Texto: Juan 4, 5-42
Nadie duda de La importancia del relato que ahora vamos
a abordar. EL relato del encuentro de Jesús con La mujer samaritana (Juan 4,1-42), es considerado como uno
de Los pasajes más Leídos y estudiados del Evangelio según san Juan y quizás de todos Los evangelios. Esto se debe
a su belleza Literaria, pero sobre todo al drama espiritual que se va delineando a Lo Largo de La conversación entre Jesús y La mujer, en el cual –a través del impacto de La Lectura- siempre
descubrimos también algo del drama espiritual que sucede dentro de nosotros mismos.
Este
evangelio de Juan 4, 5-42 tiene tres partes:
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Jn 4,5-26
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Jn 4,27-38
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Jn 4,39-42
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EL encuentro de Jesús con La
samaritana
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EL diálogo con Los discípulos
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EL encuentro de Jesús con Los
samaritanos
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Persona →
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Comunidad →
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Sociedad
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No vamos asumirlo todo, será algunas partes.
Es un encuentro que va desde fuera hacia dentro de la ciudad:
comienza con Jesús y la samaritana solos junto al pozo, luego entra en escena la
comunidad de los discípulos y junto con ellos Jesús contempla los campos,
finalmente Jesús es conducido hacia dentro de la ciudad, donde es acogido como
huésped de honor.
Es un encuentro que va da del pozo físico al pozo del
corazón: el corazón humano que por sí mismo no puede producir vida, el corazón
de Dios de donde viene el don inagotable de la vida.
Es un encuentro verdaderamente salvífico que conduce de la
conciencia del pecado (la Lejanía de Dios) a la experiencia plenificante de la
adoración de Dios (la entrega de la vida a él) según la manera como Jesús la
enseña.
Es un encuentro que va de la disgregación a la congregación.
En el encuentro con el Verbo se da un proceso que quiebra dicotomías,
reconciliando hombre-mujer (conflictos de género), judío-samaritano (enemigos
políticos), verdadero-falso adorador de Dios (discriminaciones religiosas).
Es un encuentro que integra lo personal y lo comunitario, la
experiencia personal y la misión. La samaritana vive su experiencia personal de
Jesús, pero confiesa su fe sólo junto con su comunidad. EL encuentro salvífico
de Jesús con La samaritana es el punto de partida de La misión: de la
samaritana misma y de Los discípulos.
Finalmente, es un encuentro que va del “no tener” al “tener”
(del “tú no tienes” al “yo te puedo dar”). Su función es educar para comprender
la grandeza del don de Jesús, la necesidad que tenemos de él, la manera como se
“obtiene” y el Llamado a compartirlo.
Otros aspectos del texto.
EL Lugar: “el pozo de Jacob” (v.6). Jesús Llega a otra tierra
hostil, la región samaritana, y se detiene junto al pozo que se encuentra cerca
(aproximadamente un kilómetro) de la ciudad de Sicar (v.5). Normalmente las
ciudades antiguas se construían cerca de una vía importante y, Lo que era
esencial, junto a una fuente de agua que abasteciera la ciudad. Puesto que no
había sino un solo pozo para cubrir todas las necesidades de la población, este
lugar era:
- sitio habitual de encuentro de La gente (por ejemplo Gn 29,2-4),
- sitio de conflictos por la propiedad (por ejemplo: Gn 26,19-22); y, puesto que en la época el ir a buscar agua era tarea primordialmente femenina (ver 24,13), también era
- sitio para enamorar, buscar esposa, y por esto mismo eventualmente peligroso para las mujeres (por ejemplo Ex 2,16-19).
La hora. EL dato es preciso (v.6): era mediodía. Se entiende por qué a
la hora de calor un viajero quiera sentarse junto a un pozo. Se entiende
también por qué los discípulos han recorrido la poca distancia que les queda de
la ciudad “para comprar comida” (v.8), es la hora del hambre y de la sed. Se
puede intuir, incluso, qué afán trae la mujer cuando viene al pozo. Pero tambien al mediodia no existen sombras todo es luz.
Las condiciones físicas
de Jesús: “se había fatigado del camino”
(v.6). Los datos anteriores nos permiten comprender la fatiga de Jesús. Cuando
contemplamos el rostro de Jesús en el pasaje de la samaritana no sólo nos
encontramos con un viajero que está exhausto físicamente. El favor que le pide
a la samaritana –“Dame de beber” (v.7)- no es un simple truco, es real. El que
le da carne al Verbo de Dios: es un necesitado. Al pedirle agua a la samaritana, “Dame de beber” (v.7), Jesús
le expresa que necesita ayuda, que depende de ella para solucionar una de sus
necesidades básicas. Pero
paradójicamente la situación se invierte al final, cuando es la mujer misma la
que clama: “Señor, dame de esa agua, para
que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla” (v.15). Es la
mujer quien descubre que depende de Jesús para solucionar su necesidad básica
no fisiológica y más profunda, una sed que tiene una causa más honda y que está
relacionada con el sentido de su existencia.
La atmósfera de la
relación: “¿Cómo tú siendo judío me pides
de beber a mí que soy una mujer samaritana?” (v.9). Es una atmósfera de
tensión, la primera reacción de la mujer es agresiva.
Se ponen de relieve las dos causas de la agresividad con
relación a Jesús:
- Está tratando con una “mujer”: esto es peligroso, la mujer se protege, pero también saca a relucir la habitual discriminación que vive;
- Ella es “samaritana”, por razones históricas él es su enemigo. EL mismo evangelista lo comenta, “Porque Los judíos no se tratan con Los samaritanos” (v.9).
En su primer contacto con Jesús, la mujer coloca las cartas
sobre la mesa: “Tú eres”, “Yo soy”. La relación se da sobre el plano de lo accidental,
de la etiqueta regional heredada, y no sobre el ser mismo de las personas.
Nuestro relato no está interesado en Las cuestiones morales
de La mujer sino en el hecho de que Jesús conoce bastante bien su realidad. La
mujer queda profundamente impresionada, como ella misma dirá más adelante, este
es justamente el momento que quedará en su memoria de todo el encuentro:
“Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo Lo que he hecho” (v.29;
igualmente en el v.39). Sus paisanos pasarán por la misma experiencia (ver el
v.42).
La misma mujer que se burló de él cuando le dirigió la
palabra (v.9), que le lanzó una ironía cuando le habló del agua viva
(vv.11-12), es la misma que ahora se admira de él (v.19). Pero su misma
respuesta en el v.15 muestra que ella ya venía intuyendo que se encontraba
delante de alguien especial. Dado que Jesús conoce bien cómo está su vida
privada y todo lo que ha hecho, la mujer comienza también a saber quién es él y
lo llama “Profeta” (v.19).
La mujer siente que Jesús le conoce a fondo su vida, su
historia y sus necesidades. Ya no es “el Judío” (v.9), ahora es el “Profeta”,
aquel que ve su vida con la mirada de Dios y la interpreta.
La mujer toma la palabra en cuanto samaritana, es decir, en
cuanto miembro de un pueblo orante pero dividido. Ella, en nombre de sus
paisanos, tiene la valentía de proponer el problema que en realidad los divide,
esto es, el de la separación del culto de Jerusalén después de la muerte de
Salomón, situación que ha permanecido por casi un milenio de historia y que
toda la fibra más honda de la experiencia religiosa de Israel. La cuestión es:
¿Cuál es el verdadero lugar para adorar a Dios? ¿Será
Jerusalén o Garizim?
La samaritana saca a relucir lo mejor de ella misma. Se presenta
a sí misma como una mujer que sabe o intuye por su fe que en la comunión con
Dios está la plenitud de la vida. Pero hay un problema que le impide estar segura
de esa comunión con Dios, y es donde darle culto y adorarlo.
En fin, la relación con Dios no se construye desde nuestros
presupuestos. La verdadera adoración a Dios, actitud que abre e inserta nuestra
vida en la infinita grandeza del Dios Padre que nos da la vida, sólo puede
hacerse sostenida por el Espíritu e iluminada por La Verdad.
La adoración es un don de Dios y se nos da en la persona de
Jesús. Por medio de él es que renacemos del Espíritu (Jn 3,5). Es en él que
descubrimos la verdad de Dios y de nosotros mismos (“Soy Rey, para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar
testimonio de La verdad”, Jn 18,37).
De esa manera Jesús nos indica y nos concede la verdadera
adoración de Dios, la justa y decisiva relación con Dios. La oración es el
ejercicio de la comunión estrecha y profunda con Dios.
Esta es la “fuente que
mana” con todo su vigor, que no se agota nunca, el agua que extingue toda
sed y nos da la vida eterna.
Para Reflexionar.
Hay diálogos
que matan. Hay otros que producen vida. ¿Cuál fue el resultado de este diálogo
de Jesús y de la samaritana?
¿En qué
aspectos nos cuestiona y en qué aspectos nos confirma la acción evangelizadora
de Jesús y de la samaritana?

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