lunes, 9 de septiembre de 2013

CORAZON DE PADRE


TEXTO
Lc 15, 11-32 -

Vamos a valernos de la, así llamada, “Parábola del Hijo Pródigo” y mejor conocida en los últimos tiempos como “del Padre Misericordioso” para reflexionar sobre nuestro camino de retorno hacia los brazos amorosos del Padre. Esta es una historia narrada por Jesús a sus oyentes entre los que estaban, además de sus discípulos, los publicanos y pecadores que le seguían y los infaltables fariseos y escribas que murmuraban porque Él acogía a gente de mala fama y comía con ellos.

Al narrar este pasaje, Lucas pretende iluminar la profundidad de la misericordia infinita de Dios, quien no lleva cuenta de los delitos. Recordemos que ésta es una de las tres parábolas de la misericordia del capítulo 15, junto a las de la oveja y la dracma perdidas. Pero, sin duda, es la parábola de este padre y sus dos hijos la que señala de manera indeleble en el creyente el alcance del amor del Padre de Jesús.

Empecemos reconociendo que al hablar de retorno se supone el haberse ido. Este doble movimiento de partida y regreso refleja muy bien nuestra condición de caminantes en esta vida respecto a Dios y la dinámica permanente en que vivimos respecto a Él. Casi diriamos que toda nuestra existencia esta marcada por ese ritmo de partir y volver.

Partir siempre es una opción de cambio: dejar algo, comenzar lo nuevo, incluso renunciar a lo que se está haciendo por emprender un nuevo proyecto. Es ruptura, revaloración, despedida, y también aventura, desafío, iniciativa. Todas estos conceptos se aplican muy bien a este hombre, seguramente joven, el hijo menor de su casa, que un día opta por partir, dejándolo todo: padre y madre, hermano, familia, casa paterna, trabajo, y se va a un país lejano, es decir, abandona la propia tierra con su cultura y costumbres, posiblemente las seguridades de su lengua y religión, para iniciar la aventura de lo novedoso y distinto. Pero, claro, no podía irse con las manos vacías y sin ninguna garantía. Así que pide la parte de la herencia de su padre que le corresponde, de la que se siente dueño, y emprende su aventura.

Desde luego no tenemos nada en contra de la iniciativa, la aventura y el deseo de cambio de este joven. Los jóvenes son así, forma parte de su dinamismo vital salir por ahí a ver la vida y experimentar el mundo. Pero hay varios errores en su decisión que queremos destacar:

1. En primer lugar, su ruptura es radical. No le basta irse a aventurar, sino que además implica en ello lo más preciado que tiene un ser humano, sus afectos y sus raíces. Rompe con todo, no quiere un paréntesis, unas vacaciones. No. Él quiere cambiar radicalmente sus valores y lazos. Ustedes saben que en el Israel de aquellos tiempos, donde seguramente podemos ubicar esta historia, pedir la herencia al padre era sinónimo de desearle la muerte, porque la herencia sólo se recibía tras la muerte del padre. Esta petición denota el deseo de ruptura total del hijo menor, comenzando por los afectos. Sobra decir lo que significaba para un israelita, y podriamos afirmar que para cualquier hombre, la figura del padre. El papá era el vínculo indispensable de cada hombre con la familia, con la tierra, con el origen mismo de su ser; era en últimas la voz de Yahvé en casa. La actitud de este muchacho, en la cultura semita que se ubica, tiene tintes de apostasía: quien rechaza a su padre, rechaza al Dios de su padre, que a su vez había recibido la fe de su propio padre y éste de su padre, etc. Luego, era romper el lazo mismo de protección divina que venía de generación en generación y abominar la alianza con Dios.  

2. En segundo lugar, dejar la propia tierra es dejar las raíces; esto para un israelita es desconocer la salvación de Dios a su pueblo, porque la tierra es un don de Dios. Fue Él quien saco a Israel de la esclavitud y le entregó la Tierra de la Promesa, haciendo de este pueblo en esta tierra el objeto de su predilección. Es un lazo inquebrantable, so pena de quedarse sin tierra, sin promesa y sin Dios.

3. En tercer lugar, el evangelista recuerda que el joven parte para un país lejano, es decir, donde todo es distinto, donde no hay ley ni profetas ni templo ni sábado para respetar. Quebranta con ello la sacralidad de su hogar, traiciona los valores de su familia y de su comunidad. Ya sabemos todo lo que dice el Antiguo Testamento acerca de esto. Es entregarse en poder de las fuerzas del mal, es dejarse llevar por los dioses foráneos, dioses de perdición.
           
En Israel ningún hombre normal podría llegar a tanta apostasía y seguir viviendo. Este joven opta por la muerte y la perdición definitivas. Voluntariamente sale del círculo amoroso de Yavhé Dios, abandona sus manos y su voz, deja su casa y su protección, representado todo ello por la figura del padre, para entregarse a la nada, al caos. Opta por ser un muerto viviente.

Aunque el pasaje evangélico no lo menciona, se puede suponer con facilidad el inmenso dolor de este padre y de su familia: este hijo le ha deseado la muerte, ha roto su relación de obediencia con Dios y con la historia de salvación de su pueblo, se ha entregado en manos del mal; en una palabra: ha desechado su amor. Y, sin embargo, el padre no se opone, le deja actuar con libertad. El amor jamás es obligación, jamás esclaviza, jamás amarra. Él sabe que le está perdiendo, que quizá nunca le recuperará, pero le deja. La vida misma se encargará de hacerle ver claro. ¡Ojalá no sea demasiado tarde!

Y aquél se va y se hunde hasta el fondo en el caos que deseaba experimentar, pierde su identidad como hijo de su padre y de su pueblo. Desaparecen su historia personal, sus lazos familiares, su credo, su ley y opta por entregarse a su instinto: comida, bebida, sexo, placer. Esa despersonalización le lleva a una paulatina animalización de su ser personal. Con el dinero malgastado se le malgasta también la vida y lo esencial de su existencia, deja de ser hijo, de pertenecer a una familia y a una historia. Es un don nadie, se le puede asimilar sin dificultad a un ser sin alma, a un cerdo, por ejemplo. Y es justo allí donde le ubica ahora la parábola: en el fondo de un abismo negro y tenebroso, asimilado al más despreciable de los animales para la cultura semita, al cerdo. Y desea alimentarse de los desperdicios de comida de los cerdos porque no tiene nada más. Pero ni siquiera a ese nivel llega: “nadie se los daba”.

Y es precisamente allí, en el fondo sin fondo de la nada, en la oscuridad total de su ser personal, donde este hombre-cerdo, en la soledad más absoluta de su fracaso, descubre que en él hay algo más que un perdedor: “Y entrando en sí mismo ...” se da cuenta que aún tiene un padre. El mismo que le dejó irse libremente, quien le entrego su parte de hacienda, quien lo despidió en silencio. Ese padre está en alguna parte recóndita de su ser y él sabe que allí permanecerá, que es lo único firme y duradero que tiene en la vida, que ahora que ha mandado todo por la borda, que esta desnudo como cuando nació, solamente él podrá devolverle su identidad personal, su historia, su familia y su Dios.

Es la luz al final del horrendo túnel, que ilumina todo el misterio de su propia vida, que le hace ver claro la inmensidad de su fracaso, lo escandaloso de su acción, la falsedad de su “proyecto de libertad”; es la mano tendida cuando ya el fango de las arenas movedizas de su vida destrozada se lo tragaba. Y entoces surge espontánea la decisión más importante de su vida: “Me levantaré, iré a mi padre y le diré...”. Ponerse en camino, dejar atrás la nada, avanzar hacia el calor de su hogar. Es el amor el que lo atrae, son los brazos seguros de su padre los que le reclaman la vida y así, cada paso, cada segundo que pasa es una historia nueva, es volver a nacer, es darse la oportunidad de vivir a pesar de su opción de muerte.

El camino de retorno es un largo camino, un camino lleno de temores y dudas. Al principio, preparará un certero discurso, alegará ante su padre su inexperiencia, su falta de visión, su estupidez, sus dudas de joven, su deseo de aventurar y correr la vida. Pero en el fondo él sabe que todo ello es disculpa, que son vanos los discursos, que es inútil tanta justificación. Su decisión fue personal y libre. Bien merecida tiene la vaciedad, la humillación y la derrota que ahora está sorbiendo como hiel. Por eso está dispuesto a trabajar como jornalero, quiere pagar sus culpas, con tal que le dejen estar allí para saciar su hambre, un hambre que no es sólo física, es hambre de padre y madre, es hambre de familia, de nombre, de historia, de afecto, de pueblo, de raza. Desea sentirse persona, no quiere ser más un cerdo, un don nadie. Le puede más la voz que le llama desde su ser interior que los miedos y dudas que tiene. Hay algo al final de ese túnel que le muestra seguridad, que le hace presentir que no todo está terminado, que lo incita a la aventura de volver, a desandar lo mal andado y a retomar su vida de hijo, sin importarle ya el qué dirán y los reproches.

¡Qué camino ese! ¡Cuánta profundidad y cuánta angustia, cuánto temor y cuánta esperanza, cuánta duda! Y una sola certeza: el amor de su padre. Aunque prepare discurso y afine razones para justificarse, el hijo pródigo sabe que su sola justificación es el amor inmenso de su padre, que ante ese amor no caben razones porque el corazón tiene razones que la razón no entiende.

¿Y el padre?  Él ha recorrido su propio camino, el de la esperanza, el de seguir siendo amor y certeza, el de no flaquear en su opción por la libertad de sus hijos. Un amor hecho espera continua, un amor de balcones y lejanías, de amaneceres solitarios y atardeceres prometedores, hasta poder superar la duda con la esperanza y ésta con la certeza de una presencia: el andrajoso que se divisa lejos, descalzo y casi desnudo, sucio y sin figura que pueda estimarse recuerda una silueta familiar, se asemeja a la esperanza de todos los días y la visión se va haciendo realidad, se acerca por el camino, lentamente, cansado y agobiado, extenuado de dolor y de hambre de padre. ¡Ese pobre hombre es el hijo, el amado, el esperado, el nunca olvidado, el objeto inmediato del amor! Y se conmovió y dejó el balcón de todos los días, y corrió, y abrazó y besó, y besó y abrazó. 

Y entonces el padre se vuelve seno, acogida, misericordia, padre y madre a la vez, para presenciar el nuevo parto del muerto recién vuelto a la vida, del perdido que ha sido hallado. Y sobran, ya se sabía, las explicaciones y justificaciones, los discursos se vuelven lágrimas y el arrepentimiento se convierte en alegría y fiesta y danza: ¡lo hemos recobrado, ha vuelto a la vida! Y el hambre y la sed de todo se vuelve hartura de todo: anillo, sandalias, vestido limpio, comida de casa, amor de familia. Ahora está aquí más que nunca, como si nunca se hubiera ido, porque ahora forma parte de la misma historia del padre, ya no por simple coincidencia de sangre sino por opción libre. El amor le ha traído, le ha recobrado malherido y doliente pero entero, más hombre que nunca, más hijo que antes, más libre que en el país lejano. ¡Qué misterios los del amor de padre: del abismo del sinsentido, del fango maloliente de los cerdos, al regocijo inacabable del hogar, al calor eterno del regazo del padre-madre, sin juicios, sin cuentas pendientes, sin discursos, sin amenazas ni castigos!

¡Cuánta misericordia cabe en un corazón de padre! ¡Cómo se refleja en él el amor infinito de Dios hacia sus hijos! ¡Cuánta bondad, olvido de sí, perdón de las ofensas recibidas, compasión, afecto entrañable y ternura hacen falta para que un corazón pueda ser llamado “corazón de padre”! Ese abrazo del padre feliz a su hijo maltrecho que regresa al hogar es la expresión más sublime del amor y representa todos los abrazos y ternuras que un ser humano puede recibir de su Padre.

Deciamos que partir es una opción de cambio. Y entonces regresar, ¿qué es? Es cambiar definitivamente, es optar por la libertad de reconocer los propios errores. Quien parte tiene una visión parcial de su camino, quien regresa lo ha visto ya desde los dos ángulos. Quien regresa hace síntesis, evalúa su andadura, recompone sus pasos. Sabe lo que hay de ida y de venida. Puede comparar lo que deja con lo que encuentra: “¿Para dónde vas peregrino, que dejas tu casa?”. “Voy a casa, necesito irme para sentir que me hace falta”.

Nosotros vivimos partiendo y regresando. Este ritmo se ha hecho habitual en nuestras vidas. Pero siempre parecen partidas parciales, efimeras, momentáneas. Y también los regresos son así, porque cuando nos vamos estamos ya pensando en volver; y al regresar quisiéramos volver a marchar. Así se fue madurando la decisión del joven pródigo: fue la sumatoria de todos los pequeños irse y regresar, que lo iban preparando a la ruptura total. Hasta que no pudo más. Ahora su partida era definitiva, él no tenía ninguna intención de volver, “lo reunió todo y se marchó a un país lejano”, fue ruptura radical, desde el fondo de su ser. Era el resultado de sus descontentos, de las incomprensiones, de sentirse marginado y sin futuro, de la cara larga de su hermano, del poco dinero en sus bolsillos para farras y jaleos. En su obsesión de libertad, no se sentía amado y por buscar el amor, abandono al Amor. No logró entender que desde su misma vida podía enrumbarse de una manera diversa, que en cambio si se desprendía de esa manera tan drástica, se estaba cortando al mismo tiempo la fuente de su aire y de su vida. No logró comprender que no era posible vivir lejos del amor, que los “amores pasajeros” y los placeres que le podía brindar su dinero, eran eso, momentos, ilusiones, fantasía, fuegos artificales de una noche, que como venían se irían cuando la bolsa se agotara.

Pero los seres humanos somos así: Me empeño en agradar, en tener éxito, en ser reconocido. Cuando fracaso, siento celos y resentimiento hacia los demás. Me vuelvo suspicaz, me pongo a la defensiva y siento pánico al pensar que no conseguiré lo que quiero o que puedo perder lo que tengo. Atrapado en esta jungla de deseos y necesidades no satisfechas, me aislo y fabrico en mi mente todo un mundo paralelo en el que yo seré el rey y todos se sujetarán a mi voluntad. Allí nace el deseo de independencia y de ruptura: quiero acabar con todo lo que signifique superioridad de otros hacia mí: Dios, padres y jefes y toda clase de autoridad, incluso moral, que me pueda “oprimir mi autodeterminación y libertad”. Por eso opto por irme y dejar atrás todo lo que hasta ahora era mi mundo. Es un quebrantamiento definitivo con esa realidad. Así en cuanto más me alejo de casa menos siento la voz que me invita a volver.

Pero por ello mismo, cuando el hijo menor, desde el fondo mismo de su ser, escucha tenuemente esa voz en su soledad y angustia, en la caótica situación de su vida, no puede menos que asirse a ella para intentar recuperar todo lo perdido. Esa voz interior es todo lo que le queda de humanidad. Y así como fue definitiva su partida, su decisión de regresar también es definitiva. La enorme distancia de su padre lo acercó al amor. Bajando hasta el fondo del abismo, viviendo su abyección de hombre, comprendió dónde estaba la libertad, el verdedero placer, el gozo interior, se descubrió persona y, por tanto, más allá de incomprensiones y descontentos, se sintió necesitado de lo suyo, de su entorno humano e histórico. Quiso regresar para no volverse a ir. Su discernimiento se basó en el dolor, en la experiencia sofocante de la soledad y el abandono. Y allí, en su soledad, consigo mismo, distinguió el rostro amoroso de su padre y decidió abandonarse al amor, sin coacciones ni dudas, en plena libertad, comparando la nada de su ser con el todo inconmesurable del amor. ¿Por qué renunciar al amor, cuando se me da gratuito, genuino, íntegro, cuando me plenifica y madura, cuando me hace descubrir al hombre e hijo que soy?

Su hermano mayor no hizo fiesta, no se unió a su padre en el jolgorio, no sollozó de alegría, no se conmovió cuando vió lo que quedaba de su hermano. Él también se había ido, hacía tiempo, quizá antes que el hijo menor. Se había ido sin maletas, sin partir de casa. Se había ido desde dentro, se había apartado del amor del padre y del hermano, ocupado como vivía en mil tareas, cuidando las cercas de su casa, enfracasdo en el descontento de vivir. Por eso el regreso del hermano le sorprende negativamente y con desprecio busca justificaciones a su desamor. El otro era el malo, el merecedor de castigo; él era bueno, siempre había estado aquí. Sí, con resentimiento, alejándose cada vez más del seno del padre, construyéndose su propio país lejano, con un corazón fariseo que le había secado el amor. Sigue la lógica del premio-castigo, desconoce la gratuidad, la bondad que nace de la ausencia, del perdón permanente y sin condiciones. Es demasido perfecto para comprender el arrepentimiemto de los imperfectos. Está demasiado ocupado en calcular lo que él se merece por su fidelidad como para imaginar que el amor no tiene precio, que cancela todas las deudas y que la fiesta es la consecuencia lógica del perdón y del abrazo.

¡Qué difícil es entender al otro en su limitaciones y errores cuando nos creemos perfectos, cuando consideramos que el amor es parte de la paga, que no cabe el perdón para quien se equivoca de raiz, que somos mejores porque cumplimos las reglas establecidas, que el camino de la vida es una ida permanente sin retorno!

Los brazos amorosos del Padre-Madre de Jesús, en cambio, nos hablan de perdón sin límites, de bondad permanente, de una misericordia tan grande que no alcanzamos a comprenderla. Que en la aventura de la vida, nuestra tenue existencia busque esos brazos por las mil encrucijadas y caminos que tenemos delante a nuestros ojos. La luz, al final del túnel, nos guiará hasta ellos.

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EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra