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miércoles, 26 de abril de 2017

¿Cómo cultivar la democracia?

El presupuesto de lo que diremos es que la democracia política no es posible, si no se cultiva asiduamente la cultura de la democracia en todos los campos de la vida, desde la relación de pareja y la vida familiar, hasta las amistades, las relaciones de trabajo y el modo de estructurarse y funcionar las distintas asociaciones, organizaciones y grupos que creamos libremente.

Ahora bien, no florecerá la cultura de la democracia, si no abrigamos la pretensión de constituirnos en auténticos sujetos humanos. Si nos atenemos a la condición de miembros de conjuntos, viviendo según las pautas establecidas en ellos, y recibiendo de ellos tanto las posibilidades como las limitaciones, si nos negamos a actuar como sujetos responsables y libres, no podremos interactuar democráticamente, ya que no vivimos desde nosotros mismos sino conductualmente, es decir, a partir de las pautas emanadas desde el poder, sea económico o político. Así pues, el sujeto es el elemento base del que tiene que partir todo.

Pero como el sujeto humano no es ensimismado sino que se constituye a través de relaciones, el ejercicio de la cultura de la democracia, si hay voluntad de vivir como sujetos, contribuirá muy significativamente en la constitución de los sujetos.

Esta es la razón de que focalicemos pormenorizadamente el tema de la cultura de la democracia. La cultura de la democracia, como es un modo determinado de relacionarse, debe abarcar todas las áreas, desde las relaciones familiares, a las escolares, las del trabajo, las de amigos y compañeros, las de participantes de una misma institución, las de convivientes en una misma ciudad, en un mismo país, en un mismo mundo. En cada área, la cultura de la democracia sufre una modulación concreta, respondiendo al nivel de realidad en que se relacionan las personas; pero en ninguna debería desaparecer, incluso en las esferas de la economía y la política, que son las más duras. Ahora bien, lo que sí es seguro es que no se manifestará nunca en éstas, si no es esmeradamente cultivada en las demás, que son, por así decir, más flexibles.

No las entendemos como notas yuxtapuestas sino como elementos que componen una estructura dinámica. Como el modo de producción determina el producto, iremos desarrollando los pasos sucesivos, que, componiéndose, forman esta cultura.


El primer paso que debe dar cada uno de los integrantes del grupo es expresarse
Se trata de sacar afuera lo que tiene respecto de lo que se trata o respecto de lo que él quiere plantear. No expresarse es ejercer violencia sobre el grupo, ya que el que se retrae está negando a los demás no sólo su aporte sino su condición de miembro personalizado del grupo. Si lo que concierne a todos debe ser discutido por todos, el que se niega a participar se está excluyendo como sujeto; pero, al permanecer en el grupo, está, por lo que al asunto concierne, desde fuera, es decir no comprometido con lo que se decida. Criticar luego, si algo salió mal, es una tremenda deslealtad.

Hoy no pocas personas viven de manera más bien conductista, sin preguntarse el por qué de las cosas que suceden a su alrededor y en las que muchas veces están de un modo u otro implicadas, y sin hacerse conscientes de las propias posiciones y por lo tanto sin hacer el esfuerzo de sopesarlas y fundamentarlas. Por eso es imprescindible el esfuerzo inicial de decidirse a decir lo que ven y sienten, porque sólo este ejercicio asiduo, irá sembrando el hábito reflexivo. Expresarse es, además, el grado mínimo de pertenencia al grupo. Es un ejercicio elemental de confianza, tanto en sí mismas como en el grupo.

Si en el punto concreto que se debate alguien no tiene nada que aportar, lo debe manifestar, aunque normalmente podrá decir con qué está más de acuerdo de lo que los demás han ido diciendo.

La actitud que se cultiva en este primer paso es la de poner en común los propios haberes, la de no reservarlos como una ventaja sobre los demás. Quien pone en común lo propio manifiesta que vive vuelto hacia ellos, abierto a ellos, con una respectividad positiva, poniendo la propia alegría en el bien de ellos, mediante la donación de lo que tiene, puede, sabe, vale y es.


El segundo paso es escuchar lo que dicen los demás
Escuchar no es simplemente oír y ni siquiera registrar lo que se va diciendo. Es oír haciéndose cargo de lo que va diciendo cada uno. En la cultura postmoderna hay una cierta propensión a expresarse, como un ejercicio de narcisismo; pero, una vez dicho lo suyo, se tiende a desentenderse. Cuando pasa eso, todo se reduce a una serie de monólogos.

No es tan fácil escuchar, porque exige salir del propio horizonte individual y abrirse a la perspectiva de las demás personas; es decir, exige que yo no esté juzgando automáticamente lo que digan los demás respecto de mi propia postura, tenida implícitamente como paradigma, sino que me abra a la de ellos, tratando de hacerme cargo de lo que quieren decir. Esto implica distinguir entre mi horizonte y el suyo, y escuchar desde su horizonte y no desde el mío.

La actitud que se cultiva en este segundo paso es el descentramiento, el ponerse en el lugar del otro, el renunciar a constituirse como el centro del mundo, la alegría de salir a otros mundos, de hacerse cargo de su modo de ver las cosas, de darles lugar en mi mundo. Escuchar personalmente es un ejercicio de fe, ya que consiste en no atenerme respecto de los demás a lo que yo observo de ellos sino también y sobre todo a lo que ellos dicen de sí o desde sí.


El tercer paso es el diálogo
Consiste en manifestar lo que se considera más oportuno de lo que se ha dicho y las coincidencias más significativas; así como en preguntarse mutuamente sobre lo dicho por cada uno, intentando aclarar lo que no se ve o manifestando lo que no se comparte. Esta reacción ante lo dicho comprende tres armónicos principales: lo que resuena, es decir lo que suena bien, porque saca a luz algo que uno llevaba en lo más genuino de su ser sin haberlo nunca expresado del todo; lo que disuena, porque contradice a algo que uno daba por asentado; y lo que no suena, o sea algo en lo que uno no había pensado y que se le da para pensar.

Este tercer paso es crucial, ya que dialogar, exponiéndose cada uno al manifestar lo que uno siente sobre lo dicho por los demás, poder preguntar para aprender y ser capaces también de disentir como compañeros, sin que en ello haya ninguna acrimonia personal, es una muestra elemental del respeto que se debe a cada uno y al grupo.

La actitud que se cultiva en este tercer paso es el diálogo en el sentido más literal y cabal de la palabra, ya que la palabra es el vehículo que va y viene entre unos y otros, la palabra razonable, portadora de sentido, inquisitiva y crítica, pero también sabedora de su limitación, la palabra abierta, incompleta, en busca de otras razones y palabras, en busca sobre todo de una verdad más cabal, la palabra que busca entender el asunto que se trae entre manos y entenderse entre sí los copartícipes.


El cuarto paso es el de buscar una postura del grupo
Si se dieron los pasos anteriores, cada uno tiene los insumos suficientes para tratar de hilar un discurso, una toma de posición o una propuesta, que sean del grupo. Podrá partirse de una o varias de las formulaciones o se la construirá tratando de articular las ideas e incluso las palabras claves que se han ido expresando, buscando consensos.

Lo fundamental en este paso es que cada uno piense, no como el individuo que es sino que se asuma como un miembro del grupo, eso sí, un miembro personalizado. Si cada quien está en esa tesitura, y no en la de buscar hacer prevalecer lo propio, no será tan difícil hallar formulaciones del colectivo.

La actitud que se ejercita en este cuarto paso es el paso de cada yo al nosotros, un nosotros en el que los yos se pierden y a la vez se encuentran. Se pierden en cuanto diferenciación de los demás y en cuanto que el todo es realmente diverso a la sumatoria de las partes. Se ganan en cuanto que el nosotros sigue siendo primera persona y primera persona incluyente porque es plural. Y es en verdad plural, si se ha intentado sincera y sagazmente integrar al máximo los aportes de cada quien en el conjunto, aunque sea trasformados. Podríamos decir que el nosotros resultante es realmente plural, si éste es, en verdad, el cuarto paso, es decir, si se han observado los anteriores. Entonces lo que resulta es un cuerpo social personalizado.


El quinto paso es encargarse cada quien de un aspecto de lo decidido
Si no se da este paso es porque los integrantes del grupo estaban en él como meros expertos, es decir desempeñando un papel del que obtienen, piensan ellos, cierta relevancia, pero no comprometiéndose personalmente.

Hay que reconocer que en los más diversos niveles de la vida social existe la propensión ambiental a descargarse en algunos, a darse por satisfechos con la participación en la obtención de los acuerdos y en su posterior celebración, pero desentendiéndose en el proceso de su ejecución, que por eso resulta frecuentemente demasiado laborioso y desgastante para los que lo asumen. Hay, pues, en este punto mucho que avanzar en nuestro medio.

Es muy significativo de que se han dado los pasos anteriores, el que personas cuyas propuestas no fueron acogidas puedan encargarse de lo que se decidió, como si lo hubieran propuesto ellas, ya que son las propuestas del cuerpo social al que pertenecen.

La actitud que se ejercita en este paso es la responsabilidad. Llevar a cabo personalmente lo decidido por el conjunto es el ejercicio de la responsabilidad asumida. Es vivir con una libertad liberada capaz de sustentar la acción de uno en cualquier estado de ánimo. Es hacer verdad esa condición de nosotros que se puso a funcionar en los pasos anteriores. Desentenderse del compromiso adquirido indica una fijación en la adolescencia, una falta de madurez, negarse a ejercer la condición de adulto con las responsabilidades anejas, con la fidelidad a la palabra dada, al compromiso adquirido.


El sexto paso es la evaluación conjunta
Es obvio que lo que se decidió entre todos, lo evalúen todos. Quien evalúa se considera y es considerado responsable de lo que se trae entre manos. Incluso, digamos, responsable último. Por eso la evaluación conjunta es el signo más fehaciente de que todos los que han participado en el asunto lo han hecho como sujetos de él. O, dicho de otra manera, que el nosotros que proyectó y ejecutó está integrado por todos los miembros del grupo.

Pero hay que reconocer que entre nosotros existe una tendencia a que la evaluación deliberativa la realice sólo un cogollo. Para los demás sólo cabe la evaluación informal, la lluvia de ideas sin ningún efecto tangible. En este caso sólo los evaluadores son los verdaderos sujetos del proyecto; los demás serían sólo colaboradores suyos. Así pues, el que todos los implicados evalúen la marcha de lo que llevan entre todos, es una prueba fehaciente de que se practica la cultura de la democracia.

La actitud que se ejercita en este paso es la conciencia crítica guiada por los objetivos propuestos. Se reafirma la trascendencia de la misión del grupo, y se relativiza el propio obrar, tanto como persona como en cuanto grupo. Habrá verdadera evaluación, si el quehacer no ha sido un ejercicio de realización personalista e institucionalista, o si la determinación de realizar la misión del grupo en cuanto magnitud trascendente es más profunda que el afán de autoafirmarse o de quedar bien.

En cuanto los miembros se afinquen en esa actitud trascendente, no les importará que les critiquen, porque lo que buscan es entregarse eficazmente a la misión, que es la razón de ser del grupo, y que, por tanto, une a sus miembros.


El séptimo paso es el procesamiento de conflictos
Puesto que somos humanos, es normal que surjan conflictos y no deberían verse como una anomalía de la que se debe salir a como dé lugar. Los conflictos deben procesarse conforme a los pasos que hemos indicado: cada parte debe expresarse con toda libertad y sin que le quede nada por dentro, y para eso hay que crear el clima adecuado; las partes deben escucharse entre sí, y para lograrlo es crucial el papel de los demás miembros del grupo, que tienen que escuchar a ambos queriendo el bien de cada uno, y queriendo, no menos, que aflore lo más genuino de la realidad. Los miembros del grupo más aceptos para las partes son los que tienen que decir a cada una lo que les parece de su postura con toda lealtad y por tanto lo que tendría que cambiar y ceder cada uno.

El que tiene la impresión de que ha procedido mal o se ha equivocado, debe sentir también de parte del grupo que se lo acepta personalmente y que el modo de procesar el conflicto se debe precisamente a lo mucho que se lo aprecia y a la confianza que tienen en su capacidad de superación.

Hay que reconocer que en la cultura ambiental tenemos una especial dificultad en procesar los conflictos. En general tendemos a callarnos lo que sentimos que no es correcto, hasta que no podemos más y explotamos y rompemos con el grupo o luchamos porque la otra parte salga de él. Ya expresamos en el tercer paso que no nos resulta fácil hacer observaciones a los demás, ni a los que consideramos amigos, porque pensamos erradamente que es un acto de deslealtad para con ellos y más en el fondo porque tememos que se enfríe la relación, ni a los que no nos caen bien, porque tememos que aflore nuestra animosidad y los otros se resientan. Por eso solemos decirnos y decir a los demás: “vamos a dejar las cosas de ese tamaño”. Hay una fragilidad personal que sólo se puede superar en el ejercicio responsable del procesamiento de conflictos. Si para nosotros lo último, que se posterga una y otra vez, es enfrentar los problemas, nunca llegaremos a ser adultos como individuos ni como sociedad.

La primera actitud que debe cultivarse para que sea posible superar positivamente los conflictos es el amor indeclinable a cada persona implicada, en el sentido preciso de buscar su bien en cada paso del proceso. La segunda es comprender que la verdad libera, aunque duela. El tercero es que cuando situaciones que se presentan como dilemáticas pueden componerse, hay que hacerlo ver y caminar en esa dirección, ayudando a cada parte a superar su postura excluyente.

Cuando sean dilemáticas, hay que hacer ver que, si hay que decidir, optar por una de las dos no implica descalificar a la persona que defiende la que se ha desechado y ni siquiera decir que su propuesta no vale. Sólo que la mayoría ve preferible la otra y que, al ponerla por obra, se verá si se estaba en lo cierto, y que hay la propensión a rectificar, si lo acordado no da el resultado previsto. En este punto la actitud que ha de cultivarse es la de combinar el comprender el asunto y comprender las motivaciones de cada persona, de manera que pueda llegarse a que las partes comprendan más integralmente el punto en cuestión y no menos que puedan llagar a entenderse entre sí.


El octavo paso es la celebración de los logros y más en general de la vida compartida
Este paso no puede faltar ya que es expresión primaria de la salud espiritual y de la calidad humana del cuerpo social. El sujeto de la celebración es el grupo como nosotros personalizado. Por eso la celebración pone al descubierto el estado en que se encuentra el grupo. A la vez que, si se realiza con una dinámica trascendente, ayuda a que el grupo crezca como cuerpo social personalizado.

Si predomina la primera dinámica, como la fiesta se limita a patentizar el verdadero estado del grupo, la celebración puede expresar su carácter jerárquico o la existencia de individualismos o de facciones. Pero también se puede realizar enfatizando la dinámica trascendente, de tal modo que quede fortalecido el carácter democrático, la relación horizontal y mutua desde los dones de cada uno, y sobre todo que quede expresado simbólicamente el horizonte trascendente hacia el que tiende el grupo y que lo unifica. Cuando se tiene en cuenta todo esto, la celebración es un momento privilegiado de comunión personalizadora.

Hay que tener en cuenta que la fiesta por su carácter desinhibido pone al descubierto lo que en la cotidianidad pasa desapercibido, pero también, si se tiene esta actitud comunional, se puede procesar superadoramente.

Hay que reconocer que la capacidad celebrativa es un punto fuerte en nuestro ambiente, sobre todo en los medios populares, y que por eso hay que actuarla de la manera más dinámica y trascendente posible.

La actitud que ha de cultivarse en este punto es la de comunión conjunta con todos los implicados y con la meta que los une y vivifica. Lo que se celebra en el fondo es la presencia de la trascendencia en la historia, la presencia de lo definitivo en lo que va fluyendo. Se sabe que los logros son siempre limitados, pero en ellos se expresa algo de la fraternidad trascendente, y los convocados se van encontrado hermanos, en medio de tantas limitaciones y desencuentros.

Esa entrega a la gracia de la fiesta que acontece, expresa la docilidad fundamental a lo que de santo late en la vida histórica. Esta salida de sí confiada para encontrarse en ese anticipo de la trascendencia es la actitud que hay que cultivar para participar de la gracia de la fiesta.



martes, 2 de agosto de 2016

UNA HISTORIA DE VIDA POR EL REINO DE DIOS

¿Qué sabemos de Jesús de Nazaret? El primer dato de la vida de Jesús es que nace en Belén o en Nazaret. Jesús fue descubriendo su propia vocación, Él empieza a descubrir y responder a la pregunta de toda vocación: ¿Quién soy yo? ¿Qué voy a hacer con mi vida?, ¿Qué quiere Dios de mí?

El punto central de la vocación de Jesús es el Reino de Dios, tiene unas características concretas. La primera, es que el Reino de Dios está vinculado a la persona de Jesús. La segunda característica es que Jesús subraya especialmente un aspecto: que el Reino de Dios llega para todos y llega gratuitamente. La idea de Jesús es que Dios nos quiere independientemente de cuál sea nuestra actuación. Eso es lo que significa que Dios es nuestro Padre, que es amor incondicionado y la tercera característica, consecuencia de la anterior, es que los primeros destinatarios del Reino de Dios, según Jesús, son los pobres (entendiendo por pobres, los que no tienen dinero, los que no tienen para que comer, los enfermos, marginados por la sociedad, huérfanos, viudas, prostitutas, publicanos), ¿Por qué son los primeros? Porque, en la concepción vetero-testamentaria, la riqueza es una bendición de Dios. Si la riqueza es bendición de Dios, quien es pobre no posee esa bendición. Jesús, en contra de la concepción dominante, afirma que la bendición de Dios, su Reino, esa actuación de Dios que ya está llegando, viene preferencialmente para todos aquellos que parecen estar dejados de su mano. Un ejemplo claro, se muestra en la parábola de los invitados al banquete de bodas (Mt 22,2-10) donde se mencionan algunos invitados que están convidados por su propio derecho: el pueblo judío, teóricamente cumplidor de la ley. Pero estos invitados no quieren ir al banquete, es decir, rechazan el don gratuito del amor de Dios que es el Reino. Entonces el rey manda salir a los caminos para invitar a todos, tanto a los buenos como a los malos. Todos están llamados ahora al Reino, a disfrutar del amor gratuito e incondicional de Dios. También todos los que no cumplen la ley y todos los que parecía que estaban dejados de la mano de Dios: pobres, prostitutas, pecadores, publícanos, enfermos, hasta los paganos, en fin, todos.

Algunos datos relevantes de la actuación de Jesús en referencia al Reino de Dios son:

La frecuencia y la intensidad de su oración (Padrenuestro). Cuando los discípulos, reiterativamente asombrados por la oración del Maestro, le piden que les enseñe a rezar, reciben una enseñanza original de Jesús y no habitual en el mundo judío: cuando recéis, llamad a Dios «Padre». Todo el Padrenuestro, tal como lo rezamos, saliera de labios de Jesús. Probablemente influyó en su composición también la necesidad de la comunidad primitiva de tener una oración que marcara su identidad frente a otros grupos judíos. Sin embargo, sí digo que invocar a Dios llamándose «Padre» es algo que Jesús nos enseñó, y que esa enseñanza es una forma de expresar la concepción de Jesús y de sus seguidores de que Dios es Amor incondicionado. Sin embargo, en el Padrenuestro tenemos concentrada también toda la predicación y toda la enseñanza de Jesús.

En las parábolas ciertamente Jesús anunció su mensaje. La mayor parte de las parábolas reflejan de tal manera el ambiente palestino contemporáneo de Jesús que no se puede dudar de su autenticidad. Las parábolas fueron, pues, contadas por Jesús. Su originalidad no está en que Jesús utilizara ese tipo de narraciones para impartir sus enseñanzas, pues era frecuente que los maestros en Israel enseñaran en parábolas. Gracias a las parábolas podemos conocer mucho de la personalidad de Jesús, de su cultura y de su sensibilidad. Jesús nos habla de siembra y de pesca, de viñadores y pastores, de mujeres que amasan el pan y de comerciantes en perlas, de banquetes de boda y de hijos que se marchan de casa...El mundo agricultor, pastoril y pescador de Galilea rezuma en sus historias. Desde un punto de vista literario, podemos clasificar las parábolas pronunciadas por Jesús en tres tipos. Algunas parten de realidades de la vida y de los hombres para ilustrar con ellas la actuación de Dios. Otro tipo de parábolas no parten de una realidad cotidiana, sino que son historias inventadas por Jesús, verosímiles en su contexto histórico y sociocultural, con las que también nos enseña lo que ocurre con el Reino que llega o, lo que es lo mismo, cuál es la actuación de Dios con los hombres. Un último tipo de parábolas, son aquellas con las que Jesús trata de enseñarnos una manera de actuar que nos toca ejercitar a nosotros, en respuesta al anuncio de la llegada del Reino.

Los milagros hechos por Jesús son signos de la presencia del Reino. Jesús, en último término, no hace milagros; lo que hace son signos. Más aún, la palabra «milagro» no es frecuente en el Nuevo Testamento, y algunas de las veces en que aparece lo hace en tono crítico. Cuando Jesús cura a los ciegos o a los paralíticos, lo que hace es mostrar lo que el Reino de Dios significa: que la salvación ha llegado a los enfermos, a los pobres. Cuando Jesús multiplica los panes, lo que hace es dar un signo del reino. El reino es como ese banquete donde hay para todos y sobra, donde se comparte y se vive la fraternidad.

Las comidas de Jesús, Jesús comió habitualmente con publícanos, pecadores y prostitutas. Las comidas de Jesús con estos marginados son también signo del Reino de los Cielos. Podemos decir que esas comidas de Jesús son una parábola realizada, una parábola viva, en lugar de una parábola narrada. Las comidas de Jesús son la imagen del banquete celestial y, por tanto, anuncio de la llegada inminente del Reino de Dios. Entre estas comidas del Señor hubo una muy importante, la última comida de Jesús (Le 22,14-20), en la que él, ante su muerte inminente, prevista y asumida, se despidió de los pocos que todavía creían en su anuncio y le seguían. Con ello, Jesús ofrecía su vida en
servicio al Reino por él anunciado. La Eucaristía es para los cristianos la reiteración de esa comida última de Jesús. Es su memorial, precisamente porque en ese banquete tenemos la quintaesencia de lo que fue su mensaje y su vida.

Los Discípulos, Jesús escogió discípulos como signo de la comunidad del nuevo Israel que, con la llegada inminente del Reino, se iba a iniciar. Por eso el grupo íntimo de los discípulos son doce, representantes de las doce tribus de Israel. Este grupo, liderado por Pedro, fue el grupo que, tras su muerte, recogió la herencia de Jesús en los primeros momentos con la conciencia de ser los testigos de la proeza escatológica de Dios que había tenido lugar en él.

El conflicto, Jesús tiene éxito al comienzo, es seguido al principio por sus signos, por su predicación de la inminente llegada del Reino de Dios, con la que se va a hacer presente la felicidad que todo el mundo desea. Ahora bien, enseguida la predicación de Jesús empieza a entrar en conflicto. Subrayaría tres motivos importantes para el conflicto. Primero, la llegada del Reino de Dios supone el final de la estructura política y religiosa sobre la que se mantiene Israel: la ley y el templo (Jn 11,50s.). Evidentemente, esto no es del gusto del Segundo, ¿es verdad que el Reino llega con Jesús? En torno a este punto se va a jugar la condena a muerte. ¿Es Jesús el que trae un mensaje de parte de Dios o, por el contrario, no trae tal mensaje de parte de Dios y es un impostor? Tercero, ¿es verdad que el Reino de Dios está gratuitamente ofrecido a todos, sin que lo tengamos que merecer? ¿Nos quiere Dios todo cuanto puede, independientemente de lo que hagamos? Si esto es falso, es decir, si nosotros tenemos que merecer el amor de Dios, entonces Jesús es un falso profeta. Es la misma cuestión planteada por Pablo en las cartas a los Gálatas y a los Romanos y que le llevará a la muerte. Judaísmo, ni fariseo ni saduceo.

Jesús asume el conflicto cuando decide subir a Jerusalén. Sube a Jerusalén porque todo profeta ha de manifestarse en Jerusalén. Jesús sabe que su predicación sobre la inminencia de la llegada del reino debe dejarse oír en Jerusalén. Manifestarse en Jerusalén incluye afrontar el conflicto con las autoridades. Ello provoca las deserciones entre sus seguidores. Jesús lo sabe y lo asume. Asume la muerte que prevé le va a sobrevivir: «mi vida nadie me la quita; yo la doy voluntariamente»

EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra