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lunes, 19 de diciembre de 2011

REFLEXION SOBRE LA NAVIDAD

LA HUMILDE COMPASION DE DIOS

Las informaciones de los medios, las cadenas de televisión, nos van poniendo ojos para mirar lo de arriba, lo que cuenta, lo que vale, lo que impera... mientras que Belén tira de nosotras hacia abajo, nos pone ojos para lo que no aparece, lo que no cuenta, lo que casi no se ve. En tiempos de desplazamientos forzosos para millones de seres humanos, en la era de la tecnología y de la comunicación virtual, somos invitadas a mirar el revés de la historia para encontrar salvación, a buscarla bajo el signo de la debilidad, en un entorno prepotente.
En esta tremenda y hermosa historia, de la que formamos parte, necesitamos ubicarnos bien. No sólo con la cabeza, que ahí lo tenemos más o menos claro, sino con nuestra sensibilidad, con nuestros modos de hablar y de mirar, con aquello que dejamos que toque y afecte a nuestras vidas. Para el pueblo guaraní de la Amazonía la sabiduría es «sentir el tiempo». Navidad tendría que ser un tiempo para volvernos hacia el interior en medio de la agitación, mirar adentro y dejarnos preguntar: ¿Presto atención a la historia que vivimos, a sus dolores y a su belleza? ¿Reconozco sus poderes y la vida vulnerable de Dios alumbrándose en ella, a pesar de todo?
En Navidad somos iniciados a sentir el tiempo de un modo nuevo, a hacernos amigas de él; a nombrar y acompañar el tiempo que me toca vivir. Cada momento esconde su perla, y es muy hermoso si podemos llegar a descubrirla. Necesitamos recuperar la fuerza del hoy de Dios para con nosotras, asentir y poder reconocer el tiempo de su venida en tiempos de desplazamientos. Sus pasos los percibimos mientras llega y cuando ya ha pasado, y la historia es el rumor de esos pasos. Venimos hacia Él cuanto más nos adentramos hacia el fondo de nosotros mismos y de la realidad.
A mayor enraizamiento en el tiempo que nos toca vivir, tanta mayor capacidad de ser sorprendidas en los lugares de abajo de la historia y sentir que es precisamente allí donde la vida nos va madurando.

La vida entera se hace pesebre

Dios nos invita a mirar la realidad, a recibirla, desde aquellos que no tienen sitio, para los que no hay lugar en la posada. Es allí donde Jesús nace. Nace al borde del camino, de unos padres que estaban en camino, buscando grietas en nuestras sociedades para darse a luz a través de nosotras. Jung decía: «tan sólo somos el establo donde nace Dios». Un establo suele oler mal: hay estiércol mezclado con paja y heno. Es una imagen simbólica de nuestro interior... y del interior de nuestras sociedades. Todo aquello que hemos reprimido: necesidades, agresividades, las aristas que ocultamos, lo no aceptado, lo no reconciliado... está allí abajo.
Necesitamos abrirnos, hacernos permeables, a veces nos abrimos a través de las heridas. El establo está sin defensas; por eso entran las lluvias y también el frío; pero es precisamente en la apertura de su pobreza donde ocurre el nacimiento de la vida. En los subterráneos, en los submundos de las ciudades y de sus gentes, en los lugares donde huele mal, acontece desde aquella noche la manifestación de la gloria de Dios, el perfume de su compasión. Sea cual sea el tipo de pobreza que marca la vida de las personas (material, psicológica, de sentido...), esa carencia les empuja hacia el pesebre; y quien se acerca a ellos se acerca al Niño, aun sin saberlo.
En la presencia de este Niño todo es aceptado, todo encuentra su sitio. Nada se rechaza. Lo sucio y lo que no cuenta, lo despreciable, lo mal mirado... pierde su aspecto desagradable y se unge de calidez y suavidad. Todo queda transformado por la irradiación de la luz que emerge desde dentro; y hay mucho más sitio del que podríamos llegar a imaginar, y mucha dignidad y mucha belleza.
«Cuando el hijo ha nacido, toda alma es María», decía Eckhart. Convertirnos en madre es estar profundamente abiertos, sin mostrar resistencias, en una creciente receptividad. Hacernos puro sitio, pura capacidad; y la vida entera es pesebre, cueva, espacio sin fondo donde acoger el desplegarse de uno mismo y de los otros, porque si no nos acogemos en lo pequeño, ¿cómo vamos a saber acogernos en lo grande?

Las puertas de la humildad

Cuando Dios se manifiesta, aparece la humanitas, la humanidad (Tito 3,4-7). Humanus no es únicamente humano; humanus significa también ternura. Una persona humana es una persona tierna. Apareció un niño. Y Pablo dice: apareció la ternura y la dulzura de Dios que salva. La verdadera compasión sabe de esta ternura y de esta reverencia ante el otro; no es únicamente una cualidad del modo de ser de Dios, sino el Ser mismo que Él es. El que se da amorosa y delicadamente, el que para darse desciende siempre más abajo, está abajo. Dios toma el camino de la humillación, se hace tierra fértil: posibilitador de todo lo que existe, crea y se retira para dejarnos ser.
El «sí» de María, su modo libre de consentir, abre las puertas a esta humildad compasiva de Dios. Como el sí en el que nos ofrecemos a nosotras mismas, cuando asumimos la propia vida en su espesor, en su ambigüedad, con los avatares de su historia, y también con toda su belleza y sus posibilidades aún por estrenar. Para llegar hasta nosotras, para ofrecer el sí de Dios al mundo, Jesús cruzó las puertas de la humildad amorosa, y el mismo camino nos está abierto a nosotras para llegar a Él. En el libro de la Sabiduría hay una descripción muy hermosa: «Un silencio sereno lo envolvía todo / y al mediar la noche su carrera / tu Palabra todopoderosa / vino desde el trono real de los cielos...» (Sab 18,14). En la noche, en el silencio, vino superando toda expectativa, toda razón, aun toda sabiduría, porque no vino «como guerrero implacable... llevando una espada acerada...» (Sab 18,15). No vino como luchador, sino como niño; no vino armado, sino desarmado, entregado y abandonado a nuestras manos. El que tiene todo el poder y el honor se muestra despojado de poderes y de honores. La Palabra enmudece. El desvalimiento de un niño se parece al desvalimiento de un hombre sometido y despojado de todo en una cruz. Allí tampoco habla ni se defiende: los brazos del niño suscitan amor; los brazos del crucificado lo piden también sin pronunciar palabra. Ambos esperan que alguien responda y diga: «Sí».

Pacificados en nuestras ansias

Jean Vanier convive en su comunidad del Arca con personas que presentan discapacidades, y estas relaciones lo han acercado más al fondo de la vida, al fondo de Dios. Él lo expresa así: «Durante más de treinta años he estado compartiendo mi vida con hombres y mujeres discapacitados, a veces con una profunda discapacidad. Y día tras día descubro esta verdad: nos necesitamos unos a otros. Comprendemos con facilidad que alguien débil necesite de alguien fuerte, pero nos cuesta más entender que alguien fuerte necesite exactamente igual de alguien débil... Necesitamos personas que sean pequeñas y vulnerables»
Es increíble que la pequeñez y la vulnerabilidad sean las tarjetas de visita de Dios. La Navidad es el memorial de esta verdad, que una y otra vez se nos olvida. No nos tiende la mano desde arriba, sino que se muestra necesitado desde abajo. Nos ayuda desde la debilidad. Está él también envuelto en flaqueza (Hb 3,18); como si no hubiera otro modo de poder ser compasivos. Los primeros testigos de este intercambio fueron unos pastores. Sospechosos por sus contemporáneos de hacer trampas, y no bien vistos, ellos reciben con asombro una nueva visión sobre la realidad, sobre ellos mismos, sobre sus imágenes de Dios. Su única riqueza para recibir esto es su receptividad, el tener que velar por la noche los tiene en estado de atención. Vigilantes para que los ladrones y los lobos no dañen a sus ovejas, ellos están despiertos mientras otros duermen. Mantienen sus ojos abiertos y se ofrecen calor y compañía. En un primer momento, recibir de golpe tanta luz les ciega, y el miedo se apodera de ellos. Siempre que tenemos posibilidad de más luz en nuestra vida, rondan también los miedos. Ver de nuevo, ver otras cosas distintas de aquello que creíamos ver, que nos hemos acostumbrado a ver, es también nacer de nuevo, y toda transformación se encuentra bloqueada por el miedo. Al lado del miedo, dentro de su concha, la perla de la alegría aguardando a ser descubierta. Necesitamos despertar al pastor interior que hay en nosotras, nuestra capacidad de atención a la vida, de buscar con otros, de dejarnos sorprender...
La luz y la voz ponen a los pastores en marcha. Preciosas mediaciones que movilizan su búsqueda y encaminan con ligereza sus vidas hacia el encuentro. Las señales son mínimas, cotidianas, demasiado sencillas: un niño, unos pañales, un lugar que frecuentan animales... ¿No habrían visto nacer a otros niños de noche y en condiciones de pobreza? ¿Por qué aquel iba a ser diferente? ¿Cómo podría ese indefenso niño traer tanta alegría, tanto amor, tanta paz...? Precisan ir juntos para descubrirlo: «Vamos a Belén a ver» (Lc 2,15). Hay mucho que ver en Belén, pero no todas las miradas pueden recibirlo. Hay miradas opacas que no se alegrarán, y miradas desconfiadas que no lo entenderán. Sólo las miradas y las pisadas de los pobres y pequeños se admirarán, y la paz del corazón será su recompensa. Una paz que, desde ellos, desbordará.
En Belén somos pacificados de nuestras ansias de hacer más y de conseguir más, de nuestras ansias de poder y de retener; y si permanecemos en silencio allí, ante el niño acostado en el pesebre, brotará en nosotras un deseo hondo de ser; de ser aquello que somos ya en el rostro abierto de aquel Niño. Un deseo de honrar cada existencia y de bajar a mirar ese lugar interior no profanado en cada persona, el lugar de su niñez y de su paz. Dichosos nosotros si podemos gustar y abrazar la paz del corazón que trae este Niño y ofrecerla anchamente para que otros puedan también recibir su don; sin defensas, sin precios, sin temores.

Solamente es un niño

Emociona sentir que también Jesús fue un niño como nosotros. Solamente un niño. Celebrar la Navidad, honrar y reverenciar el nacimiento de Jesús, tiene que ver también con poder honrar nuestras raíces y nuestro modo concreto de acontecer. Todas nacemos formando parte de una red de relaciones que se va ensanchando a lo largo de la vida: nuestra familia de origen, los demás parientes, las relaciones que libremente vamos estableciendo... Jesús pasa también por estas redes y las asume. En su árbol genealógico no sobra nadie (cf. Mt 1,1-16), y las mujeres que aparecen en él dan cuenta de hasta qué punto nuestra vida está mezclada, y cada color, aun los de tonos más oscuros, y cada sabor y cada rostro tienen su aporte en nuestra historia de salvación.
Es muy importante en esta historia dar un sitio a todos los que forman parte de nuestra familia de origen, no excluir a nadie. Dar su nombre y su lugar a todos aquellos que, a su vez, hicieron sitio por nosotras y nos sostienen desde atrás. Nuestro primer don es la vida que recibimos: no nos pertenece, otros nos la han dado. « ¿De qué me serviría si Jesucristo hubiera nacido de Dios y yo no? –se preguntaba Eckhart¬; la misma vida divina que late en el hombre Jesús late también en nosotros», y nuestro destino es experimentar esta vida.
Dios aparece como niño, mostrándonos que la verdadera dimensión del ser humano es hacerse niño. Desbloquear en nosotras las fuentes de la inocencia y de la bondad. Para un niño todo es posible, es una inmensa e interminable disponibilidad. «En una carne espiritual callosa, fosilizada, endurecida, Dios no puede vibrar. Dios vibra siempre en lo tierno. La Navidad evoca en nosotros aquel niño que fuimos y aquel niño en el que, cuando soñamos, todavía captamos la presencia de Dios... El niño es un ojo abierto y maravillado ante esta Presencia».

Como ciegos tocados por la luz

En los orígenes de Jesús, ya en sus primeras etapas, comienza a hacerse el boceto de lo que se va a desarrollar después. En torno a él se mueven personajes oscuros, y otros tocados por la luz. Los que no son capaces de verlo serán ahora también los que acabarán rechazándolo al final. Siempre me ha impactado esta afirmación del prólogo de Juan: «vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11); y pensar que también Herodes, y los fariseos, y el sumo sacerdote, eran de los suyos... A veces he caído en la tentación de creerme del lado de los que lo recibieron; pero si miro de verdad mi vida, hay tantas zonas en las que no he sabido recibirlo aún... Más bien querría sumarme a aquellos que, habiendo sido tocados por la luz, regaladamente, aún ven a los hombres como árboles (Mc 8,24) y siguen necesitando que él toque sus ojos de nuevo cada vez.
En la liturgia de la Navidad, san Esteban, san Juan, los santos inocentes... son imágenes de luz que se arrodillan en torno al pesebre; frente a ellos, la dura noche y la ceguera, y la luz se proyecta hacia la cruz. Desde el principio la vida del niño se encuentra amenazada. El antiguo orden no quiere ceder sus poderes y debe mantener a Dios en su lugar. Como los magos, también nosotras nos dirigimos primeramente a los palacios de nuestra sociedad del bienestar y a los herodes contemporáneos, hasta que nos damos cuenta de que allí no encontramos lo que vamos buscando, que allí se anula y se anestesia la vida; esa vida de Dios que quiere crecer en nosotros. Sólo cuando nuestros ojos se abren, como se abrieron los cofres de los magos ante el Niño, descubrimos asombradas que no hay nada que no sea su epifanía; que no es que Dios no se manifieste, sino que nos faltan ojos para descubrirlo. Los magos de Oriente son el símbolo de tantos hombres y mujeres que en cualquier parte del mundo, desde otras sendas y tradiciones espirituales, se preguntan, buscan y caminan. El oro del amor, el incienso de nuestros anhelos y la mirra de nuestros dolores y de aquello que sana las heridas, son entregados al que nos lo ha dado todo primero.
Una vez que la luz del Niño nos toca, ya no podemos seguir por el mismo camino; el camino de la epifanía –el camino de la compasión– es ahora el nuestro: descubrir el amor y manifestarlo. Descubrirlo donde no esperábamos y llevarlo a otros por donde aún no sabemos. Como ciegos tocados por una luz que nos indica los modos: en vulnerabilidad, en pobreza, en humildad, en alegría.
Dice el escritor africano Sobonfu Somé: «El nacimiento es la llegada de alguien venido de fuera que debe sentirse bienvenido. Es necesario que tenga la impresión de llegar a un lugar donde los seres humanos están preparados para recibir sus dones»
«En esta noche de Navidad
podemos abrazar sin miedo toda la realidad de nuestro mundo,
ofreciendo a la vez el ruido ensordecedor de todos los actos
de destrucción, de violencia o de odio que agitan el mundo,
y el imperceptible rumor de los innumerables gestos de amor,
de vida compartida, de don de sí,
seguros de que nuestro mundo está salvado.
Entonces, en el silencio del corazón de Dios,
contemplaremos maravillados
cómo acontece esta fantástica transformación
en la que todo el poder de salvación
que contienen esos gestos de amor se libera
y envuelve el mundo con un manto invisible,
como un bálsamo vivificante derramado sobre sus heridas.
Y nuestros labios susurrarán: “Mundo, feliz Navidad”».

miércoles, 24 de junio de 2009

ESTABAN COMO OVEJAS QUE NO TIENEN PASTOR

TEXTO Mc 6,30-34

30 Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado.

31 El, entonces, les dice: "Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco." Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer.

32 Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario.

33 Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos.

34 Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.



REFLEXIONES

30 Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado.

Prácticamente este versículo es resultado del capítulo 6,12-13. Los discípulos vuelven muy alegres de su actividad y se reagrupan en torno a Jesús. El único problema de fondo, es que ellos creen solo en el proyecto restaurador de Israel y no en el proyecto del Reino de Dios. Tal es la osadía de los discípulos que ellos se abrogan la autoridad de enseñar que es aun exclusiva del maestro. Esta autoridad se les dara será hacia el final después de resucitar.


31 El, entonces, les dice: "Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco." Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer.

La respuesta de Jesús es que quiere hablar con ellos a solas. El llevarlos a un lugar solitario alude a la ruptura que tiene que hacer el discípulo con los interese de restauración. El verbo descansar buscar integrar a los discípulos en los valores propios del Reino. La cantidad de gente buscan es contacto con el grupo discipular y no con Jesús. El discípulo debe asimilar el mensaje y para hacerlo debe estar junto a Jesús.


32 Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario.

No se dice que lugar era donde fueron, la acción recae en el verbo apartar. El descanso busca ser enriquecedor y formador. No es un tiempo muerto, es un tiempo liberador para compartir y aclarar.

33 Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos.

La gente que busca el contacto con los discípulos, no se resignan y buscan por todos los medios encontrase con ellos.

34 Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

Los discípulos desaparecen de la escena, ahora es Jesús que se hace cargo de la situación. La situación conmueve a Jesús, tanto que el mismo evangelista utiliza el mismo verbo de 1,41 cuando Jesús se encuentra al leproso. El descubrir que estaban como oveja sin pastor, pone al descubierto que el mensaje de los discípulos, que tanta satisfacción les había dado (Mc 6,30), no ha conducido a nada, no es una guía que libere al pueblo. Frente a esta situación Jesús asume el papel del pastor de Israel, y su primera objetivo es dar alimento en el doble sentido: enseñanza y comida. Todo esto quedar explicito en la enseñanza y multiplicación de panes que dará desde Mc 6, 35-45.


Una de las cosas que debemos cuidar es aclarar los criterios a la luz del evangelio, no vaya ser que también en nuestras predicaciones estemos solo luchando por ideas restauradoras que no tienen nada que ver con el Reino de Dios. Para lograr esto hay que saber descansar, abrir las ventanas de la escucha, acoger sin prejuicios, ser testigos en medio de la gente.

Nos volveros encontrar hasta el 30 de Agosto nuevamente con Marcos y por supuesto unas breves vacaciones. ¡Hasta Pronto!

viernes, 13 de febrero de 2009

SI QUIERES, PUEDES LIMPIARME - QUIERO; QUEDA LIMPIO

TEXTO
MC 1,39-45

39 Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

40 Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: "Si quieres, puedes limpiarme."

41 Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: "Quiero; queda limpio."
42 Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio.

43 Le despidió al instante prohibiéndole severamente: 44 "Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio."

45 Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a él de todas partes.


REFLEXION


Previamente, se hace muy llamativo que en el texto los siguientes aspectos: el nombre de Jesús no se menciona, queda de manera tacita. El leproso no lleva nombre ni mucho menos se sabe de dónde viene. Por último el verbo que se usa es limpiar y purificar, no apare ce el verbo curar. Hecho este llamado de atención nos centramos en el texto.

Después de liberado el endemoniado, haber sanado a la suegra de Pedro y curado a los enfermos de las multitudes, siguen unas curaciones o liberaciones que tienen un significado muy kerigmatico para el evangelista.

39 Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Jesús continua con su itinerario en las sinagogas (lugar de reunión de los judíos integrados en el sistema religioso), con la diferencia que ahora predica o proclama para poder así remitir al anuncio del Reino de Dios, donde el plazo a terminado (superación del sistema religioso) y la necesidad de un cambio de vida se hace urgente (conversión). Con el verbo proclamar o predicar el Reino de Dios, el evangelista está dejando en claro que el mensaje de Jesús no está sujeto a la literalidad del antiguo testamento cuya base es solo enseñar. En rigor el verbo proclamar (keryssein) está en relación únicamente con la buena noticia.

Con la afirmación de expulsar demonios – ténganse en cuenta que los endemoniados están en las sinagogas- para el evangelista vienen a significar liberar de cualquier ideología alienante de odio y violencia contraria al plan de Dios


40 Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: "Si quieres, puedes limpiarme."


Este hombre, cuyo nombre no aparece, es el primer enfermo que se acerca a Jesús por iniciativa propia. En la pensamiento judío este hombre es impuro (Cf Lv 13,45) y por su enfermedad sufre un castigo de Dios, en una palabra un maldito. Este leproso aparece como la figura de la total representación de los marginados de Galilea. Es admirable en este hombre, que el deseo que tiene de salir de esta postración marginal lo ayuda a vencer el temor a la ley, y mueve el límite establecido por la misma para los leprosos en el momento que se le acerca a Jesús.

Sus palabras son expresión de angustia, incluso no le pide a Jesús que le toque. Su actitud es humilde y con una profunda confianza en el poder de Jesús. Este hombre en lo más profundo de su ser, busca eliminar el obstáculo que lo priva del amor de Dios. El leproso no duda de que Jesús pueda limpiarlo, pero no está seguro que quiera hacerlo.

Esta petición tan llena de fe y confianza nos remonta al episodio del profeta Eliseo cuando cura de la lepra a Naamán el sirio (Cf. 2R 5,11), en esta línea el evangelista nos lleva a pensar que la acción de Jesús no se limita solo al pueblo de Israel.

41 Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: "Quiero; queda limpio." 42 Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio.


El verbo conmoverse (splagjnistheis) es aplicado solo a Dios en el antiguo testamento, y significa la ternura del amor de Dios por los hombres especialmente el más humilde.

La acción de Jesús en extender la mano expresa la acción liberadora y al mismo tiempo superación de la marginación religiosa y social. Este gesto de tocar invalida la fundamentación teológica de la impureza. La marginación no expresa la voluntad de Dios.

Las palabras de Jesús es respuesta a la petición del leproso. La expresión “quiero, queda limpio”, deja al descubierto que la ley no tiene piedad de la miseria de hombre. El leproso queda limpio por el contacto y la palabra de Jesús, es decir lo que negaba la ley (el contacto y la palabra) es otorgado en ternura donde Dios lo acepta como es. La lepra marginativa es solo etiqueta humana atribuida a Dios.

43 Le despidió al instante prohibiéndole severamente: 44 "Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio."


El leproso le toca ahora abandonar la idea de que Dios excluye del amor algún hombre o mujer por su condición, más aun tiene que “convencerse de que la doctrina y la institución proceden de Dios o reflejan su ser, sino que se oponen a él”. La liberación de la marginación física no es suficiente, debe salir de la marginación espiritual y psíquica ya que correría del peligro de ser marginado nuevamente.

El sacarlo fuera de la sinagoga el que había sino leproso, lo hace un hombre emancipado del sistema religioso institucional. Jesús tiene muy pero muy claro que la legislación de lo puro e impuro es fruto de la legislación de Moisés y por tanto no tiene origen divino.

El rito -que no hará este hombre- denota el respeto que Jesús tiene hacia la ley y evitar un enfrentamiento con la institución, pero también impedir que se siga propagando una imagen de un simple curandero.


45 Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a él de todas partes.


El hombre una vez sanado no va al templo porque ha llegado a la convicción “de que la institución judía y sus leyes han falseado la figura de Dios; que la marginación que él había sufrido era religiosamente un engaño y socialmente una injusticia” Entonces ¿para qué ir al templo?

La alegría y libertad que experimenta este hombre lo hacen un anunciador, no de lo sucedido, sino del mensaje en el que Dios ofrece su amor a todos.

El mensaje del que había sido leproso, hace que Jesús se convierta en un marginado porque no podía presentarse en público ni en ninguna ciudad entrar. Jesús, para las autoridades vigilantes de la observancia es un hombre impuro. El que libero de la marginación y la impureza se convertido en un impuro para la ley y un marginado de la sociedad.

Quedarse a las afuera era el lugar de la oración de Jesús y expresión de la ruptura con el sistema que genera lepras marginativas. La letra no es el punto central del episodio, es medio por el cual se hace una denuncia profética.

La respuesta de la personas es por el mensaje del que había sido leproso, y los que acuden no piden curaciones, solo muestran su adhesión a Jesús. Con esta acción curativa y liberadora de Jesús se pone fin a la predicación en las sinagogas de Galilea.

EL RUIDO DE LA PALABRA

Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra