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viernes, 1 de septiembre de 2017

¿QUE PUEDE DAR EL HOMBRE A CAMBIO DE SU VIDA?

El dicho está recogido en todos los evangelios y se repite hasta seis veces: «El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la encontrará». Jesús no está hablando de un tema religioso. Está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida.
El dicho está expresado de manera paradójica y provocativa. Hay dos maneras muy diferentes de orientar la vida: una conduce a la salvación; la otra, a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pues conduce al ser humano a la salvación definitiva.
El primer camino consiste en aferrarse a la vida viviendo exclusivamente para uno mismo: hacer del propio «yo» la razón última y el objetivo supremo de la existencia. Este modo de vivir, buscando siempre la propia ganancia o ventaja, conduce al ser humano a la perdición.
El segundo camino consiste en saber perder viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto humanizador del Padre: saber renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien, sino también el de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.
Jesús está hablando desde su fe en un Dios salvador, pero sus palabras son una grave advertencia para todos. ¿Qué futuro le espera a una humanidad dividida y fragmentada donde los poderes económicos buscan su propio beneficio; los países su propio bienestar; los individuos su propio interés?
La lógica que dirige en estos momentos la marcha del mundo es irracional. Los pueblos y los individuos estamos cayendo poco a poco en la esclavitud del «tener siempre más». Todo es poco para sentirnos satisfechos. Para vivir bien necesitamos siempre más productividad, más consumo, más bienestar material, más poder sobre los demás.
Buscamos insaciablemente bienestar, pero, ¿no nos estamos deshumanizando siempre un poco más? Queremos «progresar» cada vez más, pero, ¿qué progreso es este que nos lleva a abandonar a millones de seres humanos en la miseria, el hambre y la desnutrición? ¿Cuántos años podremos disfrutar de nuestro bienestar cerrando nuestras fronteras a los hambrientos y a quienes buscan entre nosotros refugio de tantas guerras?
Si los países privilegiados solo buscamos «salvar» nuestro nivel de bienestar, si no queremos perder nuestro potencial económico, jamás daremos pasos hacia una solidaridad a nivel mundial. Pero no nos engañemos. El mundo será cada vez más inseguro y más inhabitable para todos, también para nosotros. Para salvar la vida humana en el mundo hemos de aprender a perder.

lunes, 10 de abril de 2017

Reflexión teológica sobre la pasión y muerte de Jesús: ¿qué sentido tiene?

La clave para comprenderla no está en la muerte, sino en el modo filial y fraterno como Él vivió su vida y las consecuencias que esto le trajo

Justificar la muerte de un inocente, como la de Jesús y, más aún, decir que era voluntad divina, sería hacer del mal un modo humano de actuar justificable por parte de Dios y los hombres. De ahí que sea tan relevante comprender el hecho histórico y el sentido teológico de la muerte y pasión de Jesús, no como un simple relato que se escucha en Cuaresma, sino como un acontecimiento que revela una realidad trágica y que nos debe poner a pensar hasta dónde somos capaces de llegar si nos dejamos convertir en verdugos, seducidos por el poder y el dinero.

El modo como asesinaron a Jesús, en una cruz, representa un gran escándalo para cualquier ser humano más allá de sus creencias. El madero era símbolo de la negatividad humana, el peor de los males deseados; también simbolizaba el rechazo divino, porque quien así moría era considerado un maldito de Dios (Dt 21,23).

¿Se podía, entonces, decir que el Padre bueno en quien Jesús creía había permitido una muerte así?
 
La muerte de Jesús no fue casual, ni fruto del azar o de la voluntad divina. Fue meditada, decidida y ejecutada por personas concretas (Jn 11,47.53), por hermanos de un mismo pueblo (Jn 7,1) que regían los destinos de una nación.
 
Fue justificada por representantes de instituciones religiosas y políticas oficiales (Jn 11,49-50) que veían en él a un peligro porque manifestaba una nueva forma de vivir —humanizadora—, cuya pretensión era reconciliar al pueblo disperso (Jn 11, 52) y proclamar una relación personal con Dios basada en un pacto inédito, sin la mediación sacerdotal ni la economía sacrificial del Templo (Jr 31,31-34).

Su vida hacía temer a quienes no querían perder el poder otorgado por los romanos, de cuyo estatus social y beneficio económico vivían (Jn 11,48-50).

Aunque la conflictividad fue creciendo de cara a las autoridades religiosas que lo entregaron (Jn 11,53), fue el poder político romano el que volteó la mirada ante un inocente y dictó la sentencia para que lo torturaran y asesinaran (Mt 27,24).

Las autoridades religiosas no tenían el derecho de ius gladii. Por eso armaron un expediente para justificar formalmente su muerte. Lo acusaron de ser un falso profeta (Dt 13,5). Así ganaban dos cosas: sumar a otros grupos religiosos que detestaban a Jesús, y darle una razón formal al poder imperial para que lo condenara y procesara como reo político (Mc 15,26). Todos podían seguir disfrutando sus cuotas de poder (Jn 11,50).

La muerte de Jesús, como la de cualquier inocente, nunca ha sido querida por Dios. Justificarla es sacralizar la acción del victimario y hacer que la desgracia que se inflige a otro sea aceptada como un sacrificiodivino, y es además negar las consecuencias de la responsabilidad de los sujetos concretos que torturan y asesinan, cuyas acciones los deshumanizan hasta el punto de convertirlos en verdugos y victimarios de otros.

Decir que Jesús murió por voluntad divina como víctima sacrificial es, pues, hacer de Dios un cómplice del mal ejecutado por los hombres (Sal 35), o un sádico que justifica el sufrimiento del inocente.

Jesús siempre tuvo la conciencia de que Dios estaba de su lado, acompañándolo en sus decisiones (Mc 12,6), pero actuaba con el realismo de quien sabe que su predicación del Reino y las duras críticas en contra del sistema religioso (Mt 23,1-36) y del político (Lc 13,31-32) le traerían como resultado su propia muerte (Lc 13,34).

Tengamos en cuenta, pues, que fue su vida vivida como entrega en el servicio y el amor al otro, la razón por la cual murió; y no olvidemos que el espíritu fraterno con el que vivió fungió como la razón por la cual lo mataron personas e instituciones concretas.

La humanidad de uno como Jesús es insoportable y se convierte en estorbo para las conciencias de aquellos que sólo viven del poder, el dinero y la muerte.

La clave para comprender el sentido de la pasión de Jesús no está en la muerte, como si esta tuviera un efecto salvífico en sí misma, sino en el modo filial y fraterno como él vivió su vida, y las consecuencias que esto le trajo (Neh 9,26).

La muerte de Jesús no tiene sentido, como no lo tienen la de tantas personas que mueren cada día a causa del hambre, la criminalidad, la violencia política que arrebata la vida. Sería inhumano justificarlas.

Lo que sí tiene sentido, y es salvífico —humanizador— es el modo en que Jesús asumió su muerte, y cómo se identificó a lo largo de su vida con los que sufren y así mueren, sin miedo alguno para denunciar que el Dios del Reino, a quien él le oró, no quería que esto ocurriese más en nuestro mundo, y rechazando a quien así actuase.

Jesús había vivido el amor en sus muchas formas: como perdón, liberación, sanación, reconciliación. Pero, especialmente, lo vivió de manera solidaria en su entrega a las víctimas, los rechazados por la sociedad y los enfermos (Mt 8,17). Y entendió que Dios solo actuaba con compasión y se oponía a los sacrificios (Mt 9,13; Sal 50).

La memoria de los primeros seguidores cristianos recordó tres aspectos: a) el modo como había vivido Jesús: su pretensión histórica o conciencia mesiánica no violenta ni revolucionaria (GS 22); b) la singularidad de su praxis: con hechos y palabras que humanizaron y dieron vida a quien la necesitaba (DV 2); c) la libre asunción de su destino: como fidelidad absoluta al Dios del Reino (GS 22; 38) en un amor incondicional a los otros.

Su vida es, pues, salvífica porque vivió para todos y por cada uno, entregándose cada día, más allá del agotamiento físico y mental, para que todos se uniesen en torno a la paternidad materna de ese Dios compasivo en quien siempre creyó.

Como lo explica Schürmann: «la voluntad de servicio de Jesús, su exigencia de amor, de manera especial su mandato de amar a los enemigos, y su amor a los pecadores, todo ello unido a su oferta de salvación llevada hasta la última hora, hacen sostener que Jesús entendió y vivió su propia muerte amando, intercediendo, bendiciendo y plenamente seguro de la salvación».

Él «se ha entregado a sí mismo» (Gal 2,20), voluntariamente; no ha sido entregado por su Padre como una víctima expiatoria que sustituye lo que nosotros mismos debemos hacer. Además, tampoco cedió ante el poder de sus victimarios y verdugos.


Su muerte luego fue interpretada desde varios modelos. Uno fue el del siervo: sirviendo y dando su vida al necesitado, entregándose con actos de solidaridad fraterna que se fueron consumando día a día hasta su muerte.

Como siervo reveló un mensaje de esperanza que sigue siendo actual. Por una parte, ¿hasta dónde es capaz de llegar el hombre cuando asume la bondad de su propia naturaleza?: hasta poder superar el mal causado por el victimario.

Por otra, el mal no es una realidad absoluta que pueda triunfar, puede acabar con la vida mental o física de muchas personas y deshumanizar a las instituciones, pero quien se atreve a vivir humanamente, sin dejar deshumanizarse, puede frenar el mal al no reproducirlo ni retribuirlo.

En Jesús se revela esta esperanza, la de un modo de ser humano nuevo, uno que carga con el otro (Mt 8,17; 11,28-30) y atrae a todos (Jn 12,32), uno que nunca se descarga sobre el otro ni lo aleja de sí. Uno que mantiene la dignidad de su vida como hijo en el peso de la fraternidad.



Dr. Rafael Luciani
Teólogo

domingo, 4 de septiembre de 2016

EL QUE NO RENUNCIE A TODO LO QUE TIENE NO PUEDE SER MI DISCIPULO Lc. 14,25-35


Jesús hace una llamada radical por él a cargar con la cruz y renunciar a todo, de otro modo no se puede ser discípulo.
Dejar a padre, madre, hermanos… Cuando Jesús invita hacer una opción radical por encima de la familia está indicando que los valores del Reino están por encima de todo vínculo de sangre o apellido. La opción por Jesús es el único absoluto del discípulo: ni padre, madre, ni hermanos y hermanas, ni la propia vida es lo fundamental. Vamos explicar un poco esta radicalidad porque puede ser interpretada de una manera fanática en la pierde fuerza el evangelio y reducido a un mero interés personal.
Cuando el discípulo o el cristiano ve su vida a la luz de los valores del Reino de Dios que son vida en Jesús, las otra realidades adquieren su verdadera dimensión y entiende su origen y como tienen que ser vividas; es decir la paternidad, la maternidad nacen en Dios porque Dios es padre y madre; la hermandad y amistad son de Dios porque Dios es hermano y amigo, la vida no es sostenimiento propio ya que viene de Dios, es mejor tomar de la fuente que buscar el agua de la vida río abajo.
Cargar la cruz. Cuando se olvida es un sacrificio la vida misma se diluye y pierde su fuerza, quien no esté dispuesto aceptar el fracaso a los ojos de los hombres y enfrentar los conflictos no puede asumir el camino de Jesús que es una puerta angosta. Tarde o temprano a todos no toca sufrir sea una enfermedad, un accidente, la muerte de un ser querido… ¿Qué hacer? La actitud del creyente es diferente, sin buscar dar explicaciones artificiosas pensando que es una prueba, un castigo, una purificación que Dios envía. Dios no es sádico que se alegra al vernos sufrir. El sufrimiento es malo por eso debemos de combatirlo convirtiéndolo  en la experiencia más realista y honda para vivir la confianza en Dios padre, en el hijo y con el Espíritu Santa. Llevar la cruz de manera trinitaria, es abrirse a la confianza de un padre que ama, del hijo que nos redime y del Espíritu que nos fortalece en el momento de cargar la cruz.
Renunciar a sí mismo. El seguimiento a Jesús como cristianos no puede depender de un impulso fácil, de un entusiasmo superficial  o de una corazonada. En la vida tenemos que saber presupuestar con que contamos para construir y evaluar que se tiene para combatir; para construir una nueva vida hemos de reflexionar sobre las decisiones  que hay que tomar en cada momento.
Jesús invita pero no obliga, solo ofrece.

jueves, 17 de marzo de 2016

Apasionados y Pasión por Cristo y el Reino de Dios en el Mundo de Hoy

PRIMERA PARTE
Con motivo de la SEMANA SANTA 2016, quiero compartir con Ustedes varias reflexiones desde diversos tópicos del Misterio Pascual. Hoy será desde la pasión de Cristo y nuestra pasión en la vida.

Apasionados y pasión. Debemos tener una distinción clara entre apasionados y pasión. El alfa privativo (A)  puede que se relacione más con elementos endótimicos e ideológicos que no ayudan ir mas allá de la mera realidad que se vive, sin pensar en el futuro. El que tiene pasión esta enfocado en el más en el futuro que esta porvenir que en el presente que esta solo por resolverse.

Tener pasión es la clave por el Reino de Dios y la autentica realidad del discípulo que esta dispuesto a seguir a Jesús hasta sus últimas consecuencias.

1.- Humanamente Hablando (¿qué es humanidad y humano en el ser hombre y mujer?)
  1. Amor y dolor, sufrimiento y gozo, acción y pasión, son en realidad términos correlativos; es decir, quien ama sufre, quien sufre de verdad por alguien o por algo es porque ama; quien obra y actúa, entra en una experiencia de pasión, quien padece experimenta los efectos de la acción propia o de los demás sobre él. Nadie que no haya sufrido puede aspirar ni llegar a saber lo que es la verdadera felicidad.
  2. La pasión se manifiesta en el sufrimiento y es una realidad indiscutible, ya que el hombre ha sufrido siempre -en toda su historia-, ha sufrido todo él (física, espiritual y socialmente), ha sufrido y sufre en todas partes. "Nacer es comenzar a morir" (T, Gautier), y esta muerte es sin duda un camino de sufrimiento. "Las almas que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir" (L. Rosales).
  3. La pasión del hombre puede tener muchos rostros y muchas formas de experiencia y expresión: unas veces puede tener la forma de un sufrimiento necesario, connatural en el proceso de la vida en la naturaleza; otras será la experiencia del sufrimiento absurdo e incomprensible desde cualquier razonamiento humano; otras será el sufrimiento injusto, que es causado por cualquier forma de injusticia y opresión sobre el hombre; otras podrá ser el sufrimiento que brota de la lucha por la justicia... Pero siempre, tendrá forma de cruz.
  4. No sólo ama y sufre el hombre, sino que también y, sobre todo, ama y sufre Dios: "Dios es amor" (1a Jn 4,8), pero Dios es también "dolor" y "sufrimiento" (Cf. K. Kitamori, Teología del dolor de Dios); "Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo" (Jn. 3,16). Si Dios no pudiese sufrir, tampoco podría amar.
  5. En el AT se refleja la historia de un pueblo pequeño y humilde, que conoce la amargura de la esclavitud, la dureza del peregrinar por el desierto, los amargos sufrimientos del destierro, las persecuciones permanentes, la lucha por la supervivencia. Dios responde con pasión "Tengo ante mi vista la aflicción de mi pueblo; conozco sus sufrimientos... el clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí" (Ex 3,7-9). Dios que sufre con el hombre y con el pueblo "no olvida jamás al pobre, ni hará que perezca la esperanza de los humildes"(Sal 9); "por la opresión del humilde, por el gemido del pobre, yo  me levantaré"(Sal 11)
  6. La Pasión de Dios y la pasión del hombre del Nuevo Testamento. En su predicación Cristo vincula el amor a Dios al amor al hombre, y la acción frente al hombre a la acción respecto a Dios: "De estos dos mandamientos dependen la ley y los profetas"(Mt 22,40); "quien a vosotros recibe, a mí me recibe" (Mt 10,40).
  7. Jesús resucitado se  aparece en la forma de jardinero, de peregrino, de pescador, como para darnos a entender que El está de miles de formas presente y vivo entre nosotros, y sólo debemos tener ojos de fe para descubrirlo y encontrarnos con El: "Saulo ¿porqué me persigues? ¿Quién eres Señor? Yo soy Jesús a quien tu persigues"(Hech. 9,4-5). 
Pasión de Cristo y por el Reino de Dios en la tradición.

  1. En la época de los Mártires de los primeros siglos, existió en la Iglesia una conciencia muy viva de la identificación del cristiano con Cristo a través de la práctica del seguimiento tras las huellas de Cristo Crucificado. Ignacio de Antioquía entiende que comienza a ser verdadero discípulo, cuando es conducido al martirio: "Vengan sobre mí el fuego, la cruz, manadas de fieras, desgarramientos, amputaciones, descoyuntamientos de huesos, seccionamiento de miembros, trituración de todo mi cuerpo, todos los crueles tormentos del demonio, con tal de que esto me sirva para alcanzar a Cristo" Carta a los romanos "Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos" (Ibd.).). El, como tantos otros cristianos, acepta los tormentos del martirio y siente la vaciedad de los placeres terrenos porque sabe que ante todo el cristiano debe entender su vida unida a Cristo en la cruz.
  1. En la época patrística se insiste mucho en la idea del "Christus totus” (Cristo Total)  S. Juan Crisóstomo "¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies pues cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí en el templo con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez" (Homilía 50). 
  1. El Vaticano II recuerda a la Iglesia que debe estar siempre identificada con Cristo pobre y sufriente para poder ser verdadera  discípula y testigo en el mundo: "Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia, está destinada a recorrer el mismo camino. Cristo Jesús se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo y por nosotros se hizo pobre... así también la Iglesia no fué instituida para buscar la gloria terrena, sino para proclamar la humildad y la abnegación. Cristo fue enviado a evangelizar a los pobres así también la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su fundador pobre y paciente. En definitiva, "la Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz del Señor hasta que venga" (LG,8).
  1. En la carta apostólica de Juan Pablo II "Salvifici Doloris" (1984 nº 19). Aquí aparece sobre todo la idea de que en Cristo el sufrimiento es vencido por el amor y  por amor; desde la experiencia de Cristo podrá también el hombre asumir y superar su propio sufrimiento.
  1. En el nuevo Catecismo también encontramos que la fe cristiana supone una participación en todo el misterio de Cristo: "La fe supone participar en el sufrimiento del Hijo y en la noche de su sepulcro" (Nº 165), puesto que "desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida... les dió parte en su misión, en su alegría y en sus sufrimientos... "Nadie escapa a la experiencia del sufrimiento, de los males en la naturaleza y, sobre todo a la cuestión del mal moral... Pero debemos examinar la cuestión del origen del mal fijando la mirada de nuestra fe en el que es su único vencedor" (Nº 385).
Tener pasión es ser testigos de la fidelidad a nuestra historia. Esta creo que debería ser una primera y necesaria exigencia para reencontrarnos con nosotros mismos. La fidelidad no significa atadura a la letra o a las formas con las que vivieron nuestros mayores, ni una repetición mimética de lo que ellos vivieron e hicieron en la Iglesia y en la sociedad; significa  más bien mantener y conservar la esencia o el espíritu del don recibido.  Fidelidad al hombre y a la mujer de hoy porque el mensaje de salvación es siempre algo presente y actual para el hombre; Dios no sólo salvó ayer y salvará mañana al hombre, sino que es presencia permanente de salvación para el hombre; desde Jesús de Nazareth el tiempo y la historia se convierte en un permanente "HOY" de salvación, en un "kairós" interminable para los hombres de todos los tiempos: "hoy es el tiempo de gracia, hoy es el día de la salvación" (2Cor 6,2); "hoy ha llegado la salvación a esta casa" (Lc 19,9); "hoy os ha nacido en la ciudad de David, un Salvador" (Lc 2,11); Dios ofrece pues su salvación y su gracia a cada hombre en su presente histórico.

 Jesús y su espíritu de vida y salvación no pueden quedar reducidos a los límites del tiempo histórico en que El vivió en Palestina, sino que es  una presencia real y actuante siempre para la Iglesia y la humanidad: "yo estaré con vosotros siempre hasta el fin de los siglos" (Mt 28,20); El Señor y su Espíritu no son pues algo exclusivo del pasado histórico, sino presencias vivas abiertas a todos los tiempos y a todos los hombres. 

El Evangelio y la Palabra de Dios son algo siempre vivo para el hombre en sus más diversas circunstancias y situaciones; el Evangelio y la Palabra divina son BUENA NOTICIA para el hombre de hoy y de siempre, y la Palabra de la Cruz contiene una sabiduría que nunca pasa ni envejece.

Para ser fieles al hombre de hoy debemos ser hombres  y mujeres de nuestro tiempo pero con pasión, sentirnos solidarios con las aspiraciones, esperanzas y sufrimientos de los hombres y mujeres de nuestro entorno, sentirnos implicados y complicados en la problemática, los logros, los fracasos  y frustraciones de nuestros hermanos y hermanas.


domingo, 23 de junio de 2013

EL QUE PIERDA SU VIDA LA SALVARA


TEXTO: Lc. 9,18-27

Para el evangelista Lucas, cuando Jesús se retira a solas a orar nos indica  que se encuentra ante una situación importante y muy significativa en la vida de Jesús por ejemplo en el momento de la elección de los doce, la transfiguración en la montaña, en Getsemaní, etc.

Al momento que se hacen las dos pregunta, el pueblo se encuentra entusiasmo y expectante, se dan múltiples opiniones sobre la figura del Mesías, pero las expectativas de la gente  y de los discípulos no coinciden con la conciencia que tiene Jesús de sí mismo y de su misión, la forma de pensar de la gente y de los discípulos son totalmente opuestas.

Las pregunta surgen como iniciativa de Jesús. La respuesta que dan los discípulos por parte de la gente, apuntan a figuras de peso histórico pero hay una variante que son vidas y personas que son del pasado. Jesús no se le puede comparar con personas cuyas vidas -aunque anhelaban una transformación- están en sintonía con intereses totalmente opuesto al centro de la predicación de Jesús que es el Reino de Dios. Jesús tiene una experiencia propia que es la cercanía con el Padre, tanto así que llega a afirmar que quien quiera conocer, escuchar, acercase al Padre... debe hacerlo a través del Hijo.

La pregunta que Jesús hace desde la gente, ahora es desde sus propios discípulos. Antes de ver la respuesta dejemos en claro que ambas pregunta buscan es sondear la experiencia de Dios en la vida del pueblo y de sus discípulos, ya Jesús tienen tiempo con ellos y han pasado varios años juntos con el pueblo y, han sido muy numerosas las señales que el maestro ha realizado, señales que son presencia del Reino de Dios y que por lo menos son un atisbo quien es Jesús. Ahora bien la respuesta de Pedro – Tu eres el Mesías- tiene el telón de fondo de las concepciones nacionalistas, guerras, políticas y triunfalismos que se tienen del Mesías y nada de lo dicho anteriormente no coincide  con lo que Jesús siente y quiere llevar adelante.

Ante la respuesta de Pedro, se pide guardar silencio, el ambiente esta bastante tenso y gran expectación porque entre la gente se dan diversas opiniones quien es Jesús.

Momentos después que se da la proclamación de Pedro, Jesús presenta el anuncio de pasión con la finalidad de corregir las ideas Mesiánicas que los discípulos y el mismo pueblo tienen, y así se le otorga un nuevo sentido a la liberación de Dios. El modelo de Mesías que Jesús presenta, pasa por el fracaso antes de llegar el triunfo (cf. V22 del texto). El fracaso libremente aceptado es el único camino que puede ayudar a los discípulos y a nosotros como cristianos cambiar de actitud ante ciertas ideas absolutas que se presentan como valores  y que amoldan la vida para evitar cambios y el conflicto. Huir y amoldarse es dejarse aplastar por la cruz, muy distinto de tomar la cruz y dar la vida. Jesús les revela como tienen que vivir sin quieren sentir la liberación de Dios (Cf Vv 23-25 del texto).

El camino de Jesús es totalmente liberador. Es la vida lo que interesa, por tanto como creyente y discípulos de él hemos de responder con honradez  a la pregunta de Jesús “Y tú ¿quién dices que soy yo?” pero también reconocer que en nuestras vida hay otros intereses que nos alejan de amar la vida para dar la vida. 

viernes, 3 de septiembre de 2010

Quien no se separe de todos sus bienes no puede ser discípulo mío

Autor: Lourdes C. Ramirez - Equipo Biblíco.

TEXTO.
Lc 14,25-33
25. Gentes numerosas marchaban con él. Dirigiéndose entonces les dijo: 26.Si alguien viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y por añadidura a su propia persona no puede ser mi discípulo. 27. Todo el que no lleva su propia cruz, y no viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío. 28. Porque ¿Quién de vosotros, queriendo construir una torre, sentándose primero, no calcula el gasto para saber si hay con que llevar a cabo su empresa? 29. No sea que, habiendo puesto los fundamentos, no tenga medios de acabar la obra, y todos los que lo observan comienzan a burlarse de él, 30 diciendo: “Ese es el hombre que comenzó a construir y que no tuvo los medios para acabar la obra”. 31. ¿O que rey, marchando contra otro rey para emprender la guerra con él, sentándose primero, no deliberará para saber, si es capaz con diez mil hombres ir al encuentro de aquel que avanza contra mi con veinte mil hombres?. 32. Si no, mientras esta todavía a distancia, le envía una embajada y le pide las condiciones de paz. 33. Así pues, cada uno de vosotros que no se separe de todos sus bienes no puede ser discípulo mío.


REFLEXION

Lucas traza la imagen de Jesús como la de un hombre de Dios, sabio, profeta, lo menciona siempre en una actividad itinerante, viene de una marcha común o de un banquete y siempre en su andar mantiene sus enseñanzas, las cuales las menciona unas veces chocante otras veces intrigantes, de amor o de odio. En su llamada del “sígueme” no tiene vacilaciones, compromete a sus oyentes a tomarse el tiempo necesario para reflexionar.

El texto se divide en seis partes, que pone en evidencia tres enseñanzas enmarcada en una evocación de una situación y por ultimo una exhortación que no se menciona en este evangelio. Se observa aquí la huella lucana, la marcha de la gente, la actitud de Jesús, recuerda el viaje a Jerusalén. En que no solo es necesario venir a mí sino que también es necesario marchar conmigo y rompe con el pasado, no es posible tener el corazón dividido, estar detrás y delante a la vez. No se puede servir a dos amos a la vez, por lo que el discípulo tiene que saber escoger o saber elegir y para saber elegir hay que saber renunciar y sobre todo saber separarse.

Así como las sentencias sobre el odio y la cruz, están construida sobre la subordinada hipotética de que no pueden ser discípulos míos, sugieren una preocupación progresiva que a pesar de ser distintos, en el v. 33 los agrupa y acaban de la misma manera.

El verbo “odiar” choca y desconcierta en el texto, pero refleja un término semítico y las lenguas semíticas se expresan en contraste con lo que nuestras lenguas dicen en sentido comparativo de preferencias, además en el termino en griego significa (afeken) “dejar”. Por lo tanto Jesús no propone condenar o abandonar a la familia, para favorecer el desarrollo personal. El evangelio no habla de “hacerse discípulo” ya que el termino sugeriría que eso depende de nosotros, el termino es “ser discípulo” lo que quiere decir ser aceptado por el Maestro. Para lo cual hay que estar aquí y no en otro sitio, atento y no distraído, dispuesto a aprender no solo la sabiduría humana sino la divina. Para que la adhesión y su comunión sean verdaderas y duraderas, hay que añadir como complemento ineludible la separación de lo que mas llevamos en el corazón, por lo tanto aquí el odio no es un sentimiento sino un acto. Así que cuando se haya realizado la ruptura se permitirá el amor incondicional al prójimo, ya que entre los parientes de Cristo y criaturas de Dios no existen los sistemas cerrados, de familias.

EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra