TEXTO
Lc 15, 11-32 -
Vamos
a valernos de la, así llamada, “Parábola del Hijo Pródigo” y mejor conocida en
los últimos tiempos como “del Padre Misericordioso” para reflexionar sobre
nuestro camino de retorno hacia los brazos amorosos del Padre. Esta es una
historia narrada por Jesús a sus oyentes entre los que estaban, además de sus
discípulos, los publicanos y pecadores que le seguían y los infaltables
fariseos y escribas que murmuraban porque Él acogía a gente de mala fama y comía
con ellos.
Al
narrar este pasaje, Lucas pretende iluminar la profundidad de la misericordia
infinita de Dios, quien no lleva cuenta de los delitos. Recordemos que ésta es
una de las tres parábolas de la misericordia del capítulo 15, junto a las de la
oveja y la dracma perdidas. Pero, sin duda, es la parábola de este padre y sus
dos hijos la que señala de manera indeleble en el creyente el alcance del amor
del Padre de Jesús.
Empecemos
reconociendo que al hablar de retorno se supone el haberse ido. Este doble
movimiento de partida y regreso refleja muy bien nuestra condición de
caminantes en esta vida respecto a Dios y la dinámica permanente en que vivimos
respecto a Él. Casi diriamos que toda nuestra existencia esta marcada por ese
ritmo de partir y volver.
Partir
siempre es una opción de cambio: dejar algo, comenzar lo nuevo, incluso
renunciar a lo que se está haciendo por emprender un nuevo proyecto. Es
ruptura, revaloración, despedida, y también aventura, desafío, iniciativa.
Todas estos conceptos se aplican muy bien a este hombre, seguramente joven, el
hijo menor de su casa, que un día opta por partir, dejándolo todo: padre y
madre, hermano, familia, casa paterna, trabajo, y se va a un país lejano, es
decir, abandona la propia tierra con su cultura y costumbres, posiblemente las
seguridades de su lengua y religión, para iniciar la aventura de lo novedoso y
distinto. Pero, claro, no podía irse con las manos vacías y sin ninguna
garantía. Así que pide la parte de la herencia de su padre que le corresponde,
de la que se siente dueño, y emprende su aventura.
Desde
luego no tenemos nada en contra de la iniciativa, la aventura y el deseo de
cambio de este joven. Los jóvenes son así, forma parte de su dinamismo vital
salir por ahí a ver la vida y experimentar el mundo. Pero hay varios errores en
su decisión que queremos destacar:
1. En
primer lugar, su ruptura es radical. No le basta irse a aventurar, sino que
además implica en ello lo más preciado que tiene un ser humano, sus afectos y
sus raíces. Rompe con todo, no quiere un paréntesis, unas vacaciones. No. Él
quiere cambiar radicalmente sus valores y lazos. Ustedes saben que en el Israel
de aquellos tiempos, donde seguramente podemos ubicar esta historia, pedir la
herencia al padre era sinónimo de desearle la muerte, porque la herencia sólo
se recibía tras la muerte del padre. Esta petición denota el deseo de ruptura
total del hijo menor, comenzando por los afectos. Sobra decir lo que
significaba para un israelita, y podriamos afirmar que para cualquier hombre,
la figura del padre. El papá era el vínculo indispensable de cada hombre con la
familia, con la tierra, con el origen mismo de su ser; era en últimas la voz de
Yahvé en casa. La actitud de este muchacho, en la cultura semita que se ubica,
tiene tintes de apostasía: quien rechaza a su padre, rechaza al Dios de su
padre, que a su vez había recibido la fe de su propio padre y éste de su padre,
etc. Luego, era romper el lazo mismo de protección divina que venía de
generación en generación y abominar la alianza con Dios.
2. En
segundo lugar, dejar la propia tierra es dejar las raíces; esto para un
israelita es desconocer la salvación de Dios a su pueblo, porque la tierra es
un don de Dios. Fue Él quien saco a Israel de la esclavitud y le entregó la
Tierra de la Promesa, haciendo de este pueblo en esta tierra el objeto de su
predilección. Es un lazo inquebrantable, so pena de quedarse sin tierra, sin
promesa y sin Dios.
3. En
tercer lugar, el evangelista recuerda que el joven parte para un país lejano, es
decir, donde todo es distinto, donde no hay ley ni profetas ni templo ni sábado
para respetar. Quebranta con ello la sacralidad de su hogar, traiciona los
valores de su familia y de su comunidad. Ya sabemos todo lo que dice el Antiguo
Testamento acerca de esto. Es entregarse en poder de las fuerzas del mal, es
dejarse llevar por los dioses foráneos, dioses de perdición.
En
Israel ningún hombre normal podría llegar a tanta apostasía y seguir viviendo.
Este joven opta por la muerte y la perdición definitivas. Voluntariamente sale
del círculo amoroso de Yavhé Dios, abandona sus manos y su voz, deja su casa y
su protección, representado todo ello por la figura del padre, para entregarse
a la nada, al caos. Opta por ser un muerto viviente.
Aunque
el pasaje evangélico no lo menciona, se puede suponer con facilidad el inmenso
dolor de este padre y de su familia: este hijo le ha deseado la muerte, ha roto
su relación de obediencia con Dios y con la historia de salvación de su pueblo,
se ha entregado en manos del mal; en una palabra: ha desechado su amor. Y, sin
embargo, el padre no se opone, le deja actuar con libertad. El amor jamás es
obligación, jamás esclaviza, jamás amarra. Él sabe que le está perdiendo, que
quizá nunca le recuperará, pero le deja. La vida misma se encargará de hacerle
ver claro. ¡Ojalá no sea demasiado tarde!
Y
aquél se va y se hunde hasta el fondo en el caos que deseaba experimentar,
pierde su identidad como hijo de su padre y de su pueblo. Desaparecen su
historia personal, sus lazos familiares, su credo, su ley y opta por entregarse
a su instinto: comida, bebida, sexo, placer. Esa despersonalización le lleva a
una paulatina animalización de su ser personal. Con el dinero malgastado se le
malgasta también la vida y lo esencial de su existencia, deja de ser hijo, de
pertenecer a una familia y a una historia. Es un don nadie, se le puede
asimilar sin dificultad a un ser sin alma, a un cerdo, por ejemplo. Y es justo allí
donde le ubica ahora la parábola: en el fondo de un abismo negro y tenebroso,
asimilado al más despreciable de los animales para la cultura semita, al cerdo.
Y desea alimentarse de los desperdicios de comida de los cerdos porque no tiene
nada más. Pero ni siquiera a ese nivel llega: “nadie se los daba”.
Y
es precisamente allí, en el fondo sin fondo de la nada, en la oscuridad total
de su ser personal, donde este hombre-cerdo, en la soledad más absoluta de su
fracaso, descubre que en él hay algo más que un perdedor: “Y entrando en sí
mismo ...” se da cuenta que aún tiene un padre. El mismo que le dejó irse
libremente, quien le entrego su parte de hacienda, quien lo despidió en
silencio. Ese padre está en alguna parte recóndita de su ser y él sabe que allí
permanecerá, que es lo único firme y duradero que tiene en la vida, que ahora
que ha mandado todo por la borda, que esta desnudo como cuando nació, solamente
él podrá devolverle su identidad personal, su historia, su familia y su Dios.
Es
la luz al final del horrendo túnel, que ilumina todo el misterio de su propia
vida, que le hace ver claro la inmensidad de su fracaso, lo escandaloso de su
acción, la falsedad de su “proyecto de libertad”; es la mano tendida cuando ya
el fango de las arenas movedizas de su vida destrozada se lo tragaba. Y entoces
surge espontánea la decisión más importante de su vida: “Me levantaré, iré a mi
padre y le diré...”. Ponerse en camino, dejar atrás la nada, avanzar hacia el
calor de su hogar. Es el amor el que lo atrae, son los brazos seguros de su
padre los que le reclaman la vida y así, cada paso, cada segundo que pasa es
una historia nueva, es volver a nacer, es darse la oportunidad de vivir a pesar
de su opción de muerte.
El
camino de retorno es un largo camino, un camino lleno de temores y dudas. Al
principio, preparará un certero discurso, alegará ante su padre su
inexperiencia, su falta de visión, su estupidez, sus dudas de joven, su deseo
de aventurar y correr la vida. Pero en el fondo él sabe que todo ello es
disculpa, que son vanos los discursos, que es inútil tanta justificación. Su
decisión fue personal y libre. Bien merecida tiene la vaciedad, la humillación
y la derrota que ahora está sorbiendo como hiel. Por eso está dispuesto a
trabajar como jornalero, quiere pagar sus culpas, con tal que le dejen estar
allí para saciar su hambre, un hambre que no es sólo física, es hambre de padre
y madre, es hambre de familia, de nombre, de historia, de afecto, de pueblo, de
raza. Desea sentirse persona, no quiere ser más un cerdo, un don nadie. Le
puede más la voz que le llama desde su ser interior que los miedos y dudas que
tiene. Hay algo al final de ese túnel que le muestra seguridad, que le hace
presentir que no todo está terminado, que lo incita a la aventura de volver, a
desandar lo mal andado y a retomar su vida de hijo, sin importarle ya el qué
dirán y los reproches.
¡Qué
camino ese! ¡Cuánta profundidad y cuánta angustia, cuánto temor y cuánta
esperanza, cuánta duda! Y una sola certeza: el amor de su padre. Aunque prepare
discurso y afine razones para justificarse, el hijo pródigo sabe que su sola
justificación es el amor inmenso de su padre, que ante ese amor no caben
razones porque el corazón tiene razones que la razón no entiende.
¿Y
el padre? Él ha recorrido su propio
camino, el de la esperanza, el de seguir siendo amor y certeza, el de no
flaquear en su opción por la libertad de sus hijos. Un amor hecho espera
continua, un amor de balcones y lejanías, de amaneceres solitarios y
atardeceres prometedores, hasta poder superar la duda con la esperanza y ésta
con la certeza de una presencia: el andrajoso que se divisa lejos, descalzo y
casi desnudo, sucio y sin figura que pueda estimarse recuerda una silueta
familiar, se asemeja a la esperanza de todos los días y la visión se va
haciendo realidad, se acerca por el camino, lentamente, cansado y agobiado,
extenuado de dolor y de hambre de padre. ¡Ese pobre hombre es el hijo, el
amado, el esperado, el nunca olvidado, el objeto inmediato del amor! Y se
conmovió y dejó el balcón de todos los días, y corrió, y abrazó y besó, y besó
y abrazó.
Y
entonces el padre se vuelve seno, acogida, misericordia, padre y madre a la
vez, para presenciar el nuevo parto del muerto recién vuelto a la vida, del
perdido que ha sido hallado. Y sobran, ya se sabía, las explicaciones y
justificaciones, los discursos se vuelven lágrimas y el arrepentimiento se
convierte en alegría y fiesta y danza: ¡lo hemos recobrado, ha vuelto a la
vida! Y el hambre y la sed de todo se vuelve hartura de todo: anillo,
sandalias, vestido limpio, comida de casa, amor de familia. Ahora está aquí más
que nunca, como si nunca se hubiera ido, porque ahora forma parte de la misma
historia del padre, ya no por simple coincidencia de sangre sino por opción
libre. El amor le ha traído, le ha recobrado malherido y doliente pero entero,
más hombre que nunca, más hijo que antes, más libre que en el país lejano. ¡Qué
misterios los del amor de padre: del abismo del sinsentido, del fango
maloliente de los cerdos, al regocijo inacabable del hogar, al calor eterno del
regazo del padre-madre, sin juicios, sin cuentas pendientes, sin discursos, sin
amenazas ni castigos!
¡Cuánta
misericordia cabe en un corazón de padre! ¡Cómo se refleja en él el amor
infinito de Dios hacia sus hijos! ¡Cuánta bondad, olvido de sí, perdón de las
ofensas recibidas, compasión, afecto entrañable y ternura hacen falta para que
un corazón pueda ser llamado “corazón de padre”! Ese abrazo del padre feliz a
su hijo maltrecho que regresa al hogar es la expresión más sublime del amor y
representa todos los abrazos y ternuras que un ser humano puede recibir de su
Padre.
Deciamos
que partir es una opción de cambio. Y entonces regresar, ¿qué es? Es cambiar
definitivamente, es optar por la libertad de reconocer los propios errores.
Quien parte tiene una visión parcial de su camino, quien regresa lo ha visto ya
desde los dos ángulos. Quien regresa hace síntesis, evalúa su andadura,
recompone sus pasos. Sabe lo que hay de ida y de venida. Puede comparar lo que
deja con lo que encuentra: “¿Para dónde vas peregrino, que dejas tu casa?”.
“Voy a casa, necesito irme para sentir que me hace falta”.
Nosotros
vivimos partiendo y regresando. Este ritmo se ha hecho habitual en nuestras
vidas. Pero siempre parecen partidas parciales, efimeras, momentáneas. Y
también los regresos son así, porque cuando nos vamos estamos ya pensando en
volver; y al regresar quisiéramos volver a marchar. Así se fue madurando la
decisión del joven pródigo: fue la sumatoria de todos los pequeños irse y
regresar, que lo iban preparando a la ruptura total. Hasta que no pudo más. Ahora
su partida era definitiva, él no tenía ninguna intención de volver, “lo reunió
todo y se marchó a un país lejano”, fue ruptura radical, desde el fondo de su
ser. Era el resultado de sus descontentos, de las incomprensiones, de sentirse
marginado y sin futuro, de la cara larga de su hermano, del poco dinero en sus
bolsillos para farras y jaleos. En su obsesión de libertad, no se sentía amado
y por buscar el amor, abandono al Amor. No logró entender que desde su misma
vida podía enrumbarse de una manera diversa, que en cambio si se desprendía de
esa manera tan drástica, se estaba cortando al mismo tiempo la fuente de su
aire y de su vida. No logró comprender que no era posible vivir lejos del amor,
que los “amores pasajeros” y los placeres que le podía brindar su dinero, eran
eso, momentos, ilusiones, fantasía, fuegos artificales de una noche, que como
venían se irían cuando la bolsa se agotara.
Pero
los seres humanos somos así: Me empeño en agradar, en tener éxito, en ser
reconocido. Cuando fracaso, siento celos y resentimiento hacia los demás. Me
vuelvo suspicaz, me pongo a la defensiva y siento pánico al pensar que no
conseguiré lo que quiero o que puedo perder lo que tengo. Atrapado en esta
jungla de deseos y necesidades no satisfechas, me aislo y fabrico en mi mente
todo un mundo paralelo en el que yo seré el rey y todos se sujetarán a mi
voluntad. Allí nace el deseo de independencia y de ruptura: quiero acabar con
todo lo que signifique superioridad de otros hacia mí: Dios, padres y jefes y
toda clase de autoridad, incluso moral, que me pueda “oprimir mi
autodeterminación y libertad”. Por eso opto por irme y dejar atrás todo lo que
hasta ahora era mi mundo. Es un quebrantamiento definitivo con esa realidad.
Así en cuanto más me alejo de casa menos siento la voz que me invita a volver.
Pero
por ello mismo, cuando el hijo menor, desde el fondo mismo de su ser, escucha
tenuemente esa voz en su soledad y angustia, en la caótica situación de su
vida, no puede menos que asirse a ella para intentar recuperar todo lo perdido.
Esa voz interior es todo lo que le queda de humanidad. Y así como fue
definitiva su partida, su decisión de regresar también es definitiva. La enorme
distancia de su padre lo acercó al amor. Bajando hasta el fondo del abismo,
viviendo su abyección de hombre, comprendió dónde estaba la libertad, el
verdedero placer, el gozo interior, se descubrió persona y, por tanto, más allá
de incomprensiones y descontentos, se sintió necesitado de lo suyo, de su
entorno humano e histórico. Quiso regresar para no volverse a ir. Su
discernimiento se basó en el dolor, en la experiencia sofocante de la soledad y
el abandono. Y allí, en su soledad, consigo mismo, distinguió el rostro amoroso
de su padre y decidió abandonarse al amor, sin coacciones ni dudas, en plena
libertad, comparando la nada de su ser con el todo inconmesurable del amor.
¿Por qué renunciar al amor, cuando se me da gratuito, genuino, íntegro, cuando
me plenifica y madura, cuando me hace descubrir al hombre e hijo que soy?
Su
hermano mayor no hizo fiesta, no se unió a su padre en el jolgorio, no sollozó
de alegría, no se conmovió cuando vió lo que quedaba de su hermano. Él también
se había ido, hacía tiempo, quizá antes que el hijo menor. Se había ido sin
maletas, sin partir de casa. Se había ido desde dentro, se había apartado del
amor del padre y del hermano, ocupado como vivía en mil tareas, cuidando las
cercas de su casa, enfracasdo en el descontento de vivir. Por eso el regreso
del hermano le sorprende negativamente y con desprecio busca justificaciones a
su desamor. El otro era el malo, el merecedor de castigo; él era bueno, siempre
había estado aquí. Sí, con resentimiento, alejándose cada vez más del seno del
padre, construyéndose su propio país lejano, con un corazón fariseo que le había
secado el amor. Sigue la lógica del premio-castigo, desconoce la gratuidad, la
bondad que nace de la ausencia, del perdón permanente y sin condiciones. Es
demasido perfecto para comprender el arrepentimiemto de los imperfectos. Está
demasiado ocupado en calcular lo que él se merece por su fidelidad como para
imaginar que el amor no tiene precio, que cancela todas las deudas y que la
fiesta es la consecuencia lógica del perdón y del abrazo.
¡Qué
difícil es entender al otro en su limitaciones y errores cuando nos creemos
perfectos, cuando consideramos que el amor es parte de la paga, que no cabe el
perdón para quien se equivoca de raiz, que somos mejores porque cumplimos las
reglas establecidas, que el camino de la vida es una ida permanente sin
retorno!
Los
brazos amorosos del Padre-Madre de Jesús, en cambio, nos hablan de perdón sin
límites, de bondad permanente, de una misericordia tan grande que no alcanzamos
a comprenderla. Que en la aventura de la vida, nuestra tenue existencia busque
esos brazos por las mil encrucijadas y caminos que tenemos delante a nuestros
ojos. La luz, al final del túnel, nos guiará hasta ellos.

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