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martes, 22 de enero de 2019

Jesús y la función social de las familias


La familia fue para Jesús el espacio inicial en el que creció y donde aprendió las tradiciones judías. Él siguió la espiritualidad de los pobres de Yahveh (Lc 1,46-55) y rompió con tres criterios que definían a una familia del siglo I: el honor y el status ―sociorreligioso y cultural―, y la noción de paterfamilias en torno a la cual se definía toda la identidad familiar. En ese contexto, ¿era viable un modelo de familia que no se sostuviera sobre estos principios y no se definiera por los vínculos biológicos? ¿Podía pasar a ser la familia un modelo de inclusión social?

En Nazaret encontramos un vuelco radical en la visión de familia que tenía Jesús. Ahí dice que «a un profeta lo desprecian en su propia tierra, entre sus parientes y en su casa» (Mc 6,4). De hecho, su familia biológica lo llama «loco» (Mc 3,21). Un día, cuando su madre y sus hermanos lo van a buscar, los deja desconcertados al mandarles a decir: «mi madre y mis hermanos no son ustedes, sino los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8,19-21).

¿Rechazó Jesús el sentido de la familia o la desvalorizó como núcleo fundamental de la sociedad? No, pero sí la centró. Recordaba, ante todo, que su identidad no provenía del dinero o el poder, y que su misión era cumplir una función social, la de incluir a otros más allá del parentesco biológico. Lo esencial no era el status, el honor o la posición económica, como tampoco la figura del padre o la madre, sino la relación que sus miembros tenían que construir entre sí, y con otras personas, para conformar una familia mayor que la biológica, una que viviese de la solidaridad fraterna.

¿Cómo logró Jesús incluir a otros si nunca reivindicó su honor al ser despreciado y no quiso formar una familia biológica? Asumió la vocación de un profeta itinerante entregado incondicionalmente al servicio de los pobres, las víctimas y los enfermos, y los trató como hermanos. No tuvo casa fija y anduvo en continuo desplazamiento (Lc 8,1ss). Hacía recorridos cortos alojándose en casas donde lo recibían y, a veces, con el tiempo, se hacían amigos, como ocurrió con Marta y María (Lc 10,38ss), aunque otras veces, como pasó con un fariseo (Lc 7,36ss), nunca llegó a ser su amigo.

Jesús dormía donde le agarraba la noche, en una barca agotado por la jornada (Mt 8,25ss), o en el campo, sin techo y a la intemperie (Mt 8,20), corriendo el peligro de encontrar bandoleros y saqueadores. Su estilo de vida itinerante reflejaba su servicio incondicional al Reino y su deseo de crear una gran familia «para todos». De ahí su resistencia a los poderosos y el desarraigo ante los códigos de honor y status sociales y religiosos que impedían esto. Viviendo así, con plena libertad y en solidaridad con los que más sufrían, Jesús pudo superar la indolencia que suele nacer en familias biológicas cerradas, cuando sólo viven para sí y sus propios intereses.
Dr. Rafael Luciani

sábado, 23 de diciembre de 2017

La Natividad de Jesús: un relato actual

Luego de la muerte de Herodes, en el 4 a.C., la región entró en un proceso de inestabilidad sociopolítica y empobrecimiento económico, agravado por una crisis religiosa. Se cuestionaba la presencia romana que deificaba al César oprimiendo a los que se le oponían. Juan el Bautista describirá la situación de corrupción, extorsión y falsa religiosidad (Lc 3,10-15).
Se anhelaba la paz, pero para la cultura mediterránea la paz era lo que César Augusto había logrado: él había unificado al Imperio trayendo «la paz al mundo», pero lográndola por medio de la violencia, la dominación de los pueblos, el saqueo de los bienes y la esclavitud. Era una paz que favorecía la abundancia de pocos y la escasez de bienes para muchos, haciendo uso de la moneda romana para generar mecanismos cambiarios que producían inmensos beneficios económicos.
En este contexto nace Jesús. El anuncio del ángel acontece en medio de condiciones adversas. La fragilidad del niño en un pesebre contrastará con el poder de César Augusto, a quien se le llamaba «El salvador del mundo». Los primeros cristianos se preguntarán cuál es la verdadera salvación ¿la que controla y ofrece dádivas?
María, la madre de Jesús, participaba de la espiritualidad de los pobres de Yahveh, que se recoge en el Magnificat. Ahí se le ora a un Dios que se aparta de los que se aferran al poder y al dinero, y se hace cercano a los problemas de los humildes y hambrientos (Lc 1,51-53). Jesús vive esta misma espiritualidad. Él cree en un Dios que no trae la salvación por medio de prácticas religiosas, sino sanando los corazones rotos y viviendo compasivamente (Sal 50).
El anuncio es también recibido por los pastores, que eran considerados laxos en el cumplimiento de la ley y por tanto pecadores. Los evangelistas hacen uso del recurso literario llamado angelofanía: muestran una multitud de «legiones» de ángeles para dar gloria a Dios «en las alturas» y anunciar en la tierra «paz a todos» porque «el Señor los ama» (Lc 2,13-14). Es un himno que contrapone la paz impuesta por las «legiones romanas» con esta otra anunciada por las «legiones angélicas». Así se simboliza el querer divino: la «gloria de Dios» es que toda persona viva bien, sin miedos y en libertad.
El anuncio se da durante la noche. Ofrece una nueva «luz», una esperanza que permitirá vivir de otro modo (Lc 1,78-79). Es una luz que no tendrá su origen en el dios Apolo, el padre de César, pero tampoco en el Dios del Templo. Esta luz proviene de las «entrañas de misericordia de Dios» que quiere iluminar a todos sus hijos para que no vivan con desesperanza. La luz permite ver un modo de ser humano que se realiza construyendo «la paz social», fraternizando, buscando el bien común y la justicia para todos, independientemente de creencias religiosas o adhesiones ideológicas. Es una invitación a dejar atrás la venganza, el odio, la envidia y el resentimiento para construir caminos de bienestar.
El nacimiento de Jesús se representa en Belén, siguiendo la tradición mesiánica (Miq 5,1; Mt 2,5-6; Jn 7,42), para desmontar una proclamación imperial: es Jesús, y no Augusto, el único Mesías; es Belén, y no Roma, la ciudad donde se inicia la verdadera paz; fueron los pobres, y no los ricos y poderosos, los que apostaron por un cambio. En un mensaje que trae esperanza a todos: «no teman»» (Lc 2,10-11). En fin, es un mensaje que sigue siendo actual en nuestros días y nos abre el camino para creer que sí es posible un modo de ser más humano, sin miedos y en libertad.

domingo, 4 de septiembre de 2016

EL QUE NO RENUNCIE A TODO LO QUE TIENE NO PUEDE SER MI DISCIPULO Lc. 14,25-35


Jesús hace una llamada radical por él a cargar con la cruz y renunciar a todo, de otro modo no se puede ser discípulo.
Dejar a padre, madre, hermanos… Cuando Jesús invita hacer una opción radical por encima de la familia está indicando que los valores del Reino están por encima de todo vínculo de sangre o apellido. La opción por Jesús es el único absoluto del discípulo: ni padre, madre, ni hermanos y hermanas, ni la propia vida es lo fundamental. Vamos explicar un poco esta radicalidad porque puede ser interpretada de una manera fanática en la pierde fuerza el evangelio y reducido a un mero interés personal.
Cuando el discípulo o el cristiano ve su vida a la luz de los valores del Reino de Dios que son vida en Jesús, las otra realidades adquieren su verdadera dimensión y entiende su origen y como tienen que ser vividas; es decir la paternidad, la maternidad nacen en Dios porque Dios es padre y madre; la hermandad y amistad son de Dios porque Dios es hermano y amigo, la vida no es sostenimiento propio ya que viene de Dios, es mejor tomar de la fuente que buscar el agua de la vida río abajo.
Cargar la cruz. Cuando se olvida es un sacrificio la vida misma se diluye y pierde su fuerza, quien no esté dispuesto aceptar el fracaso a los ojos de los hombres y enfrentar los conflictos no puede asumir el camino de Jesús que es una puerta angosta. Tarde o temprano a todos no toca sufrir sea una enfermedad, un accidente, la muerte de un ser querido… ¿Qué hacer? La actitud del creyente es diferente, sin buscar dar explicaciones artificiosas pensando que es una prueba, un castigo, una purificación que Dios envía. Dios no es sádico que se alegra al vernos sufrir. El sufrimiento es malo por eso debemos de combatirlo convirtiéndolo  en la experiencia más realista y honda para vivir la confianza en Dios padre, en el hijo y con el Espíritu Santa. Llevar la cruz de manera trinitaria, es abrirse a la confianza de un padre que ama, del hijo que nos redime y del Espíritu que nos fortalece en el momento de cargar la cruz.
Renunciar a sí mismo. El seguimiento a Jesús como cristianos no puede depender de un impulso fácil, de un entusiasmo superficial  o de una corazonada. En la vida tenemos que saber presupuestar con que contamos para construir y evaluar que se tiene para combatir; para construir una nueva vida hemos de reflexionar sobre las decisiones  que hay que tomar en cada momento.
Jesús invita pero no obliga, solo ofrece.

domingo, 4 de octubre de 2015

LOS DOS SERAN UNA SOLA COSA Mc 10, 1-12


El fariseo interrumpe la enseñanza de Jesús para plantearle una pregunta muy peculiar pues ya que conocía perfectamente lo que establecía la ley de Moisés. Ellos sospechan que la postura de Jesús frente al tema del “divorcio” es contraria a la ley, por eso afirma el evangelista que le preguntan con la intención de tentarlo.  
La pregunta surge porque Jesús insiste en la igualdad entre los seres humanos ya que Dios hace salir el sol para buenos y malos. La ley era clara que favorecía el poder y el prestigio del hombre y no de la mujer ahora bien ¿Jesús cedería al principio de la superioridad masculina?

Frente a la pregunta si estaba permitido al marido repudiar a su mujer, Jesús dirige otra pregunta ¿Qué mando Moisés? Con esta pregunta Jesús no cae en las discusiones estériles con respecto al tema. Lo que estableció Moisés (Cf Dt 24,1-4) es que el hombre vuelva a casarse con la misma mujer y viceversa.

La forma de vivir (dureza y obstinación) entre un hombre y una mujer nada buena, lleva a Moisés a establecer esta salida, no todo lo que está escrito en la ley refleja siempre la voluntad divina sino que también la circunstancias históricas acondicionaron parte de lo legislado.

Jesús prescinde de la ley de Moisés y se remite al designio creador,  lo que fue establecido en los orígenes y así establece que la realidad humana desde ser interpretada a partir de Dios no desde Moisés.

Las palabras de Jesús en respuesta al fariseo se enmarcan dentro de Gn 1,27 y 2,24 donde la creación del hombre y la mujer se funda en la fecundidad y el cuidado de la creación y el segundo texto es para salvar la originalidad de la unidad.

Jesús no cita ninguna ley religiosa porque la diversidad hombre y mujer, la atracción mutua y la unión hombre y mujer fueron pretendidas por Dios como proyecto original, lo legislado después es coyuntural y accidental no es lo determinante. 


El hombre y la mujer unidos son para cuidar el otro del otro y así se sustituye la protección de la familia de origen. El estar unidos indica que ningunos de los dos es superior al otro a pesar de las diferencias que pueda tener ambos.


Jesús condena la unilateralidad -entiéndase como dominio- de los cónyuges porque destruye la unidad creada por Dios y solo se contrapone el acto humano al divino. Las palabras de Jesús se oponen a la costumbre ancestral de la sociedad judía y del mundo antiguo.


El tema en cuestión se prolonga con los discípulos que de alguna manera también es clave para ellos ya que entre los discípulos se encuentran hombres casados.  Jesús va reafirmar la igual del hombre y la mujer rechazando cualquier posibilidad de repudio. En época de Jesús es inconcebible que una mujer rechace a su marido.



¡Hasta Pronto mis amigos y amigas online!

viernes, 3 de septiembre de 2010

Quien no se separe de todos sus bienes no puede ser discípulo mío

Autor: Lourdes C. Ramirez - Equipo Biblíco.

TEXTO.
Lc 14,25-33
25. Gentes numerosas marchaban con él. Dirigiéndose entonces les dijo: 26.Si alguien viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y por añadidura a su propia persona no puede ser mi discípulo. 27. Todo el que no lleva su propia cruz, y no viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío. 28. Porque ¿Quién de vosotros, queriendo construir una torre, sentándose primero, no calcula el gasto para saber si hay con que llevar a cabo su empresa? 29. No sea que, habiendo puesto los fundamentos, no tenga medios de acabar la obra, y todos los que lo observan comienzan a burlarse de él, 30 diciendo: “Ese es el hombre que comenzó a construir y que no tuvo los medios para acabar la obra”. 31. ¿O que rey, marchando contra otro rey para emprender la guerra con él, sentándose primero, no deliberará para saber, si es capaz con diez mil hombres ir al encuentro de aquel que avanza contra mi con veinte mil hombres?. 32. Si no, mientras esta todavía a distancia, le envía una embajada y le pide las condiciones de paz. 33. Así pues, cada uno de vosotros que no se separe de todos sus bienes no puede ser discípulo mío.


REFLEXION

Lucas traza la imagen de Jesús como la de un hombre de Dios, sabio, profeta, lo menciona siempre en una actividad itinerante, viene de una marcha común o de un banquete y siempre en su andar mantiene sus enseñanzas, las cuales las menciona unas veces chocante otras veces intrigantes, de amor o de odio. En su llamada del “sígueme” no tiene vacilaciones, compromete a sus oyentes a tomarse el tiempo necesario para reflexionar.

El texto se divide en seis partes, que pone en evidencia tres enseñanzas enmarcada en una evocación de una situación y por ultimo una exhortación que no se menciona en este evangelio. Se observa aquí la huella lucana, la marcha de la gente, la actitud de Jesús, recuerda el viaje a Jerusalén. En que no solo es necesario venir a mí sino que también es necesario marchar conmigo y rompe con el pasado, no es posible tener el corazón dividido, estar detrás y delante a la vez. No se puede servir a dos amos a la vez, por lo que el discípulo tiene que saber escoger o saber elegir y para saber elegir hay que saber renunciar y sobre todo saber separarse.

Así como las sentencias sobre el odio y la cruz, están construida sobre la subordinada hipotética de que no pueden ser discípulos míos, sugieren una preocupación progresiva que a pesar de ser distintos, en el v. 33 los agrupa y acaban de la misma manera.

El verbo “odiar” choca y desconcierta en el texto, pero refleja un término semítico y las lenguas semíticas se expresan en contraste con lo que nuestras lenguas dicen en sentido comparativo de preferencias, además en el termino en griego significa (afeken) “dejar”. Por lo tanto Jesús no propone condenar o abandonar a la familia, para favorecer el desarrollo personal. El evangelio no habla de “hacerse discípulo” ya que el termino sugeriría que eso depende de nosotros, el termino es “ser discípulo” lo que quiere decir ser aceptado por el Maestro. Para lo cual hay que estar aquí y no en otro sitio, atento y no distraído, dispuesto a aprender no solo la sabiduría humana sino la divina. Para que la adhesión y su comunión sean verdaderas y duraderas, hay que añadir como complemento ineludible la separación de lo que mas llevamos en el corazón, por lo tanto aquí el odio no es un sentimiento sino un acto. Así que cuando se haya realizado la ruptura se permitirá el amor incondicional al prójimo, ya que entre los parientes de Cristo y criaturas de Dios no existen los sistemas cerrados, de familias.

EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra