sábado, 1 de junio de 2013

LOS DISCIPULOS DE EMAUS


¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? Así dijeron los discípulos de Jesús, Cleofás y su compañero, al darse cuenta en Emaús que quien los había acompañado en el camino era el mismo Señor.
            Es el primer día de la semana, y el tercero después de la muerte de Jesús en la cruz. Jerusalén, la Ciudad Santa, había sido el lugar de los acontecimientos que acababan de ocurrir, Jesús había sido sepultado en una tumba nueva, propiedad de José de Arimatea, miembro del Consejo (del Sanedrín) pero que no apoyó las decisiones de éste de dar muerte al Señor. Las primeras en recibir la Buena Nueva de la Resurrección fueron las mujeres que se acercaron a la tumba para ungirlo con los aromas que habían preparado según la costumbre judía; allí, al ver el sepulcro vacío se asustan, pero dos ángeles les anuncian que Él ha resucitado..
            Las mujeres, María Magdalena, Juana y María la de Santiago, según el Evangelio de Lucas, corren a contarle a los Once y a los demás lo ocurrido, pero ellos no les creen; por supuesto, los discípulos de Emaús tampoco. Ellos, seguramente, además de decepcionados: “Nosotros esperábamos que sería él, el que iba a librar a Israel…”, sintieron que todo había quedado allí; su fe se había resquebrajado, no porque no hubiera pasado nada sino porque no creyeron en las palabras de Jesús cuando les anunció todo lo que iba a pasar antes de su resurrección. Pero ¿quiénes son Cleofás y su compañero? Las Escrituras refieren que son discípulos, no apóstoles, han recibido la Enseñanza de Jesús, seguramente le han acompañado si no en todos, al menos en muchos de sus recorridos por Galilea y otros rincones de Palestina, le han escuchado hablar de todo lo que tendría que sufrir, les ha recalcado que al tercer día resucitaría. Pero, qué difícil para ellos comprender  a pesar de haber sido testigos presenciales de muchos milagros y prodigios, que Él pudiera volver a la vida.
            En este acercarse a Cleofás y su compañero cabe preguntarse: ¿por qué se fueron de Jerusalén y no esperaron al menos que concluyera el tercer día? En primer lugar, se puede pensar que tenían mucho miedo, ellos sabían, al igual que los demás, que los judíos del Sanedrín los estaban buscando para apresarlos, y seguramente matarlos también, así que estaban en condición de prófugos de la justicia. En segundo lugar, aunque formaban parte de la comunidad (la casa), se sentían inseguros y desprotegidos, estaban totalmente deprimidos y desencantados, y aunque el Señor ya había enviado una señal de su resurrección con los ángeles a través de las mujeres, ellos no les habían creído.
            Si nos adentramos un poco en la mentalidad de aquella época, pudiera concluirse que era casi humillante que unos ángeles se aparecieran a “unas mujeres” para anunciar un hecho tan trascendente y no a cualquiera de los hombres que acompañaron a Jesús en su misión en la Tierra. Lucas  habla sólo de los ángeles, pero Marcos, Mateo y Juan, refieren que Jesús se les apareció también a ellas, y aunque hay algunas diferencias en este acontecimiento, María Magdalena aparece en los tres evangelios como testigo de esa primera aparición.
            ¿Y la fe de Cleofás y su amigo dónde queda?  Ambos han quedado vacíos de fe y en ausencia de toda esperanza, pero aún así no se han salido del “camino”, van a Emaús por el “camino” y de pronto, Jesús se les acerca, los acompaña, pero sus ojos están vendados, no ven porque han perdido la fe y aunque Jesús los reprende llamándoles “insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas”, y les explica todo lo que dicen las Escrituras acerca de Él desde Moisés, ellos siguen cegados, entristecidos, sin comprender que a su lado caminaba el Señor.
            Por la lectura, se intuye que llegan a la casa de uno de ellos, pues lo invitan a quedarse dada la hora del atardecer y lo invitan a comer. En la mesa están sólo los tres, seguramente conversando aún de lo ocurrido, sin embargo aún están ciegos; sólo al verle bendecir y partir el pan lo reconocen, pero ya es tarde, Él ha desaparecido, no hay tiempo de preguntar, de adorarle, de expresarle su alegría. Deciden entonces regresar a Jerusalén, regresar así como ha vuelto la fe a ellos, entonces se dicen el uno al otro: ¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?
            ¿Cuántas veces mengua o desaparece la Fe en aquel que ha visto o ha recibido prodigios de Dios, pero que a la hora de la prueba no saben esperar y se van como los discípulos de Emaús, dando la espalda a la “Ciudad Santa”, a su Iglesia, a su Fe? ¿Cuántas veces arde su corazón intuyendo que el Señor está cerca y que no los ha abandonado, pero aún así dudan y se sumergen en la desesperanza? El mundo está lleno de discípulos de Emaús, que transitan por la casa, su comunidad, y aunque han participado del Banquete del Señor, lo desconocen en el momento del sufrimiento y se retiran. Algunos permanecen en el “camino” como los personajes del pasaje evangélico, pero otros se apartan de él  y quizá más nunca lo vuelvan a encontrar.
Cleofás y su amigo sienten arder su corazón presintiendo un prodigio nuevo que no sólo les devolvería la Fe sino que haría que más nunca la pierdan. Ya antes de celebrar el “verdadero banquete”, se han preparado con las palabras que  Jesús les ha dicho para recibirlo de nuevo y adorarlo, lo han invitado a quedarse con ellos en “casa” y, sentados junto a Él, lo han encontrado de nuevo. Entonces a sus almas llega el gozo, la celebración del reencuentro con el Señor, y sienten manifestarse en sus vidas no sólo la realidad de su Resurrección, sino su propia resurrección a una nueva vida plena de Fe y de Esperanza. 
                                                                                                                   Autora: Belkis Aquino

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