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jueves, 22 de febrero de 2018

A QUE DIOS ORAMOS

A qué Dios La verdadera oración es aquella en la que podemos decir que Dios es Padre de «todos/as», porque somos sus «hijos/as», antes que impuros o puros, pecadores o santos, ateos o creyentes, patriotas o traidores.

Haber descubierto que Dios es Padre significó para Jesús tener que aprender a hablar y a medir sus palabras con un corazón de hijo que aceptara que los otros son sus hermanos. Por ello, nunca dirigió palabras de venganza u odio contra los que no le simpatizaban; tampoco usó frases mecánicas, ni pedía la intercesión de sujetos humanos. Jesús criticó toda forma de orar que no expresara la noción de un Dios Padre que quiere el bien de «todos sus hijos/as» (Mt 6,8), y no solo de sus partidarios.
De allí que rechazara la oración hipócrita, hecha para ser vistos en público (Mt 6,5); enseñó que orar era confiar en Dios sin la arrogancia de quien se cree más cercano a Dios que otros (Lc 18,9ss) y no reconoció la oración de quien se creía justo y piadoso, o del que apenas cumplía con la visita asidua al templo.
Para Jesús, las palabras que usamos para dirigirnos a Dios ―y a los demás―, deben nacer de la compasión, que no exige nada a cambio ni enjuicia (Lc 18,13-14). Solo quien vive compasivamente puede orar por el amor al enemigo y buscar la reconciliación con el hermano. Es por ello que «no todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos» (Mt 7,21).
Las palabras que Jesús usó, y con las que oró, expresaron su confianza absoluta solo en Dios: «Abba, Padre, todo es posible para ti» (Mc 14,36); reconocía cuando algo le complacía: «Sí, Padre, tal ha sido tu beneplácito» (Mt 11,26); incluso gritó cuando sintió el peso del agotamiento: «Aparta de mí este cáliz» (Lc 22,41-42). Él siempre encontraba en la oración alivio y nunca sentía odio o resentimiento, pues no dejó de creer que la última palabra la tenía siempre Dios: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46).

Las palabras que usamos para hablar y orar revelan la imagen que tenemos de Dios. Muestran el modo sincero, o no, como vivimos. Por ejemplo, Jesús pedía que algún día «los pobres coman hasta saciarse» (Sal 22), pero para ello, no oró con cualquier palabra, ni actuó de cualquier modo. Nunca creyó en un Dios fuerte y vengativo, ni en acciones excluyentes o autoritarias. Menos aún insultó o excluyó a alguien, o idolatrizó a persona alguna. Siempre fue agradecido con Dios (Jn 11,41-42), a quien consideraba perfecto (Mt 5,48) por su inmensa bondad y compasión para con todos, buenos, malos, justos, pecadores, amigos, enemigos (Mc 10,18), porque solo así podía amar sin prejuicios y más allá de toda condición moral o política. ¿Nos hemos preguntado si creemos en el Dios Padre, compasivo y bondadoso a quien Jesús le oraba o más bien adoramos otras imágenes deformadas por una religiosidad dudosa y el discurso político que escuchamos? ¿Qué 

domingo, 11 de febrero de 2018

RESUMEN DEL MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2018


«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)

Queridos hermanos y hermanas:

Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).

Los falsos profetas.

¿Qué formas asumen los falsos profetas? Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren.  Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.

Un corazón frío

Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros? Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y… Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.

¿Qué podemos hacer?

La Iglesia, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.

El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.

El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia… Cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?

El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.

El fuego de la Pascua.

Emprendemos con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.

En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu», para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.

Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.


martes, 2 de agosto de 2016

UNA HISTORIA DE VIDA POR EL REINO DE DIOS

¿Qué sabemos de Jesús de Nazaret? El primer dato de la vida de Jesús es que nace en Belén o en Nazaret. Jesús fue descubriendo su propia vocación, Él empieza a descubrir y responder a la pregunta de toda vocación: ¿Quién soy yo? ¿Qué voy a hacer con mi vida?, ¿Qué quiere Dios de mí?

El punto central de la vocación de Jesús es el Reino de Dios, tiene unas características concretas. La primera, es que el Reino de Dios está vinculado a la persona de Jesús. La segunda característica es que Jesús subraya especialmente un aspecto: que el Reino de Dios llega para todos y llega gratuitamente. La idea de Jesús es que Dios nos quiere independientemente de cuál sea nuestra actuación. Eso es lo que significa que Dios es nuestro Padre, que es amor incondicionado y la tercera característica, consecuencia de la anterior, es que los primeros destinatarios del Reino de Dios, según Jesús, son los pobres (entendiendo por pobres, los que no tienen dinero, los que no tienen para que comer, los enfermos, marginados por la sociedad, huérfanos, viudas, prostitutas, publicanos), ¿Por qué son los primeros? Porque, en la concepción vetero-testamentaria, la riqueza es una bendición de Dios. Si la riqueza es bendición de Dios, quien es pobre no posee esa bendición. Jesús, en contra de la concepción dominante, afirma que la bendición de Dios, su Reino, esa actuación de Dios que ya está llegando, viene preferencialmente para todos aquellos que parecen estar dejados de su mano. Un ejemplo claro, se muestra en la parábola de los invitados al banquete de bodas (Mt 22,2-10) donde se mencionan algunos invitados que están convidados por su propio derecho: el pueblo judío, teóricamente cumplidor de la ley. Pero estos invitados no quieren ir al banquete, es decir, rechazan el don gratuito del amor de Dios que es el Reino. Entonces el rey manda salir a los caminos para invitar a todos, tanto a los buenos como a los malos. Todos están llamados ahora al Reino, a disfrutar del amor gratuito e incondicional de Dios. También todos los que no cumplen la ley y todos los que parecía que estaban dejados de la mano de Dios: pobres, prostitutas, pecadores, publícanos, enfermos, hasta los paganos, en fin, todos.

Algunos datos relevantes de la actuación de Jesús en referencia al Reino de Dios son:

La frecuencia y la intensidad de su oración (Padrenuestro). Cuando los discípulos, reiterativamente asombrados por la oración del Maestro, le piden que les enseñe a rezar, reciben una enseñanza original de Jesús y no habitual en el mundo judío: cuando recéis, llamad a Dios «Padre». Todo el Padrenuestro, tal como lo rezamos, saliera de labios de Jesús. Probablemente influyó en su composición también la necesidad de la comunidad primitiva de tener una oración que marcara su identidad frente a otros grupos judíos. Sin embargo, sí digo que invocar a Dios llamándose «Padre» es algo que Jesús nos enseñó, y que esa enseñanza es una forma de expresar la concepción de Jesús y de sus seguidores de que Dios es Amor incondicionado. Sin embargo, en el Padrenuestro tenemos concentrada también toda la predicación y toda la enseñanza de Jesús.

En las parábolas ciertamente Jesús anunció su mensaje. La mayor parte de las parábolas reflejan de tal manera el ambiente palestino contemporáneo de Jesús que no se puede dudar de su autenticidad. Las parábolas fueron, pues, contadas por Jesús. Su originalidad no está en que Jesús utilizara ese tipo de narraciones para impartir sus enseñanzas, pues era frecuente que los maestros en Israel enseñaran en parábolas. Gracias a las parábolas podemos conocer mucho de la personalidad de Jesús, de su cultura y de su sensibilidad. Jesús nos habla de siembra y de pesca, de viñadores y pastores, de mujeres que amasan el pan y de comerciantes en perlas, de banquetes de boda y de hijos que se marchan de casa...El mundo agricultor, pastoril y pescador de Galilea rezuma en sus historias. Desde un punto de vista literario, podemos clasificar las parábolas pronunciadas por Jesús en tres tipos. Algunas parten de realidades de la vida y de los hombres para ilustrar con ellas la actuación de Dios. Otro tipo de parábolas no parten de una realidad cotidiana, sino que son historias inventadas por Jesús, verosímiles en su contexto histórico y sociocultural, con las que también nos enseña lo que ocurre con el Reino que llega o, lo que es lo mismo, cuál es la actuación de Dios con los hombres. Un último tipo de parábolas, son aquellas con las que Jesús trata de enseñarnos una manera de actuar que nos toca ejercitar a nosotros, en respuesta al anuncio de la llegada del Reino.

Los milagros hechos por Jesús son signos de la presencia del Reino. Jesús, en último término, no hace milagros; lo que hace son signos. Más aún, la palabra «milagro» no es frecuente en el Nuevo Testamento, y algunas de las veces en que aparece lo hace en tono crítico. Cuando Jesús cura a los ciegos o a los paralíticos, lo que hace es mostrar lo que el Reino de Dios significa: que la salvación ha llegado a los enfermos, a los pobres. Cuando Jesús multiplica los panes, lo que hace es dar un signo del reino. El reino es como ese banquete donde hay para todos y sobra, donde se comparte y se vive la fraternidad.

Las comidas de Jesús, Jesús comió habitualmente con publícanos, pecadores y prostitutas. Las comidas de Jesús con estos marginados son también signo del Reino de los Cielos. Podemos decir que esas comidas de Jesús son una parábola realizada, una parábola viva, en lugar de una parábola narrada. Las comidas de Jesús son la imagen del banquete celestial y, por tanto, anuncio de la llegada inminente del Reino de Dios. Entre estas comidas del Señor hubo una muy importante, la última comida de Jesús (Le 22,14-20), en la que él, ante su muerte inminente, prevista y asumida, se despidió de los pocos que todavía creían en su anuncio y le seguían. Con ello, Jesús ofrecía su vida en
servicio al Reino por él anunciado. La Eucaristía es para los cristianos la reiteración de esa comida última de Jesús. Es su memorial, precisamente porque en ese banquete tenemos la quintaesencia de lo que fue su mensaje y su vida.

Los Discípulos, Jesús escogió discípulos como signo de la comunidad del nuevo Israel que, con la llegada inminente del Reino, se iba a iniciar. Por eso el grupo íntimo de los discípulos son doce, representantes de las doce tribus de Israel. Este grupo, liderado por Pedro, fue el grupo que, tras su muerte, recogió la herencia de Jesús en los primeros momentos con la conciencia de ser los testigos de la proeza escatológica de Dios que había tenido lugar en él.

El conflicto, Jesús tiene éxito al comienzo, es seguido al principio por sus signos, por su predicación de la inminente llegada del Reino de Dios, con la que se va a hacer presente la felicidad que todo el mundo desea. Ahora bien, enseguida la predicación de Jesús empieza a entrar en conflicto. Subrayaría tres motivos importantes para el conflicto. Primero, la llegada del Reino de Dios supone el final de la estructura política y religiosa sobre la que se mantiene Israel: la ley y el templo (Jn 11,50s.). Evidentemente, esto no es del gusto del Segundo, ¿es verdad que el Reino llega con Jesús? En torno a este punto se va a jugar la condena a muerte. ¿Es Jesús el que trae un mensaje de parte de Dios o, por el contrario, no trae tal mensaje de parte de Dios y es un impostor? Tercero, ¿es verdad que el Reino de Dios está gratuitamente ofrecido a todos, sin que lo tengamos que merecer? ¿Nos quiere Dios todo cuanto puede, independientemente de lo que hagamos? Si esto es falso, es decir, si nosotros tenemos que merecer el amor de Dios, entonces Jesús es un falso profeta. Es la misma cuestión planteada por Pablo en las cartas a los Gálatas y a los Romanos y que le llevará a la muerte. Judaísmo, ni fariseo ni saduceo.

Jesús asume el conflicto cuando decide subir a Jerusalén. Sube a Jerusalén porque todo profeta ha de manifestarse en Jerusalén. Jesús sabe que su predicación sobre la inminencia de la llegada del reino debe dejarse oír en Jerusalén. Manifestarse en Jerusalén incluye afrontar el conflicto con las autoridades. Ello provoca las deserciones entre sus seguidores. Jesús lo sabe y lo asume. Asume la muerte que prevé le va a sobrevivir: «mi vida nadie me la quita; yo la doy voluntariamente»

domingo, 5 de febrero de 2012

Vamos a otra parte. Voy a predicar también en otro lugar. Mc. 1,29-39.

En el texto se distingue con claridad los espacios donde Jesús se desenvuelve, es decir lo que es la sinagoga, la casa de Pedro y el descampado donde hizo oración. En la Sinagoga se reconoce que tiene autoridad, en la casa de Pedro Jesús es el hombre apasionado por la vida y en el descampado es el hombre orante que para estar en comunicación con el Padre no necesita del templo y las prescripciones litúrgicas o doctrinales. Por otro parte, en el evangelista se insiste que Jesús fue conocido en Galilea, por ende quienes primero reconocen la autoridad de Jesús son los pobres, y a quienes le anuncia primero la buena noticia con signos creíbles de la llegada del Reino de Dios es a los pobres. Esa es Galilea región apartada que aunque tenia posibilidad económica, buenos caminos de comunicación… era también la periferia de los pobres. “No cabe la menor duda que donde esta Jesús hay vida, se lucha por la vida. Donde esta Jesús hay amor por la vida, interés por el ser humano, pasión por la liberación de todo mal… La primera imagen que nos presenta el evangelista es que Jesús cura y sana, atento a los males y dolencia de los demás, es un hombre que difunde la vida y restaura lo que está enfermo… Jesús humaniza, libera, devuelve la alegría y da vida a todos.” Es tal la pasión de Jesús por la vida, que el sábado – día de reposo y oración- no es camisa de fuerza que lo detenga, porque para Jesús es más importante la vida que guardar formalidad de preceptos religiosos. Jesús esta dispuesto a extender su mano para levantar, signo de lo que es la resurrección y la curación total. En la oración Jesús discierne profundamente que la llegada del Reino de Dios no puede quedar regionalizada, él no va esperar que vayan a Galilea todos los pobres de la tierra; Jesús toma la firme determinación que será él que ira a los necesitados para que los conozcan y reciban los signos del Reino de Dios. Donde este el dolor humano Dios estará presente a través de hijo Jesús. Jesús no fue insensible ante el dolor humano, quiso asumir el dolor en todas sus manifestaciones, pero también al hacerse com-pasivo en el dolor se hizo enemigo de aquellos que se desentendieron de sus propios hermanos. Asumir la causa de Jesús por los pobres, es enfrentar al mal abiertamente en la mezquindad de aquellos que pasan de largo ante el dolor. El reino de Dios es una nueva época, pocos saben que ha llegado.

EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra