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miércoles, 30 de enero de 2019

REFLEXIÓN TEOLÓGICA SOBRE LA PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS: ¿QUÉ SENTIDO TIENE?


Justificar la muerte de un inocente, como la de Jesús y, más aún, decir que era voluntad divina, sería hacer del mal un modo humano de actuar justificable por parte de Dios y los hombres. De ahí que sea tan relevante comprender el hecho histórico y el sentido teológico de la muerte y pasión de Jesús, no como un simple relato que se escucha en Cuaresma, sino como un acontecimiento que revela una realidad trágica y que nos debe poner a pensar hasta dónde somos capaces de llegar si nos dejamos convertir en verdugos, seducidos por el poder y el dinero.
El modo como asesinaron a Jesús, en una cruz, representa un gran escándalo para cualquier ser humano más allá de sus creencias. El madero era símbolo de la negatividad humana, el peor de los males deseados; también simbolizaba el rechazo divino, porque quien así moría era considerado un maldito de Dios (Dt 21,23).
¿Se podía, entonces, decir que el Padre bueno en quien Jesús creía había permitido una muerte así?
La muerte de Jesús no fue casual, ni fruto del azar o de la voluntad divina. Fue meditada, decidida y ejecutada por personas concretas (Jn 11,47.53), por hermanos de un mismo pueblo (Jn 7,1) que regían los destinos de una nación.
Fue justificada por representantes de instituciones religiosas y políticas oficiales (Jn 11,49-50) que veían en él a un peligro porque manifestaba una nueva forma de vivir —humanizadora—, cuya pretensión era reconciliar al pueblo disperso (Jn 11, 52) y proclamar una relación personal con Dios basada en un pacto inédito, sin la mediación sacerdotal ni la economía sacrificial del Templo (Jr 31,31-34).
Su vida hacía temer a quienes no querían perder el poder otorgado por los romanos, de cuyo estatus social y beneficio económico vivían (Jn 11,48-50).
Aunque la conflictividad fue creciendo de cara a las autoridades religiosas que lo entregaron (Jn 11,53), fue el poder político romano el que volteó la mirada ante un inocente y dictó la sentencia para que lo torturaran y asesinaran (Mt 27,24).
Las autoridades religiosas no tenían el derecho de ius gladii. Por eso armaron un expediente para justificar formalmente su muerte. Lo acusaron de ser un falso profeta (Dt 13,5). Así ganaban dos cosas: sumar a otros grupos religiosos que detestaban a Jesús, y darle una razón formal al poder imperial para que lo condenara y procesara como reo político (Mc 15,26). Todos podían seguir disfrutando sus cuotas de poder (Jn 11,50).
La muerte de Jesús, como la de cualquier inocente, nunca ha sido querida por Dios. Justificarla es sacralizar la acción del victimario y hacer que la desgracia que se inflige a otro sea aceptada como un sacrificio divino, y es además negar las consecuencias de la responsabilidad de los sujetos concretos que torturan y asesinan, cuyas acciones los deshumanizan hasta el punto de convertirlos en verdugos y victimarios de otros.
Decir que Jesús murió por voluntad divina como víctima sacrificial es, pues, hacer de Dios un cómplice del mal ejecutado por los hombres (Sal 35), o un sádico que justifica el sufrimiento del inocente.
Jesús siempre tuvo la conciencia de que Dios estaba de su lado, acompañándolo en sus decisiones (Mc 12,6), pero actuaba con el realismo de quien sabe que su predicación del Reino y las duras críticas en contra del sistema religioso (Mt 23,1-36) y del político (Lc 13,31-32) le traerían como resultado su propia muerte (Lc 13,34).
Tengamos en cuenta, pues, que fue su vida vivida como entrega en el servicio y el amor al otro, la razón por la cual murió; y no olvidemos que el espíritu fraterno con el que vivió fungió como la razón por la cual lo mataron personas e instituciones concretas.
La humanidad de uno como Jesús es insoportable y se convierte en estorbo para las conciencias de aquellos que sólo viven del poder, el dinero y la muerte.
La clave para comprender el sentido de la pasión de Jesús no está en la muerte, como si esta tuviera un efecto salvífico en sí misma, sino en el modo filial y fraterno como él vivió su vida, y las consecuencias que esto le trajo (Neh 9,26).
La muerte de Jesús no tiene sentido, como no lo tienen la de tantas personas que mueren cada día a causa del hambre, la criminalidad, la violencia política que arrebata la vida. Sería inhumano justificarlas.
Lo que sí tiene sentido, y es salvífico —humanizador— es el modo en que Jesús asumió su muerte, y cómo se identificó a lo largo de su vida con los que sufren y así mueren, sin miedo alguno para denunciar que el Dios del Reino, a quien él le oró, no quería que esto ocurriese más en nuestro mundo, y rechazando a quien así actuase.
Jesús había vivido el amor en sus muchas formas: como perdón, liberación, sanación, reconciliación. Pero, especialmente, lo vivió de manera solidaria en su entrega a las víctimas, los rechazados por la sociedad y los enfermos (Mt 8,17). Y entendió que Dios solo actuaba con compasión y se oponía a los sacrificios (Mt 9,13; Sal 50).
La memoria de los primeros seguidores cristianos recordó tres aspectos:
a) El modo como había vivido Jesús: su pretensión histórica o conciencia mesiánica no violenta ni revolucionaria (GS 22);
b) La singularidad de su praxis: con hechos y palabras que humanizaron y dieron vida a quien la necesitaba (DV 2);
c) La libre asunción de su destino: como fidelidad absoluta al Dios del Reino (GS 22; 38) en un amor incondicional a los otros.
Su vida es, pues, salvífica porque vivió para todos y por cada uno, entregándose cada día, más allá del agotamiento físico y mental, para que todos se uniesen en torno a la paternidad materna de ese Dios compasivo en quien siempre creyó.
Como lo explica Schürmann: «la voluntad de servicio de Jesús, su exigencia de amor, de manera especial su mandato de amar a los enemigos, y su amor a los pecadores, todo ello unido a su oferta de salvación llevada hasta la última hora, hacen sostener que Jesús entendió y vivió su propia muerte amando, intercediendo, bendiciendo y plenamente seguro de la salvación».
Él «se ha entregado a sí mismo» (Gal 2,20), voluntariamente; no ha sido entregado por su Padre como una víctima expiatoria que sustituye lo que nosotros mismos debemos hacer. Además, tampoco cedió ante el poder de sus victimarios y verdugos.
Su muerte luego fue interpretada desde varios modelos. Uno fue el del siervo: sirviendo y dando su vida al necesitado, entregándose con actos de solidaridad fraterna que se fueron consumando día a día hasta su muerte.
Como siervo reveló un mensaje de esperanza que sigue siendo actual. Por una parte, ¿hasta dónde es capaz de llegar el hombre cuando asume la bondad de su propia naturaleza?: hasta poder superar el mal causado por el victimario.
Por otra, el mal no es una realidad absoluta que pueda triunfar, puede acabar con la vida mental o física de muchas personas y deshumanizar a las instituciones, pero quien se atreve a vivir humanamente, sin dejar deshumanizarse, puede frenar el mal al no reproducirlo ni retribuirlo.
En Jesús se revela esta esperanza, la de un modo de ser humano nuevo, uno que carga con el otro (Mt 8,17; 11,28-30) y atrae a todos (Jn 12,32), uno que nunca se descarga sobre el otro ni lo aleja de sí. Uno que mantiene la dignidad de su vida como hijo en el peso de la fraternidad.
Dr. Rafael Luciani.


lunes, 10 de abril de 2017

Reflexión teológica sobre la pasión y muerte de Jesús: ¿qué sentido tiene?

La clave para comprenderla no está en la muerte, sino en el modo filial y fraterno como Él vivió su vida y las consecuencias que esto le trajo

Justificar la muerte de un inocente, como la de Jesús y, más aún, decir que era voluntad divina, sería hacer del mal un modo humano de actuar justificable por parte de Dios y los hombres. De ahí que sea tan relevante comprender el hecho histórico y el sentido teológico de la muerte y pasión de Jesús, no como un simple relato que se escucha en Cuaresma, sino como un acontecimiento que revela una realidad trágica y que nos debe poner a pensar hasta dónde somos capaces de llegar si nos dejamos convertir en verdugos, seducidos por el poder y el dinero.

El modo como asesinaron a Jesús, en una cruz, representa un gran escándalo para cualquier ser humano más allá de sus creencias. El madero era símbolo de la negatividad humana, el peor de los males deseados; también simbolizaba el rechazo divino, porque quien así moría era considerado un maldito de Dios (Dt 21,23).

¿Se podía, entonces, decir que el Padre bueno en quien Jesús creía había permitido una muerte así?
 
La muerte de Jesús no fue casual, ni fruto del azar o de la voluntad divina. Fue meditada, decidida y ejecutada por personas concretas (Jn 11,47.53), por hermanos de un mismo pueblo (Jn 7,1) que regían los destinos de una nación.
 
Fue justificada por representantes de instituciones religiosas y políticas oficiales (Jn 11,49-50) que veían en él a un peligro porque manifestaba una nueva forma de vivir —humanizadora—, cuya pretensión era reconciliar al pueblo disperso (Jn 11, 52) y proclamar una relación personal con Dios basada en un pacto inédito, sin la mediación sacerdotal ni la economía sacrificial del Templo (Jr 31,31-34).

Su vida hacía temer a quienes no querían perder el poder otorgado por los romanos, de cuyo estatus social y beneficio económico vivían (Jn 11,48-50).

Aunque la conflictividad fue creciendo de cara a las autoridades religiosas que lo entregaron (Jn 11,53), fue el poder político romano el que volteó la mirada ante un inocente y dictó la sentencia para que lo torturaran y asesinaran (Mt 27,24).

Las autoridades religiosas no tenían el derecho de ius gladii. Por eso armaron un expediente para justificar formalmente su muerte. Lo acusaron de ser un falso profeta (Dt 13,5). Así ganaban dos cosas: sumar a otros grupos religiosos que detestaban a Jesús, y darle una razón formal al poder imperial para que lo condenara y procesara como reo político (Mc 15,26). Todos podían seguir disfrutando sus cuotas de poder (Jn 11,50).

La muerte de Jesús, como la de cualquier inocente, nunca ha sido querida por Dios. Justificarla es sacralizar la acción del victimario y hacer que la desgracia que se inflige a otro sea aceptada como un sacrificiodivino, y es además negar las consecuencias de la responsabilidad de los sujetos concretos que torturan y asesinan, cuyas acciones los deshumanizan hasta el punto de convertirlos en verdugos y victimarios de otros.

Decir que Jesús murió por voluntad divina como víctima sacrificial es, pues, hacer de Dios un cómplice del mal ejecutado por los hombres (Sal 35), o un sádico que justifica el sufrimiento del inocente.

Jesús siempre tuvo la conciencia de que Dios estaba de su lado, acompañándolo en sus decisiones (Mc 12,6), pero actuaba con el realismo de quien sabe que su predicación del Reino y las duras críticas en contra del sistema religioso (Mt 23,1-36) y del político (Lc 13,31-32) le traerían como resultado su propia muerte (Lc 13,34).

Tengamos en cuenta, pues, que fue su vida vivida como entrega en el servicio y el amor al otro, la razón por la cual murió; y no olvidemos que el espíritu fraterno con el que vivió fungió como la razón por la cual lo mataron personas e instituciones concretas.

La humanidad de uno como Jesús es insoportable y se convierte en estorbo para las conciencias de aquellos que sólo viven del poder, el dinero y la muerte.

La clave para comprender el sentido de la pasión de Jesús no está en la muerte, como si esta tuviera un efecto salvífico en sí misma, sino en el modo filial y fraterno como él vivió su vida, y las consecuencias que esto le trajo (Neh 9,26).

La muerte de Jesús no tiene sentido, como no lo tienen la de tantas personas que mueren cada día a causa del hambre, la criminalidad, la violencia política que arrebata la vida. Sería inhumano justificarlas.

Lo que sí tiene sentido, y es salvífico —humanizador— es el modo en que Jesús asumió su muerte, y cómo se identificó a lo largo de su vida con los que sufren y así mueren, sin miedo alguno para denunciar que el Dios del Reino, a quien él le oró, no quería que esto ocurriese más en nuestro mundo, y rechazando a quien así actuase.

Jesús había vivido el amor en sus muchas formas: como perdón, liberación, sanación, reconciliación. Pero, especialmente, lo vivió de manera solidaria en su entrega a las víctimas, los rechazados por la sociedad y los enfermos (Mt 8,17). Y entendió que Dios solo actuaba con compasión y se oponía a los sacrificios (Mt 9,13; Sal 50).

La memoria de los primeros seguidores cristianos recordó tres aspectos: a) el modo como había vivido Jesús: su pretensión histórica o conciencia mesiánica no violenta ni revolucionaria (GS 22); b) la singularidad de su praxis: con hechos y palabras que humanizaron y dieron vida a quien la necesitaba (DV 2); c) la libre asunción de su destino: como fidelidad absoluta al Dios del Reino (GS 22; 38) en un amor incondicional a los otros.

Su vida es, pues, salvífica porque vivió para todos y por cada uno, entregándose cada día, más allá del agotamiento físico y mental, para que todos se uniesen en torno a la paternidad materna de ese Dios compasivo en quien siempre creyó.

Como lo explica Schürmann: «la voluntad de servicio de Jesús, su exigencia de amor, de manera especial su mandato de amar a los enemigos, y su amor a los pecadores, todo ello unido a su oferta de salvación llevada hasta la última hora, hacen sostener que Jesús entendió y vivió su propia muerte amando, intercediendo, bendiciendo y plenamente seguro de la salvación».

Él «se ha entregado a sí mismo» (Gal 2,20), voluntariamente; no ha sido entregado por su Padre como una víctima expiatoria que sustituye lo que nosotros mismos debemos hacer. Además, tampoco cedió ante el poder de sus victimarios y verdugos.


Su muerte luego fue interpretada desde varios modelos. Uno fue el del siervo: sirviendo y dando su vida al necesitado, entregándose con actos de solidaridad fraterna que se fueron consumando día a día hasta su muerte.

Como siervo reveló un mensaje de esperanza que sigue siendo actual. Por una parte, ¿hasta dónde es capaz de llegar el hombre cuando asume la bondad de su propia naturaleza?: hasta poder superar el mal causado por el victimario.

Por otra, el mal no es una realidad absoluta que pueda triunfar, puede acabar con la vida mental o física de muchas personas y deshumanizar a las instituciones, pero quien se atreve a vivir humanamente, sin dejar deshumanizarse, puede frenar el mal al no reproducirlo ni retribuirlo.

En Jesús se revela esta esperanza, la de un modo de ser humano nuevo, uno que carga con el otro (Mt 8,17; 11,28-30) y atrae a todos (Jn 12,32), uno que nunca se descarga sobre el otro ni lo aleja de sí. Uno que mantiene la dignidad de su vida como hijo en el peso de la fraternidad.



Dr. Rafael Luciani
Teólogo

domingo, 5 de junio de 2016

YO TE LO MANDO LEVANTATE Lc. 7,11-17


En el texto de Lc. 7,11-17 veamos algunos detalles que son muy significativos en el conjunto de todo el texto.
  1. El encuentro de dos grupos de personas, unos van llenos de alegría y otro van tristes y abrumados por el dolor.
  2.   La condición de la mujer es muy difícil; es viuda, se queda sin hijos y de paso es mujer en la que la seguridad del género femenino dependía del hombre. Pero queda muy  claro que el ser mujer y la muerte no son obstáculo para el poder de Dios.
  3. Jesús se llena de compasión y misericordia y le da vida al hijo único de la viuda por encima de lo que establecía la ley levítica de tocar muertos y quedar impuro.
  4. La iniciativa es de Jesús, la viuda ni siquiera lo pide porque está sumida en el dolor que es doble por viudez y la muerte de su hijo. Jesús hace suyo el dolor de la madre y en eso consiste la auténtica y real compasión por el próximo cuando se hace propio el dolor del otro, incluso el que sufre no le hace falta pedirlo basta con que nosotros veamos y escuchemos.
  5. El gesto de Jesús de levantar al hijo de la viuda es signo inequívoco que Dios ha decidido a liberar al pueblo: "Dios a visitado a pueblo"
  6. La gente saca una conclusión de la persona de Jesús: es un profeta por medio del cual Dios ha visitado a su pueblo. Y de aquí en adelante Jesús será comparado con el profeta Elías por parte de las gentes (Cf Lc. 9,8.19).
 Ahora bien el texto nos dice que Jesús se llena de compasión seria literalmente se le removieron las entrañas al ver el dolor de la mujer, por tanto lo importante no es el prodigio sino la acción que brota de la misericordia de Jesús que en definitiva es misericordia de Dios que genera vida y transforma la vida de quien la recibe. La acción de Jesús no se queda en sentimiento como de los acompañantes sino en fuerza de vida.

La actitud de Jesús nos lleva por un camino que es eficaz, estímulo y vida que impulsa a levantarse a decir su palabra, caminar con esperanza y soñar en algo nuevo desde Dios.

Todos hemos perdido un ser querido sea familiar, amigo o vecino, y el texto nos recuerda ese momento, y en Jesús se invita a liberarnos del dolor que no es olvidar al ser querido ni mucho menos amarlo menos. Liberarnos del dolor de la muerte es recuperar la vida y permitirle a ese ser querido que viva de manera distinta en nuestra vida. Hemos de elegir entre hundirnos en la pena o construir la vida, ser víctimas o mirar hacia el mañana con ojos de confianza.

Dejemos claro que el pasado no se puede cambiar, es nuestra vida ahora la que podemos transformar. Es cierto a veces no es fácil recuperarse la ausencia pesa y es el momento de acudir a la fe y desahogarnos con Dios, y sentir que Dios te ha visitado con misericordia.

sábado, 28 de marzo de 2009

SEÑOR, QUEREMOS VER A JESÚS

TEXTO
Jn 12,20-33.

20 Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. 21 Estos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: "Señor, queremos ver a Jesús." 22 Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. 23 Jesús les respondió: "Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre.


24 En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. 25 El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. 26 Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará.


27 Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! 28 Padre, glorifica tu Nombre." Vino entonces una voz del cielo: "Le he glorificado y de nuevo le glorificaré." 29 La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel."

30 Jesús respondió: "No ha venido esta voz por mí, sino por vosotros. 31 Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. 32 Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí." 33 Decía esto para significar de qué muerte iba a morir.


REFLEXION

20 Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. 21 Estos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: "Señor, queremos ver a Jesús." 22 Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. 23 Jesús les respondió: "Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre.

El evangelista Juan, menciona a un grupo de Griegos, que bien pueden ser Judíos helenistas, paganos prosélitos o quizás simpatizantes del judaísmo. Estos griegos llevan un objetivo, subían a la fiesta (no se especifica cual fiesta en concreto, pero por el contexto es la fiesta de la pascua), pero al encontrar a Jesús renuncian al propósito de ir a la fiesta de pascua, en todo caso podemos decir que las ovejas que no son del redil de Israel comienzan a llegar para ser acogidas y reunidas por Jesús.

Estos griegos tienen un profundo interés en conocer a Jesús: Señor, queremos ver a Jesús. Felipe (que significa boca de lámpara) el que le había invitado a Natanael para que se acercara a Jesús (Jn 1,46), no es capaz de hacer el mismo gesto con los griegos, él acude donde esta Andrés quien vive cerca de Jesús (Jn 1,39) y que comprende el mensaje (Jn 6,8-9). Andrés no toma la decisión y deciden consultar a Jesús. Estas dos figuras, Andrés y Felipe, son un claro reflejo que las comunidades cristianas no se abrieron fácilmente a la acogida de los gentiles.

Jesús no habla o recibe directamente al grupo de los griegos, ya que esta será tarea de sus discípulos y seguidores, por lo menos así lo da entender el texto.

Jesús declara que la “hora ha llegado”, no es una hora de cronos es un tiempo de Kairos (tiempo de Dios), donde la autentica figura del hombre no es la un héroe, no es la de un filósofo cuya sabiduría proviene de biblioteca, la hora del Hijo del Hombre está en un nivel muy, muy alto. Con esta declaración Jesús comienza a dejar en claro que sus discípulos no deben plantear una doctrina, que Jesús no es un héroe de la historia, sino que tienen que demostrar que sus vidas unidas a Jesús, el ser humano alcanza la plenitud de la vida, y esta vida es parte de la gloria y del amor de Dios.

24 En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. 25 El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. 26 Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará.

Los frutos en la misión, Jesús les deja muy en claro, que no se genera vida sin dar la propia vida; ya que la vida es fruto del amor y brota según la medida este amor. La metáfora o imagen de la semilla, vendrían a dar entender que los frutos de la misión del discípulo es dar la vida.

La muerte, en su mayor parte es vista como expresión de fracaso y destrucción de la vida, para Jesús la muerte es culminación del proceso de donación del discípulo, que no es a través de la trasmisión de un mensaje doctrinal, sino de la práctica de amar hasta el fin. El amor es el mensaje fundamental.

El secreto de la fecundidad, que estaba planteado en términos de la descendencia, ahora se pone en la entrega de la propia vida.

27 Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! 28 Padre, glorifica tu Nombre." Vino entonces una voz del cielo: "Le he glorificado y de nuevo le glorificaré." 29 La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel."

En Jesús podemos encontrar lo contrario a la muerte, pero el don de una vida plena es rechazada y condenada por los suyos. Por eso la turbación que nos presenta el versículo 27, es producto del horror que siente el amor que hay dentro de él por el odio que sienten hacia él.

Jesús es consciente que buscar una intervención de un Dios solución, seria eludir su responsabilidad y no asumir las consecuencias de sus propios actos. Jesús reafirma su decisión, y esta dependerá de su “hora” que es el enfrentamiento final con el mundo homicida. Pero no olvidemos que es un momento duro y doloroso el que Jesús está asumiendo con sus discípulos, esta hora es el culmen de su vida.

La decisión de Jesús que es a su vez una profunda oración, tiene respuesta; Dios también tomara parte en la hora del hijo por los todos los hombres: Le he glorificado y de nuevo le glorificaré. La voz-trueno-ángel confirma la misión divina de Jesús.

30 Jesús respondió: "No ha venido esta voz por mí, sino por vosotros. 31 Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. 32 Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí." 33 Decía esto para significar de qué muerte iba a morir.

Jesús hace una interpretación de lo sucedido. El Jesús levantado en la cruz, es sentencia del orden injusto pero también manifestación esplendorosa del amor de Dios al hombre.

EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra