Texto: Mateo 14,13-21
El relato evangélico de este domingo nos muestra a un Jesús tremendamente humano. Mateo nos dice que al enterarse de la muerte de Juan Bautista, se retiró en silencio, “discretamente” (dice alguna traducción), y se fue a un lugar despoblado. Ante tal noticia se movilizan sus sentimientos y seguramente deseaba estar solo con su dolor. Juan era su pariente y además el testigo de la experiencia vivida en el Jordán, el mediador que el Padre escogió para que Jesús viviera su experiencia fundante de “ser el Hijo amado”. No era para menos, necesitaba alejarse…
Pero el evangelista nos dice que al desembarcar se encuentra mucha gente necesitada, y su corazón vulnerable sintió compasión. Su dolor de hombre por la muerte del Bautista se enfrenta al dolor de una humanidad que esperaba consuelo y sanación.
Los discípulos, sin caer en la cuenta de lo que vive el Maestro le insisten que envíe al gentío a buscar comida: “que se vayan”. La palabra del Señor es fuerte: “no tienen por qué irse, denles ustedes de comer”, compartan lo que poseen, que lo nuestro es dar de lo que poseemos. Les hace caer en la cuenta que sus discípulos no pueden ni deben huir del sufrimiento y de la necesidad humana, que están llamados a compartir sus cinco panes y sus dos pescados, que deben “dar gratuitamente lo que poseen por Gracia”.
El texto dice que comieron todos hasta saciarse y aún recogieron las sobras… Así es Jesús, nuestro hermano mayor: misericordioso y compasivo ante el sufrimiento humano. Así somos invitados a vivir sus seguidores y seguidoras: con un corazón dispuesto a sanar el corazón herido, a tiempo y a destiempo, haciendo frente al dolor y a la miseria, compartiendo todo lo que poseemos, y sin huir del sufrimiento.
Reflexión por: Hna. Maria Ana
“¡Denles ustedes de comer!” ¡Ojalá escuchemos este domingo la Voz de Dios y no se endurezca nuestro corazón!
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