y no se ha escatimado esfuerzo alguno. Las victimas (novillos  y animales cebados)  destinadas a los sacrificios  del templo, ahora son para una boda. La alianza de Dios  con su pueblo está planteada en términos de esponsales (Boda). El profeta Malaquías presenta así la alianza. La Alianza como bodas es la espina dorsal de las relaciones entre Dios y su pueblo. Los tiempos mesiánicos (que son presencia de Dios como la ofrece el libro del Génesis)  y los tiempos del libro de la Apocalipsis culminan en boda (cf. Ap. 22,17).

         Las escenas de la parábola son profundamente llamativas:
         Se hace llamativos que ante la invitación surgen situaciones que por lo general podían ser atendidas por los siervos de los ricos de la época. Por ejemplo el V5 (Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio) donde los negocios y el campos podían ser asumidos por los administradores o siervos.
         Otro aspecto es que no había razón para golpear o asesinar a los “siervos anunciadores”, de ahí que nos hagamos una pregunta ¿qué motivos tenían para golpear y asesinar a los siervos?, podemos especular mucho, pero la verdad es que la intensión de la parábola no es la imaginación, sino  que es sostener  la denuncia hacia los autoridades del pueblo y un profundo llamado de atención del mismo pueblo. Seguidamente en el V7 sale la respuesta ante la situación. En primer momento diera la impresión que es respuesta a la pregunta que Jesús hace el Mt 21,39 (Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?). En segundo momento la respuesta con la agresión es justa (no con ello nos decantamos a favor de la violencia ¡jamás!), digamos que más bien devuelve aquello que le hicieron a los siervos (cf. Mt 22,6), en la parábola anterior la actitud del rey no se pensaba jamás que podría ser de esta magnitud. Por otro lado para completar un poco este panal de ideas,  muchos dicen que es una alusión a la destrucción del templo de Jerusalén. Bueno esto es discutible, no es el momento de la misma.
         Continúan los elementos llamativos, y es que después de haber hecho “justicia” se da una nueva orden (V9) Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda. Los invitados de la alta sociedad son sustituidos por los pobres. Preguntémonos: ¿Qué tipos de personas se encuentran en los cruces de caminos? Primero es gente desconocida y en su mayor parte en la época de Jesús eran viajeros, ladrones, comerciantes, extranjeros. Claro gente no muy bien vista aunque fueran malos o buenos (v10), y que de alguna manera no inspira confianza. Gente de abajo. Preguntémonos ¿Qué tipo de gente nos conseguimos es una terminal de buses, parada, metro? Es una palabra estos invitados son personas que están en movimiento.
         Siguen los talantes llamativos de la parábola, y es cuando el rey hace acto de presencia, y no es que los invitados quieran verlo es él que quiere verlos (V11. Entró el rey a ver a los comensales). Seguidamente alguien sobresale en la fiesta por su mal vestido ¿qué más se podría esperar de alguien que viene de un cruce de camino? Esta persona es llamada amigo (en griego seria etaire), indicando así intimidad y reprimenda (Cf. Mt 20,13; 26,50), ya que era una boda y la misma duraría. Digamos que los tiempos de Dios son especialmente eternos, y por estar de harapos sin traje de fiesta es mirar  un pasado al que nunca se quiere dejar, y muchas veces esos mismos harapos nos quitan el deseo del disfrute ante las fiestas de la vida, y difícilmente disfrutar de la compañía de Dios.
         Se formula una pregunta en la parábola y la misma no se responde: ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?  Es cuestionante la pregunta: ¿cómo queremos la salvación sin cambiar el traje de la vida?, ¿cómo vivir el bautismo, si muchas de las actitudes no son cónsonas con la ética cristiana? ¿Cómo ser libres del pasado cuando la amargura del odio sigue marcando pauta de vida? ¿Cómo proclamar la justicia y luchar contra la violencia y si montones de veces el silencio es aprobación de la misma? Entonces ese quedarse callado traerá sus consecuencias en la vida de aquel invitado, dicho sea de paso, no tiene nombre porque puede ser Usted estimado lector, que con sus silencios omisivos traigan consecuencias serias a su vida y para los demás.
         En la boda todos eran tratados como señores libres, no se puede admitir que uno, solo uno, sienta que sigue siendo un esclavos, de ahí que la medida tomada es muy y extremadamente llamativa: "Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera” Ya el solo hecho de estar atado de pies y manos es signo expreso que es un esclavo con sus harapos. ¿Es motivo de lástima? NO – JAMAS.  Este juicio expresado en la medida tomada por el rey, pone de manifiesto que el juicio de Dios ya no se aplica solo a Israel sino también a todo hombre.
         Por ultimo ¿Por qué esta parábola tan fuerte, llamativa y desconcertante? Cuando ya no se hace posible el hablar e imposible un dialogo abierto y sereno con los Sumos Sacerdotes y los ancianos, Jesús recurre al lenguaje de las parábolas para restaurar  una visión sana de la realidad, y abrir la posibilidad a un nuevo mundo que nace de Dios.  Téngase presente que las parábolas tienen una estructura propia: 1) Son tomadas de la vida cotidiana, 2) Los personajes son anónimos, 3) El número de los personajes se limitan a lo esencial, 4) Los personajes principales dos o tres. 5) Tienen siempre una progresión en las escenas. Esto es bueno saberlo para que nuestra parábola no se olvide y la podamos llevar a la tradición oral de la evangelización.

lunes, 9 de septiembre de 2013

CORAZON DE PADRE


TEXTO
Lc 15, 11-32 -

Vamos a valernos de la, así llamada, “Parábola del Hijo Pródigo” y mejor conocida en los últimos tiempos como “del Padre Misericordioso” para reflexionar sobre nuestro camino de retorno hacia los brazos amorosos del Padre. Esta es una historia narrada por Jesús a sus oyentes entre los que estaban, además de sus discípulos, los publicanos y pecadores que le seguían y los infaltables fariseos y escribas que murmuraban porque Él acogía a gente de mala fama y comía con ellos.

Al narrar este pasaje, Lucas pretende iluminar la profundidad de la misericordia infinita de Dios, quien no lleva cuenta de los delitos. Recordemos que ésta es una de las tres parábolas de la misericordia del capítulo 15, junto a las de la oveja y la dracma perdidas. Pero, sin duda, es la parábola de este padre y sus dos hijos la que señala de manera indeleble en el creyente el alcance del amor del Padre de Jesús.

Empecemos reconociendo que al hablar de retorno se supone el haberse ido. Este doble movimiento de partida y regreso refleja muy bien nuestra condición de caminantes en esta vida respecto a Dios y la dinámica permanente en que vivimos respecto a Él. Casi diriamos que toda nuestra existencia esta marcada por ese ritmo de partir y volver.

Partir siempre es una opción de cambio: dejar algo, comenzar lo nuevo, incluso renunciar a lo que se está haciendo por emprender un nuevo proyecto. Es ruptura, revaloración, despedida, y también aventura, desafío, iniciativa. Todas estos conceptos se aplican muy bien a este hombre, seguramente joven, el hijo menor de su casa, que un día opta por partir, dejándolo todo: padre y madre, hermano, familia, casa paterna, trabajo, y se va a un país lejano, es decir, abandona la propia tierra con su cultura y costumbres, posiblemente las seguridades de su lengua y religión, para iniciar la aventura de lo novedoso y distinto. Pero, claro, no podía irse con las manos vacías y sin ninguna garantía. Así que pide la parte de la herencia de su padre que le corresponde, de la que se siente dueño, y emprende su aventura.

Desde luego no tenemos nada en contra de la iniciativa, la aventura y el deseo de cambio de este joven. Los jóvenes son así, forma parte de su dinamismo vital salir por ahí a ver la vida y experimentar el mundo. Pero hay varios errores en su decisión que queremos destacar:

1. En primer lugar, su ruptura es radical. No le basta irse a aventurar, sino que además implica en ello lo más preciado que tiene un ser humano, sus afectos y sus raíces. Rompe con todo, no quiere un paréntesis, unas vacaciones. No. Él quiere cambiar radicalmente sus valores y lazos. Ustedes saben que en el Israel de aquellos tiempos, donde seguramente podemos ubicar esta historia, pedir la herencia al padre era sinónimo de desearle la muerte, porque la herencia sólo se recibía tras la muerte del padre. Esta petición denota el deseo de ruptura total del hijo menor, comenzando por los afectos. Sobra decir lo que significaba para un israelita, y podriamos afirmar que para cualquier hombre, la figura del padre. El papá era el vínculo indispensable de cada hombre con la familia, con la tierra, con el origen mismo de su ser; era en últimas la voz de Yahvé en casa. La actitud de este muchacho, en la cultura semita que se ubica, tiene tintes de apostasía: quien rechaza a su padre, rechaza al Dios de su padre, que a su vez había recibido la fe de su propio padre y éste de su padre, etc. Luego, era romper el lazo mismo de protección divina que venía de generación en generación y abominar la alianza con Dios.  

2. En segundo lugar, dejar la propia tierra es dejar las raíces; esto para un israelita es desconocer la salvación de Dios a su pueblo, porque la tierra es un don de Dios. Fue Él quien saco a Israel de la esclavitud y le entregó la Tierra de la Promesa, haciendo de este pueblo en esta tierra el objeto de su predilección. Es un lazo inquebrantable, so pena de quedarse sin tierra, sin promesa y sin Dios.

3. En tercer lugar, el evangelista recuerda que el joven parte para un país lejano, es decir, donde todo es distinto, donde no hay ley ni profetas ni templo ni sábado para respetar. Quebranta con ello la sacralidad de su hogar, traiciona los valores de su familia y de su comunidad. Ya sabemos todo lo que dice el Antiguo Testamento acerca de esto. Es entregarse en poder de las fuerzas del mal, es dejarse llevar por los dioses foráneos, dioses de perdición.
           
En Israel ningún hombre normal podría llegar a tanta apostasía y seguir viviendo. Este joven opta por la muerte y la perdición definitivas. Voluntariamente sale del círculo amoroso de Yavhé Dios, abandona sus manos y su voz, deja su casa y su protección, representado todo ello por la figura del padre, para entregarse a la nada, al caos. Opta por ser un muerto viviente.

Aunque el pasaje evangélico no lo menciona, se puede suponer con facilidad el inmenso dolor de este padre y de su familia: este hijo le ha deseado la muerte, ha roto su relación de obediencia con Dios y con la historia de salvación de su pueblo, se ha entregado en manos del mal; en una palabra: ha desechado su amor. Y, sin embargo, el padre no se opone, le deja actuar con libertad. El amor jamás es obligación, jamás esclaviza, jamás amarra. Él sabe que le está perdiendo, que quizá nunca le recuperará, pero le deja. La vida misma se encargará de hacerle ver claro. ¡Ojalá no sea demasiado tarde!

Y aquél se va y se hunde hasta el fondo en el caos que deseaba experimentar, pierde su identidad como hijo de su padre y de su pueblo. Desaparecen su historia personal, sus lazos familiares, su credo, su ley y opta por entregarse a su instinto: comida, bebida, sexo, placer. Esa despersonalización le lleva a una paulatina animalización de su ser personal. Con el dinero malgastado se le malgasta también la vida y lo esencial de su existencia, deja de ser hijo, de pertenecer a una familia y a una historia. Es un don nadie, se le puede asimilar sin dificultad a un ser sin alma, a un cerdo, por ejemplo. Y es justo allí donde le ubica ahora la parábola: en el fondo de un abismo negro y tenebroso, asimilado al más despreciable de los animales para la cultura semita, al cerdo. Y desea alimentarse de los desperdicios de comida de los cerdos porque no tiene nada más. Pero ni siquiera a ese nivel llega: “nadie se los daba”.

Y es precisamente allí, en el fondo sin fondo de la nada, en la oscuridad total de su ser personal, donde este hombre-cerdo, en la soledad más absoluta de su fracaso, descubre que en él hay algo más que un perdedor: “Y entrando en sí mismo ...” se da cuenta que aún tiene un padre. El mismo que le dejó irse libremente, quien le entrego su parte de hacienda, quien lo despidió en silencio. Ese padre está en alguna parte recóndita de su ser y él sabe que allí permanecerá, que es lo único firme y duradero que tiene en la vida, que ahora que ha mandado todo por la borda, que esta desnudo como cuando nació, solamente él podrá devolverle su identidad personal, su historia, su familia y su Dios.

Es la luz al final del horrendo túnel, que ilumina todo el misterio de su propia vida, que le hace ver claro la inmensidad de su fracaso, lo escandaloso de su acción, la falsedad de su “proyecto de libertad”; es la mano tendida cuando ya el fango de las arenas movedizas de su vida destrozada se lo tragaba. Y entoces surge espontánea la decisión más importante de su vida: “Me levantaré, iré a mi padre y le diré...”. Ponerse en camino, dejar atrás la nada, avanzar hacia el calor de su hogar. Es el amor el que lo atrae, son los brazos seguros de su padre los que le reclaman la vida y así, cada paso, cada segundo que pasa es una historia nueva, es volver a nacer, es darse la oportunidad de vivir a pesar de su opción de muerte.

El camino de retorno es un largo camino, un camino lleno de temores y dudas. Al principio, preparará un certero discurso, alegará ante su padre su inexperiencia, su falta de visión, su estupidez, sus dudas de joven, su deseo de aventurar y correr la vida. Pero en el fondo él sabe que todo ello es disculpa, que son vanos los discursos, que es inútil tanta justificación. Su decisión fue personal y libre. Bien merecida tiene la vaciedad, la humillación y la derrota que ahora está sorbiendo como hiel. Por eso está dispuesto a trabajar como jornalero, quiere pagar sus culpas, con tal que le dejen estar allí para saciar su hambre, un hambre que no es sólo física, es hambre de padre y madre, es hambre de familia, de nombre, de historia, de afecto, de pueblo, de raza. Desea sentirse persona, no quiere ser más un cerdo, un don nadie. Le puede más la voz que le llama desde su ser interior que los miedos y dudas que tiene. Hay algo al final de ese túnel que le muestra seguridad, que le hace presentir que no todo está terminado, que lo incita a la aventura de volver, a desandar lo mal andado y a retomar su vida de hijo, sin importarle ya el qué dirán y los reproches.

¡Qué camino ese! ¡Cuánta profundidad y cuánta angustia, cuánto temor y cuánta esperanza, cuánta duda! Y una sola certeza: el amor de su padre. Aunque prepare discurso y afine razones para justificarse, el hijo pródigo sabe que su sola justificación es el amor inmenso de su padre, que ante ese amor no caben razones porque el corazón tiene razones que la razón no entiende.

¿Y el padre?  Él ha recorrido su propio camino, el de la esperanza, el de seguir siendo amor y certeza, el de no flaquear en su opción por la libertad de sus hijos. Un amor hecho espera continua, un amor de balcones y lejanías, de amaneceres solitarios y atardeceres prometedores, hasta poder superar la duda con la esperanza y ésta con la certeza de una presencia: el andrajoso que se divisa lejos, descalzo y casi desnudo, sucio y sin figura que pueda estimarse recuerda una silueta familiar, se asemeja a la esperanza de todos los días y la visión se va haciendo realidad, se acerca por el camino, lentamente, cansado y agobiado, extenuado de dolor y de hambre de padre. ¡Ese pobre hombre es el hijo, el amado, el esperado, el nunca olvidado, el objeto inmediato del amor! Y se conmovió y dejó el balcón de todos los días, y corrió, y abrazó y besó, y besó y abrazó. 

Y entonces el padre se vuelve seno, acogida, misericordia, padre y madre a la vez, para presenciar el nuevo parto del muerto recién vuelto a la vida, del perdido que ha sido hallado. Y sobran, ya se sabía, las explicaciones y justificaciones, los discursos se vuelven lágrimas y el arrepentimiento se convierte en alegría y fiesta y danza: ¡lo hemos recobrado, ha vuelto a la vida! Y el hambre y la sed de todo se vuelve hartura de todo: anillo, sandalias, vestido limpio, comida de casa, amor de familia. Ahora está aquí más que nunca, como si nunca se hubiera ido, porque ahora forma parte de la misma historia del padre, ya no por simple coincidencia de sangre sino por opción libre. El amor le ha traído, le ha recobrado malherido y doliente pero entero, más hombre que nunca, más hijo que antes, más libre que en el país lejano. ¡Qué misterios los del amor de padre: del abismo del sinsentido, del fango maloliente de los cerdos, al regocijo inacabable del hogar, al calor eterno del regazo del padre-madre, sin juicios, sin cuentas pendientes, sin discursos, sin amenazas ni castigos!

¡Cuánta misericordia cabe en un corazón de padre! ¡Cómo se refleja en él el amor infinito de Dios hacia sus hijos! ¡Cuánta bondad, olvido de sí, perdón de las ofensas recibidas, compasión, afecto entrañable y ternura hacen falta para que un corazón pueda ser llamado “corazón de padre”! Ese abrazo del padre feliz a su hijo maltrecho que regresa al hogar es la expresión más sublime del amor y representa todos los abrazos y ternuras que un ser humano puede recibir de su Padre.

Deciamos que partir es una opción de cambio. Y entonces regresar, ¿qué es? Es cambiar definitivamente, es optar por la libertad de reconocer los propios errores. Quien parte tiene una visión parcial de su camino, quien regresa lo ha visto ya desde los dos ángulos. Quien regresa hace síntesis, evalúa su andadura, recompone sus pasos. Sabe lo que hay de ida y de venida. Puede comparar lo que deja con lo que encuentra: “¿Para dónde vas peregrino, que dejas tu casa?”. “Voy a casa, necesito irme para sentir que me hace falta”.

Nosotros vivimos partiendo y regresando. Este ritmo se ha hecho habitual en nuestras vidas. Pero siempre parecen partidas parciales, efimeras, momentáneas. Y también los regresos son así, porque cuando nos vamos estamos ya pensando en volver; y al regresar quisiéramos volver a marchar. Así se fue madurando la decisión del joven pródigo: fue la sumatoria de todos los pequeños irse y regresar, que lo iban preparando a la ruptura total. Hasta que no pudo más. Ahora su partida era definitiva, él no tenía ninguna intención de volver, “lo reunió todo y se marchó a un país lejano”, fue ruptura radical, desde el fondo de su ser. Era el resultado de sus descontentos, de las incomprensiones, de sentirse marginado y sin futuro, de la cara larga de su hermano, del poco dinero en sus bolsillos para farras y jaleos. En su obsesión de libertad, no se sentía amado y por buscar el amor, abandono al Amor. No logró entender que desde su misma vida podía enrumbarse de una manera diversa, que en cambio si se desprendía de esa manera tan drástica, se estaba cortando al mismo tiempo la fuente de su aire y de su vida. No logró comprender que no era posible vivir lejos del amor, que los “amores pasajeros” y los placeres que le podía brindar su dinero, eran eso, momentos, ilusiones, fantasía, fuegos artificales de una noche, que como venían se irían cuando la bolsa se agotara.

Pero los seres humanos somos así: Me empeño en agradar, en tener éxito, en ser reconocido. Cuando fracaso, siento celos y resentimiento hacia los demás. Me vuelvo suspicaz, me pongo a la defensiva y siento pánico al pensar que no conseguiré lo que quiero o que puedo perder lo que tengo. Atrapado en esta jungla de deseos y necesidades no satisfechas, me aislo y fabrico en mi mente todo un mundo paralelo en el que yo seré el rey y todos se sujetarán a mi voluntad. Allí nace el deseo de independencia y de ruptura: quiero acabar con todo lo que signifique superioridad de otros hacia mí: Dios, padres y jefes y toda clase de autoridad, incluso moral, que me pueda “oprimir mi autodeterminación y libertad”. Por eso opto por irme y dejar atrás todo lo que hasta ahora era mi mundo. Es un quebrantamiento definitivo con esa realidad. Así en cuanto más me alejo de casa menos siento la voz que me invita a volver.

Pero por ello mismo, cuando el hijo menor, desde el fondo mismo de su ser, escucha tenuemente esa voz en su soledad y angustia, en la caótica situación de su vida, no puede menos que asirse a ella para intentar recuperar todo lo perdido. Esa voz interior es todo lo que le queda de humanidad. Y así como fue definitiva su partida, su decisión de regresar también es definitiva. La enorme distancia de su padre lo acercó al amor. Bajando hasta el fondo del abismo, viviendo su abyección de hombre, comprendió dónde estaba la libertad, el verdedero placer, el gozo interior, se descubrió persona y, por tanto, más allá de incomprensiones y descontentos, se sintió necesitado de lo suyo, de su entorno humano e histórico. Quiso regresar para no volverse a ir. Su discernimiento se basó en el dolor, en la experiencia sofocante de la soledad y el abandono. Y allí, en su soledad, consigo mismo, distinguió el rostro amoroso de su padre y decidió abandonarse al amor, sin coacciones ni dudas, en plena libertad, comparando la nada de su ser con el todo inconmesurable del amor. ¿Por qué renunciar al amor, cuando se me da gratuito, genuino, íntegro, cuando me plenifica y madura, cuando me hace descubrir al hombre e hijo que soy?

Su hermano mayor no hizo fiesta, no se unió a su padre en el jolgorio, no sollozó de alegría, no se conmovió cuando vió lo que quedaba de su hermano. Él también se había ido, hacía tiempo, quizá antes que el hijo menor. Se había ido sin maletas, sin partir de casa. Se había ido desde dentro, se había apartado del amor del padre y del hermano, ocupado como vivía en mil tareas, cuidando las cercas de su casa, enfracasdo en el descontento de vivir. Por eso el regreso del hermano le sorprende negativamente y con desprecio busca justificaciones a su desamor. El otro era el malo, el merecedor de castigo; él era bueno, siempre había estado aquí. Sí, con resentimiento, alejándose cada vez más del seno del padre, construyéndose su propio país lejano, con un corazón fariseo que le había secado el amor. Sigue la lógica del premio-castigo, desconoce la gratuidad, la bondad que nace de la ausencia, del perdón permanente y sin condiciones. Es demasido perfecto para comprender el arrepentimiemto de los imperfectos. Está demasiado ocupado en calcular lo que él se merece por su fidelidad como para imaginar que el amor no tiene precio, que cancela todas las deudas y que la fiesta es la consecuencia lógica del perdón y del abrazo.

¡Qué difícil es entender al otro en su limitaciones y errores cuando nos creemos perfectos, cuando consideramos que el amor es parte de la paga, que no cabe el perdón para quien se equivoca de raiz, que somos mejores porque cumplimos las reglas establecidas, que el camino de la vida es una ida permanente sin retorno!

Los brazos amorosos del Padre-Madre de Jesús, en cambio, nos hablan de perdón sin límites, de bondad permanente, de una misericordia tan grande que no alcanzamos a comprenderla. Que en la aventura de la vida, nuestra tenue existencia busque esos brazos por las mil encrucijadas y caminos que tenemos delante a nuestros ojos. La luz, al final del túnel, nos guiará hasta ellos.

EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra