domingo, 10 de marzo de 2019

Cuaresma es tiempo de anunciar la Buena Nueva del Reino


Cuando a Jesús le preguntaron “por qué los fariseos y los discípulos de Juan ayunan y tus discípulos no” él respondió “porque no se puede ayunar mientras se está con el novio en las bodas” (Cf. Lc 5, 30-35). Con esas palabras Jesús mostraba que el reinado de Dios estaba llegando en Él y su presencia hacía nuevas las prácticas judías de su tiempo.


Nosotros seguimos en ese tiempo nuevo instaurado por Jesús. Él está presente y nuestras prácticas han de estar impregnadas de los valores del reino y no del ritualismo en el que se ha caído tantas veces.

El ayuno cristiano no puede centrarse en dejar de comer determinados alimentos. En realidad esa práctica pierde todo su sentido, si detrás no se tiene el horizonte de la mortalidad que aún poblaciones enteras sufren porque realmente “pasan hambre”. No podemos “comer y beber” de espaldas a esa situación. El ayuno por tanto significa compromiso con la búsqueda de medios para que las necesidades básicas de todos los seres humanos estén cubiertas.

La limosna no se limita a hacer alguna obra de caridad o a una contribución en momentos puntuales. Tampoco a simplemente implementar la práctica judía del diezmo. La limosna ha de mostrar nuestra capacidad de compartir todo lo que tenemos de manera que “nadie de la comunidad pase necesidad” (Cf. Hc 4, 34). Supone desprendimiento, generosidad y entrega. Pero sobretodo descubrir el valor del compartir por encima del acaparar o asegurar. Siempre podemos dar mucho más de lo que creemos y sólo dando se descubre “la alegría del que lo vende todo para adquirir el campo” (Cf. Mt 13, 44-46).

El sacrificio no consiste en soportar las pruebas que nos manda Dios -ya que él no pone condiciones para merecer su amor- sino -como dice Jesús en este texto que venimos considerando- “días vendrán en que el esposo les será quitado, entonces, en aquellos días, ayunarán”. Es decir, el sacrificio proviene de la persecución y la incomprensión que sufren los que buscan vivir los valores del reino no de aquellas cargas pesadas que nos imponemos muchas veces a nosotros mismos por falta de aceptación de las propias limitaciones o por los egoísmos y orgullos que nos esclavizan produciendo sufrimientos innecesarios y que, por lo mismo, no pueden ser redentores.

Jesús termina este pasaje bíblico, haciéndonos caer en cuenta que “nadie pone un pedazo de un vestido nuevo en un vestido viejo, ni echa vino nuevo en odres viejos” porque el vestido y los odres viejos se rompen (Cf. Lc 5, 36-39). El tiempo de cuaresma, por tanto, nos invita a liberarnos de toda práctica vacía y a vivir la novedad del anuncio del reino para desde ahí vivir el compromiso y la fidelidad al Espíritu. En otras palabras, cuaresma es tiempo de contemplar la praxis histórica de Jesús para hacer que la solidaridad, el compartir de bienes y el compromiso con la vida de todos y todas, sean nuestras prácticas cuaresmales, prácticas que como claramente afirma el profeta Isaías, constituyen el ayuno, la limosna y el sacrificio que el Señor quiere (Cf. Is 58, 6-7).

sábado, 9 de marzo de 2019

Cuaresma tiempo de TESTIMONIO...


Pero tu cuando ayunes, perfúmate la cabeza... Mt 6, 17

Llegó el tiempo de la metanoia, de la conversión del corazón, de las renuncias concretas a la cultura de muerte y a todos los sistemas que oprimen a los seres humanos, un tiempo donde se desafía nuestra vocación profética, ¿Ayunamos será, de la hipocresía, del materialismo, de la indiferencia y de la fe acomodada?

La honestidad del corazón, debe de recuperar la conciencia de lo que nos motiva y de las cosas que nos oprimen y en el peor caso oprimen la vida de otras personas. La cuaresma debe de ser una invitación a la sencillez, nos pesa en la Iglesia el egoísmo, la búsqueda del poder, las estructuras anquilosadas que evitan escuchar el eco del Espíritu y sobre todo el poco compromiso con los pobres, opción primera de Jesús, como lo demuestran los evangelios.

Estamos en un tiempo donde la realidad nos urge, y los signos de la cuaresma (ceniza, actos de piedad popular), tienen que reconfigurarse en el TESTIMONIO... El mundo necesita conversos felices, conversos solidarios, conversos ecológicos, conversos que trabajen por los derechos humanos y conversos que vivan la fraternidad del amor...

Que esta cuarentena de días, sean un tiempo de misericordia,  donde cada uno peregrine al desierto, lugar bíblico de las pruebas, de los desafíos y de las decisiones, para implantar de una vez por todas el Reino de paz, de esperanza y de justicia en la realidad... La Pascua nos debe colocar en la sensibilidad de la vida, donde Cristo y la creación siguen padeciendo.

miércoles, 30 de enero de 2019

REFLEXIÓN TEOLÓGICA SOBRE LA PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS: ¿QUÉ SENTIDO TIENE?


Justificar la muerte de un inocente, como la de Jesús y, más aún, decir que era voluntad divina, sería hacer del mal un modo humano de actuar justificable por parte de Dios y los hombres. De ahí que sea tan relevante comprender el hecho histórico y el sentido teológico de la muerte y pasión de Jesús, no como un simple relato que se escucha en Cuaresma, sino como un acontecimiento que revela una realidad trágica y que nos debe poner a pensar hasta dónde somos capaces de llegar si nos dejamos convertir en verdugos, seducidos por el poder y el dinero.
El modo como asesinaron a Jesús, en una cruz, representa un gran escándalo para cualquier ser humano más allá de sus creencias. El madero era símbolo de la negatividad humana, el peor de los males deseados; también simbolizaba el rechazo divino, porque quien así moría era considerado un maldito de Dios (Dt 21,23).
¿Se podía, entonces, decir que el Padre bueno en quien Jesús creía había permitido una muerte así?
La muerte de Jesús no fue casual, ni fruto del azar o de la voluntad divina. Fue meditada, decidida y ejecutada por personas concretas (Jn 11,47.53), por hermanos de un mismo pueblo (Jn 7,1) que regían los destinos de una nación.
Fue justificada por representantes de instituciones religiosas y políticas oficiales (Jn 11,49-50) que veían en él a un peligro porque manifestaba una nueva forma de vivir —humanizadora—, cuya pretensión era reconciliar al pueblo disperso (Jn 11, 52) y proclamar una relación personal con Dios basada en un pacto inédito, sin la mediación sacerdotal ni la economía sacrificial del Templo (Jr 31,31-34).
Su vida hacía temer a quienes no querían perder el poder otorgado por los romanos, de cuyo estatus social y beneficio económico vivían (Jn 11,48-50).
Aunque la conflictividad fue creciendo de cara a las autoridades religiosas que lo entregaron (Jn 11,53), fue el poder político romano el que volteó la mirada ante un inocente y dictó la sentencia para que lo torturaran y asesinaran (Mt 27,24).
Las autoridades religiosas no tenían el derecho de ius gladii. Por eso armaron un expediente para justificar formalmente su muerte. Lo acusaron de ser un falso profeta (Dt 13,5). Así ganaban dos cosas: sumar a otros grupos religiosos que detestaban a Jesús, y darle una razón formal al poder imperial para que lo condenara y procesara como reo político (Mc 15,26). Todos podían seguir disfrutando sus cuotas de poder (Jn 11,50).
La muerte de Jesús, como la de cualquier inocente, nunca ha sido querida por Dios. Justificarla es sacralizar la acción del victimario y hacer que la desgracia que se inflige a otro sea aceptada como un sacrificio divino, y es además negar las consecuencias de la responsabilidad de los sujetos concretos que torturan y asesinan, cuyas acciones los deshumanizan hasta el punto de convertirlos en verdugos y victimarios de otros.
Decir que Jesús murió por voluntad divina como víctima sacrificial es, pues, hacer de Dios un cómplice del mal ejecutado por los hombres (Sal 35), o un sádico que justifica el sufrimiento del inocente.
Jesús siempre tuvo la conciencia de que Dios estaba de su lado, acompañándolo en sus decisiones (Mc 12,6), pero actuaba con el realismo de quien sabe que su predicación del Reino y las duras críticas en contra del sistema religioso (Mt 23,1-36) y del político (Lc 13,31-32) le traerían como resultado su propia muerte (Lc 13,34).
Tengamos en cuenta, pues, que fue su vida vivida como entrega en el servicio y el amor al otro, la razón por la cual murió; y no olvidemos que el espíritu fraterno con el que vivió fungió como la razón por la cual lo mataron personas e instituciones concretas.
La humanidad de uno como Jesús es insoportable y se convierte en estorbo para las conciencias de aquellos que sólo viven del poder, el dinero y la muerte.
La clave para comprender el sentido de la pasión de Jesús no está en la muerte, como si esta tuviera un efecto salvífico en sí misma, sino en el modo filial y fraterno como él vivió su vida, y las consecuencias que esto le trajo (Neh 9,26).
La muerte de Jesús no tiene sentido, como no lo tienen la de tantas personas que mueren cada día a causa del hambre, la criminalidad, la violencia política que arrebata la vida. Sería inhumano justificarlas.
Lo que sí tiene sentido, y es salvífico —humanizador— es el modo en que Jesús asumió su muerte, y cómo se identificó a lo largo de su vida con los que sufren y así mueren, sin miedo alguno para denunciar que el Dios del Reino, a quien él le oró, no quería que esto ocurriese más en nuestro mundo, y rechazando a quien así actuase.
Jesús había vivido el amor en sus muchas formas: como perdón, liberación, sanación, reconciliación. Pero, especialmente, lo vivió de manera solidaria en su entrega a las víctimas, los rechazados por la sociedad y los enfermos (Mt 8,17). Y entendió que Dios solo actuaba con compasión y se oponía a los sacrificios (Mt 9,13; Sal 50).
La memoria de los primeros seguidores cristianos recordó tres aspectos:
a) El modo como había vivido Jesús: su pretensión histórica o conciencia mesiánica no violenta ni revolucionaria (GS 22);
b) La singularidad de su praxis: con hechos y palabras que humanizaron y dieron vida a quien la necesitaba (DV 2);
c) La libre asunción de su destino: como fidelidad absoluta al Dios del Reino (GS 22; 38) en un amor incondicional a los otros.
Su vida es, pues, salvífica porque vivió para todos y por cada uno, entregándose cada día, más allá del agotamiento físico y mental, para que todos se uniesen en torno a la paternidad materna de ese Dios compasivo en quien siempre creyó.
Como lo explica Schürmann: «la voluntad de servicio de Jesús, su exigencia de amor, de manera especial su mandato de amar a los enemigos, y su amor a los pecadores, todo ello unido a su oferta de salvación llevada hasta la última hora, hacen sostener que Jesús entendió y vivió su propia muerte amando, intercediendo, bendiciendo y plenamente seguro de la salvación».
Él «se ha entregado a sí mismo» (Gal 2,20), voluntariamente; no ha sido entregado por su Padre como una víctima expiatoria que sustituye lo que nosotros mismos debemos hacer. Además, tampoco cedió ante el poder de sus victimarios y verdugos.
Su muerte luego fue interpretada desde varios modelos. Uno fue el del siervo: sirviendo y dando su vida al necesitado, entregándose con actos de solidaridad fraterna que se fueron consumando día a día hasta su muerte.
Como siervo reveló un mensaje de esperanza que sigue siendo actual. Por una parte, ¿hasta dónde es capaz de llegar el hombre cuando asume la bondad de su propia naturaleza?: hasta poder superar el mal causado por el victimario.
Por otra, el mal no es una realidad absoluta que pueda triunfar, puede acabar con la vida mental o física de muchas personas y deshumanizar a las instituciones, pero quien se atreve a vivir humanamente, sin dejar deshumanizarse, puede frenar el mal al no reproducirlo ni retribuirlo.
En Jesús se revela esta esperanza, la de un modo de ser humano nuevo, uno que carga con el otro (Mt 8,17; 11,28-30) y atrae a todos (Jn 12,32), uno que nunca se descarga sobre el otro ni lo aleja de sí. Uno que mantiene la dignidad de su vida como hijo en el peso de la fraternidad.
Dr. Rafael Luciani.


martes, 29 de enero de 2019

LA FRATERNIDAD


Son cada vez más las víctimas silentes en nuestro mundo. Esas que mueren a causa de terribles enfermedades o de hambre, o en conflictos armados por razones ideológicas o étnicas. Entre ellas, cabe mencionar a tantos cristianos que están siendo perseguidos y asesinados por grupos religiosos extremistas en el medio oriente. Pareciera no existir aún, para esa gran mayoría de seres humanos, la real esperanza en un futuro mejor. Ellos padecen el peso de la violencia y la fatiga que produce cualquier lucha sin cambio. Muchos viven resignados ante la indiferencia de personas e instituciones internacionales que pudieran contribuir para que las cosas cambien y encuentren una franca mejora.


Iniciado ya el siglo XXI, el reconocimiento y la aceptación del otro sigue siendo un reto para la humanidad. ¿Será que, simplemente, no estamos dispuestos a hacernos próximos al otro y reconocerlo para emprender juntos caminos y proyectos de humanización? ¿hasta qué punto estamos contribuyendo —personal o institucionalmente— a superar la exclusión ideológica, el fanatismo político, la violencia social y el extremismo religioso? ¿no entendemos que estas actitudes sólo generan más víctimas, fruto de la violencia y la exclusión?


Tenemos el gran reto de regresar a la praxis de Jesús de Nazaret y crear nuevos espacios, discursos y actitudes que favorezcan el sentido de la «fraternidad», ahora olvidada por muchos. Hay algunas características de la praxis de Jesús que nos pueden ayudar a discernir el modo como estamos respondiendo ante los dramas que vivimos en este mundo globalizado.


Primero, Jesús reconoce el deterioro de la realidad sociopolítica y religiosa del siglo I, pero apuesta por un modo de vida que busca recrear las maneras como nos relacionamos los unos a los otros. Sin el reconocimiento de lo que sucede en nuestro entorno, todo cambio se reducirá a un mero deseo pasajero. Por ello es tan importante que sepamos lo que está sucediendo en nuestro mundo, nos informemos y tomemos postura frente a ello. La neutralidad no es ética.


Segundo, si leemos los Evangelios encontraremos que Jesús nunca se resignó a la normalidad de quien vive de las sobras que recibe. No quiso dádivas de los poderosos. Esto le dio la libertad para ejercer su legítimo derecho a luchar por una sociedad de justicia y de bienestar para todos. Hay que revisar si los compromisos —sociopolíticos, económicos o religiosos— que a veces hacemos, son más bien obstáculo en ese arduo camino de reconocer al otro y aceptarlo como a un hermano.


Tercero, Jesús no cedió ante la lógica oficial del miedo, que es la del victimario y el poderoso. Ellos lo mataron, pero nunca pudieron quitarle su libertad y su esperanza. Él siempre fue dueño y sujeto de su propia dignidad. Pero esto no fue fácil. Tuvo que poner las creencias y las ideologías a un lado para que «todos» pudieran sentarse juntos en una misma mesa. Su vida nos enseña que hay un bien precioso que el victimario nunca podrá quitarle a la víctima, como lo es su «dignidad», ejercida en plena libertad y vivida con gran esperanza, aún en medio del sufrimiento y la tribulación. Para ello es importante no ceder a la lógica del miedo. Eso es lo que busca el victimario.


Cuarto, su modo de ser no empleó palabras ni actos violentos, como tampoco apoyó actitudes ni regímenes autoritarios en su contexto. Aún más, denunció a aquellos que vivían del carrerismo religioso y practicaban la exclusión sociopolítica. Estas actitudes, muchas veces alimentadas por jerarcas y representantes de la Iglesia —como el Papa Francisco siempre nos recuerda en sus homilías diarias—, deben ser puestas de lado para poder emprender un cambio que nazca de un regreso sincero a esa praxis humanizadora que caracterizó a Jesús. Cualquier cambio ha de fijar los ojos en el estilo de vida del Nazareno. Él siempre ofrecía vida en abundancia a todos sin exclusión porque sabía ver más allá de la condición moral, socioeconómica o religiosa de los sujetos.


Podemos preguntarnos, entonces, ¿qué veían los pobres, los enfermos y los excluidos en Jesús de Nazaret, que les llamaba poderosamente la atención y lo querían escuchar? Veían su «honestidad con la realidad». A Jesús le dolía lo inhumano del entorno en el que tenían que vivir diariamente. Pero la gente también admiraba la «no violencia» con la que actuaba (Mt 5,38-48). Algo novedoso porque muchos políticos y religiosos del siglo I no lo hacían. Veían, pues, una vida que transpiraba compasión y no pedía sacrificios, poniéndose siempre al lado del otro como un hermano más. El hermano mayor.


Esta praxis no es exclusiva de los cristianos. Pertenece a todo aquél que quiera hacerse humano y apostar por una sociedad de bienestar y de justicia, antes que una de carencias y conflictos. Es de todos los que quieran luchar para no tener que padecer el peso de sociedades fracturadas, en las que no se vive, sino que se sobrevive diariamente buscando lo mínimo para poder subsistir.


Dr. Rafael Luciani

EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra