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domingo, 5 de enero de 2014

¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido?


Mateo 2, 1-12

“... Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino...”

La Epifanía es la manifestación pública de la salvación traída por Jesús, Rey universal. Mateo ilumina el relato bíblico con algunos elementos históricos y con referencias del Antiguo Testamento (Is 60, 1-6; Nm 23-24; 1 Re 10, 1-13; Miq 5, 1), y nos habla de una revelación extraordinaria que conduce a los Magos o sabios a descubrir al Rey de los Judíos, como Rey del universo.

Respecto a los Magos, sólo en el siglo V fue fijado su número (en base a los dones ofrecidos) y en el siglo VIII les fueron dados los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. Pero para Mateo, los Magos son personajes ilustres, primicia de los paganos, que exaltan la dignidad de Jesús, protagonista del evangelio: ellos lo buscan («¿Dónde está el rey de los Judíos, que acaba de nacer?»: v. 2), reconocen al Mesías («Postrándose en tierra lo adoraron»: v. 11) y apreciaron su sencillez y pobreza («Abrieron sus cofres y le ofrecieron oro (al rey), incienso (a Dios) y mirra (al hombre)»: v. 11bc). Por el contrario, Herodes y Jerusalén se turban ante la noticia del nacimiento del Mesías (v. 3) y lo buscan para matarlo.

El niño nacido en Belén es el portador de la buena nueva. Pero asume, sin embargo, el rostro de un prófugo, porque se ve obligado a huir a Egipto. Es el Mesías buscado y rechazado, porque su bandera será la cruz. Jesús es signo de contradicción: marginado por su pueblo y buscado con esperanza por los de lejos. Belén, entonces, será la nueva Sión, la ciudad universal de las naciones (vv. 5-6. 8), y Jerusalén será descartada. El nuevo pueblo de Dios, heredero de las antiguas promesas, es la continuación del antiguo, pero estará formado por todos aquellos que buscan y reconocen «la estrella de la mañana» (2 Pe 1, 19) con disponibilidad interior.
Impresiona tomar conciencia de lo que el evangelista  y su comunidad han descubierto: el Mesías esperado es aceptado por los “paganos”, que no se escandalizan de su pobreza y humildad; al contrario, los doctores de la Ley, los especialistas en el Escritura, no le reconocen. ¡Tremenda paradoja de Israel que ha esperado durante tanto tiempo el don de un Salvador y ahora no le reconoce! Esperaban y deseaban “otro estilo” de Salvador; sus propios esquemas le traicionan y le pueden.

Una cosa está clara: ante Dios no hay acepción de personas; aquí caen las barreras del particularismo judío y se afirma el universalismo de la salvación que se ofrece a todos sin distinción. Dios, que ha ido preparando esta revelación a través de la historia, ahora sorprende a propios y extraños con el acontecimiento del Hijo amado, ofrecido a cuantos le “BUSCAN” con sincero corazón, porque “hemos visto salir su estrella y venimos...” (. 2): ésta es la actitud que autentifica la postura de búsqueda que el corazón humano ha vivido a través de los tiempos.

Es hermoso descubrir las dos dimensiones que este día nos destaca: Dios y su don abierto a TODOS, sin exclusión alguna; y lo encuentran los que le BUSCAN con sincero corazón. No es, pues, cuestión de “saber mucho” (los letrados sabían y no se encontraron con Él), sino esperar y buscar con corazón sincero y despierto. He aquí el secreto que hoy se me (nos) recuerda con fuerza, para no “quedarme fuera” y “perdido”. ¡Cuántos hombres y mujeres en nuestra cultura, cercana a nosotros, confunden el “saber algunas cosillas” acerca de Él, con la búsqueda sincera y despierta que lleva al “encuentro” con el Niño! Sólo ahí se hace plena la salvación. Hermano/a, ¿cómo sigue tu búsqueda? ¿Es sincera y con corazón despierto? ¡Felicidades a todos/as los BUSCADORES de Dios!

lunes, 19 de diciembre de 2011

REFLEXION SOBRE LA NAVIDAD

LA HUMILDE COMPASION DE DIOS

Las informaciones de los medios, las cadenas de televisión, nos van poniendo ojos para mirar lo de arriba, lo que cuenta, lo que vale, lo que impera... mientras que Belén tira de nosotras hacia abajo, nos pone ojos para lo que no aparece, lo que no cuenta, lo que casi no se ve. En tiempos de desplazamientos forzosos para millones de seres humanos, en la era de la tecnología y de la comunicación virtual, somos invitadas a mirar el revés de la historia para encontrar salvación, a buscarla bajo el signo de la debilidad, en un entorno prepotente.
En esta tremenda y hermosa historia, de la que formamos parte, necesitamos ubicarnos bien. No sólo con la cabeza, que ahí lo tenemos más o menos claro, sino con nuestra sensibilidad, con nuestros modos de hablar y de mirar, con aquello que dejamos que toque y afecte a nuestras vidas. Para el pueblo guaraní de la Amazonía la sabiduría es «sentir el tiempo». Navidad tendría que ser un tiempo para volvernos hacia el interior en medio de la agitación, mirar adentro y dejarnos preguntar: ¿Presto atención a la historia que vivimos, a sus dolores y a su belleza? ¿Reconozco sus poderes y la vida vulnerable de Dios alumbrándose en ella, a pesar de todo?
En Navidad somos iniciados a sentir el tiempo de un modo nuevo, a hacernos amigas de él; a nombrar y acompañar el tiempo que me toca vivir. Cada momento esconde su perla, y es muy hermoso si podemos llegar a descubrirla. Necesitamos recuperar la fuerza del hoy de Dios para con nosotras, asentir y poder reconocer el tiempo de su venida en tiempos de desplazamientos. Sus pasos los percibimos mientras llega y cuando ya ha pasado, y la historia es el rumor de esos pasos. Venimos hacia Él cuanto más nos adentramos hacia el fondo de nosotros mismos y de la realidad.
A mayor enraizamiento en el tiempo que nos toca vivir, tanta mayor capacidad de ser sorprendidas en los lugares de abajo de la historia y sentir que es precisamente allí donde la vida nos va madurando.

La vida entera se hace pesebre

Dios nos invita a mirar la realidad, a recibirla, desde aquellos que no tienen sitio, para los que no hay lugar en la posada. Es allí donde Jesús nace. Nace al borde del camino, de unos padres que estaban en camino, buscando grietas en nuestras sociedades para darse a luz a través de nosotras. Jung decía: «tan sólo somos el establo donde nace Dios». Un establo suele oler mal: hay estiércol mezclado con paja y heno. Es una imagen simbólica de nuestro interior... y del interior de nuestras sociedades. Todo aquello que hemos reprimido: necesidades, agresividades, las aristas que ocultamos, lo no aceptado, lo no reconciliado... está allí abajo.
Necesitamos abrirnos, hacernos permeables, a veces nos abrimos a través de las heridas. El establo está sin defensas; por eso entran las lluvias y también el frío; pero es precisamente en la apertura de su pobreza donde ocurre el nacimiento de la vida. En los subterráneos, en los submundos de las ciudades y de sus gentes, en los lugares donde huele mal, acontece desde aquella noche la manifestación de la gloria de Dios, el perfume de su compasión. Sea cual sea el tipo de pobreza que marca la vida de las personas (material, psicológica, de sentido...), esa carencia les empuja hacia el pesebre; y quien se acerca a ellos se acerca al Niño, aun sin saberlo.
En la presencia de este Niño todo es aceptado, todo encuentra su sitio. Nada se rechaza. Lo sucio y lo que no cuenta, lo despreciable, lo mal mirado... pierde su aspecto desagradable y se unge de calidez y suavidad. Todo queda transformado por la irradiación de la luz que emerge desde dentro; y hay mucho más sitio del que podríamos llegar a imaginar, y mucha dignidad y mucha belleza.
«Cuando el hijo ha nacido, toda alma es María», decía Eckhart. Convertirnos en madre es estar profundamente abiertos, sin mostrar resistencias, en una creciente receptividad. Hacernos puro sitio, pura capacidad; y la vida entera es pesebre, cueva, espacio sin fondo donde acoger el desplegarse de uno mismo y de los otros, porque si no nos acogemos en lo pequeño, ¿cómo vamos a saber acogernos en lo grande?

Las puertas de la humildad

Cuando Dios se manifiesta, aparece la humanitas, la humanidad (Tito 3,4-7). Humanus no es únicamente humano; humanus significa también ternura. Una persona humana es una persona tierna. Apareció un niño. Y Pablo dice: apareció la ternura y la dulzura de Dios que salva. La verdadera compasión sabe de esta ternura y de esta reverencia ante el otro; no es únicamente una cualidad del modo de ser de Dios, sino el Ser mismo que Él es. El que se da amorosa y delicadamente, el que para darse desciende siempre más abajo, está abajo. Dios toma el camino de la humillación, se hace tierra fértil: posibilitador de todo lo que existe, crea y se retira para dejarnos ser.
El «sí» de María, su modo libre de consentir, abre las puertas a esta humildad compasiva de Dios. Como el sí en el que nos ofrecemos a nosotras mismas, cuando asumimos la propia vida en su espesor, en su ambigüedad, con los avatares de su historia, y también con toda su belleza y sus posibilidades aún por estrenar. Para llegar hasta nosotras, para ofrecer el sí de Dios al mundo, Jesús cruzó las puertas de la humildad amorosa, y el mismo camino nos está abierto a nosotras para llegar a Él. En el libro de la Sabiduría hay una descripción muy hermosa: «Un silencio sereno lo envolvía todo / y al mediar la noche su carrera / tu Palabra todopoderosa / vino desde el trono real de los cielos...» (Sab 18,14). En la noche, en el silencio, vino superando toda expectativa, toda razón, aun toda sabiduría, porque no vino «como guerrero implacable... llevando una espada acerada...» (Sab 18,15). No vino como luchador, sino como niño; no vino armado, sino desarmado, entregado y abandonado a nuestras manos. El que tiene todo el poder y el honor se muestra despojado de poderes y de honores. La Palabra enmudece. El desvalimiento de un niño se parece al desvalimiento de un hombre sometido y despojado de todo en una cruz. Allí tampoco habla ni se defiende: los brazos del niño suscitan amor; los brazos del crucificado lo piden también sin pronunciar palabra. Ambos esperan que alguien responda y diga: «Sí».

Pacificados en nuestras ansias

Jean Vanier convive en su comunidad del Arca con personas que presentan discapacidades, y estas relaciones lo han acercado más al fondo de la vida, al fondo de Dios. Él lo expresa así: «Durante más de treinta años he estado compartiendo mi vida con hombres y mujeres discapacitados, a veces con una profunda discapacidad. Y día tras día descubro esta verdad: nos necesitamos unos a otros. Comprendemos con facilidad que alguien débil necesite de alguien fuerte, pero nos cuesta más entender que alguien fuerte necesite exactamente igual de alguien débil... Necesitamos personas que sean pequeñas y vulnerables»
Es increíble que la pequeñez y la vulnerabilidad sean las tarjetas de visita de Dios. La Navidad es el memorial de esta verdad, que una y otra vez se nos olvida. No nos tiende la mano desde arriba, sino que se muestra necesitado desde abajo. Nos ayuda desde la debilidad. Está él también envuelto en flaqueza (Hb 3,18); como si no hubiera otro modo de poder ser compasivos. Los primeros testigos de este intercambio fueron unos pastores. Sospechosos por sus contemporáneos de hacer trampas, y no bien vistos, ellos reciben con asombro una nueva visión sobre la realidad, sobre ellos mismos, sobre sus imágenes de Dios. Su única riqueza para recibir esto es su receptividad, el tener que velar por la noche los tiene en estado de atención. Vigilantes para que los ladrones y los lobos no dañen a sus ovejas, ellos están despiertos mientras otros duermen. Mantienen sus ojos abiertos y se ofrecen calor y compañía. En un primer momento, recibir de golpe tanta luz les ciega, y el miedo se apodera de ellos. Siempre que tenemos posibilidad de más luz en nuestra vida, rondan también los miedos. Ver de nuevo, ver otras cosas distintas de aquello que creíamos ver, que nos hemos acostumbrado a ver, es también nacer de nuevo, y toda transformación se encuentra bloqueada por el miedo. Al lado del miedo, dentro de su concha, la perla de la alegría aguardando a ser descubierta. Necesitamos despertar al pastor interior que hay en nosotras, nuestra capacidad de atención a la vida, de buscar con otros, de dejarnos sorprender...
La luz y la voz ponen a los pastores en marcha. Preciosas mediaciones que movilizan su búsqueda y encaminan con ligereza sus vidas hacia el encuentro. Las señales son mínimas, cotidianas, demasiado sencillas: un niño, unos pañales, un lugar que frecuentan animales... ¿No habrían visto nacer a otros niños de noche y en condiciones de pobreza? ¿Por qué aquel iba a ser diferente? ¿Cómo podría ese indefenso niño traer tanta alegría, tanto amor, tanta paz...? Precisan ir juntos para descubrirlo: «Vamos a Belén a ver» (Lc 2,15). Hay mucho que ver en Belén, pero no todas las miradas pueden recibirlo. Hay miradas opacas que no se alegrarán, y miradas desconfiadas que no lo entenderán. Sólo las miradas y las pisadas de los pobres y pequeños se admirarán, y la paz del corazón será su recompensa. Una paz que, desde ellos, desbordará.
En Belén somos pacificados de nuestras ansias de hacer más y de conseguir más, de nuestras ansias de poder y de retener; y si permanecemos en silencio allí, ante el niño acostado en el pesebre, brotará en nosotras un deseo hondo de ser; de ser aquello que somos ya en el rostro abierto de aquel Niño. Un deseo de honrar cada existencia y de bajar a mirar ese lugar interior no profanado en cada persona, el lugar de su niñez y de su paz. Dichosos nosotros si podemos gustar y abrazar la paz del corazón que trae este Niño y ofrecerla anchamente para que otros puedan también recibir su don; sin defensas, sin precios, sin temores.

Solamente es un niño

Emociona sentir que también Jesús fue un niño como nosotros. Solamente un niño. Celebrar la Navidad, honrar y reverenciar el nacimiento de Jesús, tiene que ver también con poder honrar nuestras raíces y nuestro modo concreto de acontecer. Todas nacemos formando parte de una red de relaciones que se va ensanchando a lo largo de la vida: nuestra familia de origen, los demás parientes, las relaciones que libremente vamos estableciendo... Jesús pasa también por estas redes y las asume. En su árbol genealógico no sobra nadie (cf. Mt 1,1-16), y las mujeres que aparecen en él dan cuenta de hasta qué punto nuestra vida está mezclada, y cada color, aun los de tonos más oscuros, y cada sabor y cada rostro tienen su aporte en nuestra historia de salvación.
Es muy importante en esta historia dar un sitio a todos los que forman parte de nuestra familia de origen, no excluir a nadie. Dar su nombre y su lugar a todos aquellos que, a su vez, hicieron sitio por nosotras y nos sostienen desde atrás. Nuestro primer don es la vida que recibimos: no nos pertenece, otros nos la han dado. « ¿De qué me serviría si Jesucristo hubiera nacido de Dios y yo no? –se preguntaba Eckhart¬; la misma vida divina que late en el hombre Jesús late también en nosotros», y nuestro destino es experimentar esta vida.
Dios aparece como niño, mostrándonos que la verdadera dimensión del ser humano es hacerse niño. Desbloquear en nosotras las fuentes de la inocencia y de la bondad. Para un niño todo es posible, es una inmensa e interminable disponibilidad. «En una carne espiritual callosa, fosilizada, endurecida, Dios no puede vibrar. Dios vibra siempre en lo tierno. La Navidad evoca en nosotros aquel niño que fuimos y aquel niño en el que, cuando soñamos, todavía captamos la presencia de Dios... El niño es un ojo abierto y maravillado ante esta Presencia».

Como ciegos tocados por la luz

En los orígenes de Jesús, ya en sus primeras etapas, comienza a hacerse el boceto de lo que se va a desarrollar después. En torno a él se mueven personajes oscuros, y otros tocados por la luz. Los que no son capaces de verlo serán ahora también los que acabarán rechazándolo al final. Siempre me ha impactado esta afirmación del prólogo de Juan: «vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11); y pensar que también Herodes, y los fariseos, y el sumo sacerdote, eran de los suyos... A veces he caído en la tentación de creerme del lado de los que lo recibieron; pero si miro de verdad mi vida, hay tantas zonas en las que no he sabido recibirlo aún... Más bien querría sumarme a aquellos que, habiendo sido tocados por la luz, regaladamente, aún ven a los hombres como árboles (Mc 8,24) y siguen necesitando que él toque sus ojos de nuevo cada vez.
En la liturgia de la Navidad, san Esteban, san Juan, los santos inocentes... son imágenes de luz que se arrodillan en torno al pesebre; frente a ellos, la dura noche y la ceguera, y la luz se proyecta hacia la cruz. Desde el principio la vida del niño se encuentra amenazada. El antiguo orden no quiere ceder sus poderes y debe mantener a Dios en su lugar. Como los magos, también nosotras nos dirigimos primeramente a los palacios de nuestra sociedad del bienestar y a los herodes contemporáneos, hasta que nos damos cuenta de que allí no encontramos lo que vamos buscando, que allí se anula y se anestesia la vida; esa vida de Dios que quiere crecer en nosotros. Sólo cuando nuestros ojos se abren, como se abrieron los cofres de los magos ante el Niño, descubrimos asombradas que no hay nada que no sea su epifanía; que no es que Dios no se manifieste, sino que nos faltan ojos para descubrirlo. Los magos de Oriente son el símbolo de tantos hombres y mujeres que en cualquier parte del mundo, desde otras sendas y tradiciones espirituales, se preguntan, buscan y caminan. El oro del amor, el incienso de nuestros anhelos y la mirra de nuestros dolores y de aquello que sana las heridas, son entregados al que nos lo ha dado todo primero.
Una vez que la luz del Niño nos toca, ya no podemos seguir por el mismo camino; el camino de la epifanía –el camino de la compasión– es ahora el nuestro: descubrir el amor y manifestarlo. Descubrirlo donde no esperábamos y llevarlo a otros por donde aún no sabemos. Como ciegos tocados por una luz que nos indica los modos: en vulnerabilidad, en pobreza, en humildad, en alegría.
Dice el escritor africano Sobonfu Somé: «El nacimiento es la llegada de alguien venido de fuera que debe sentirse bienvenido. Es necesario que tenga la impresión de llegar a un lugar donde los seres humanos están preparados para recibir sus dones»
«En esta noche de Navidad
podemos abrazar sin miedo toda la realidad de nuestro mundo,
ofreciendo a la vez el ruido ensordecedor de todos los actos
de destrucción, de violencia o de odio que agitan el mundo,
y el imperceptible rumor de los innumerables gestos de amor,
de vida compartida, de don de sí,
seguros de que nuestro mundo está salvado.
Entonces, en el silencio del corazón de Dios,
contemplaremos maravillados
cómo acontece esta fantástica transformación
en la que todo el poder de salvación
que contienen esos gestos de amor se libera
y envuelve el mundo con un manto invisible,
como un bálsamo vivificante derramado sobre sus heridas.
Y nuestros labios susurrarán: “Mundo, feliz Navidad”».

jueves, 17 de septiembre de 2009

"¿De qué discuten por el camino?"

Texto Mc 9,30-37
30 Y saliendo de allí, iban caminando por Galilea; él no quería que se supiera, 31 porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: "El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará."

32 Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle. 33 Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntaba: "¿De qué discutíais por el camino?" 34 Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor.

35 Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: "Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos."

36 Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: 37 "El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado.”


REFLEXIÓN

30 Y saliendo de allí, iban caminando por Galilea; él no quería que se supiera, 31 porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: "El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará." 32Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle.

Mientras van de camino Jesús tiene un profundo interese en sus discípulos, tanto así que la instrucción es en privado.

Los discípulos no terminan de entender el camino del autentico mesías, a pesar de que el tema ya había sido abordado (cf. Mc 8,27-35). El mismo evangelista deja en claro en el versículo 32 la resistencia a entender el destino del Hijo del Hombre.

En el versículo 31, Jesús hace una ampliación con respeto a los agentes homicida del hijo del hombre, es decir en Mc 8, 31 los homicidas son las autoridades (Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días.), ahora son todos los hombres (El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán…), ya no se reduce a una clase, sino que involucra a todos.

Jesús no busca en ningún momento desanimar a sus discípulos al insistir tanto sobre el tema de la muerte; en fondo busca dar calma a la angustia, al miedo y resistencia de sus discípulos, dándoles a entender que la muerte no es amenaza ni fracaso porque “a los tres días de haber muerto resucitara”

El tener miedo a preguntar es porque las expectativas de un triunfo real del mesías no se corresponden a una vida después de la muerte.

33 Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntaba: "¿De qué discutíais por el camino?" 34 Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor.

La casa en Cafarnaúm no es solo lugar de descanso, sino que también es lugar de sinceridad, ya que las palabras de Jesús no se correspondían con las ambiciones del grupo que van en una dirección totalmente opuesta. Jesús habla del triunfo del Dios de la vida sobre la muerte, ellos del triunfo del hombre sobre el hombre que genera más muerte, al creerse el mayor de todos.

35 Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: "Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos."

El gesto de sentarse indica un lugar estable para la palabra del maestro, que serán la máxima que debe seguir el autentico discípulo: "Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos." Tengamos muy en cuenta, que cuando ha ocurrido una auténtica negación de sí mismo y se toma la cruz para ganar la vida, el signo externo del discipulado es el servicio a todos haciéndose el último. El último no tiene proyecto triunfalista, el último no piensa de manera jerárquica sino circular, el último ve primero al prójimo, el último siempre estará detrás del maestro y nunca intenta ocupar su puesto, el último…….. (Complete usted).

36 Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: 37 "El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado.”

Es muy llamativo que el niño estaba junto a él, a su lado, Jesús no lo llama. El niño es modelo para los discípulos. Los niños no tenían influencia en la sociedad y dependían de sus padres. Desde lo más profundo de su ser, Jesús invita a sus discípulos a no depender de sus proyecto reformadores para sus pueblo, sino que busquen depender de aquel que lo ha enviado, y así podrán ser presencia de Jesús y del Padre.

En rigor, con los vv 35-37 Jesús propone una comunidad alternativa, que está al margen del prestigio, el poder y la verdad absoluta. Nuestra historia humana, nos ha dicho siempre que el tener el poder generan el prestigio de ser el primero, y por tanto creerse portador de una verdad absoluta y libertaria. Las palabras de Jesús van en sentido contrario, y por eso trastocan los esquemas de las sociedades. La norma es clara: "Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos.", pero también es desconcertante.

Ojo, cuidado que esta norma no debe en ningún momento confundirse con aquellos de ser “servidores del pueblo” ya que ese es lema de políticos y politiqueros, porque el servicio para un político es rentabilidad sea de votos u otra cosa (no niego que pueden haber sus excepciones, pero son muy, muy, muy raras). El servicio discipular carece de rentabilidad, el servicio discipular es entrega incondicional y desinteresada.

Estimado (a) lector (a), cuando vivimos esta norma del discipulado hacemos que este mundo sea para el más pequeño su casa, esto dependerá de lo que hemos discutimos por el camino de nuestra vida y de nuestra historia. Nunca olvide lo que usted es ahora es gracia a otros que han pasado por tu vida haciéndose los últimos. Cuídense nos encontraremos mientras vamos de camino.

EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra