viernes, 6 de abril de 2012
¿COMO NOS SALVA LA MUERTE DE JESÚS?
La reintepretación de las categorías soteriológicas es una de las tareas todavía pendientes, plausible hoy todavía pendientes. Las categorías soteriológicas tradicionales adolecen de un olvido de la historia, de un predominio de la clave jurídico-penal, de una atribución de virtud salvífica al sufrimiento y a la muerte (sacrificiales), de una idea de salvación demasiado individualista, religiosa y escatológica…
Hay que empezar por dejar bien sentado que Jesús no murió por voluntad divina, ni como sacrificio expiatorio por nuestros pecados, al menos en el sentido tradicional que sugieren estas expresiones. Jesús murió por unas razones históricas (de tipo religioso y político): chocó con los intereses de los dirigentes judíos y romanos. La “necesidad” de la muerte de Jesús no hay que ligarla con el designio eterno de Dios, sino con los mecanismos históricos de la religión y de la política, que necesitan quitarse de encima a los profetas molestos.
Una vez sentado eso, es preciso volver a pensar la salvación. La salvación significa que ”las cosas pueden ser de otra manera”, que son posibles el amor y la solidaridad indestructibles, que los olvidados y los marginados tendrán quien les ayude, que todos los seres humanos pueden ser comensales en la misma mesa, que los seres humanos y todos los seres serán hermanos, que toda tristeza desaparecerá, que la última palabra no será la injusticia, ni tampoco la justicia, sino la misericordia y el amor… Es más, salvación significa que las cosas “ya son, en el fondo, de otra manera”, como lo han sido en Jesús. La bondad ha sido en él más fuerte y nos ha enseñado que, a pesar de todos los males, el ser humano puede ser bueno y que de hecho ya lo es.
Para los cristianos, Jesús es la bondad plena y, por lo tanto, plenamente transformadora.
La bondad de Jesús revela y realiza la promesa total de Dios. Por consiguiente, podemos creer en el ser humano y en la realidad toda, a pesar de todas las dudas y luchas. En la cruz injusta y terrible han vencido la bondad y la esperanza para el ser humano y para toda la realidad. Estar salvados consiste en vivir plenamente hermanados, en ser libres de cuanto daña la vida y nos encierra en nosotros mismos, en vivir en paz con todas las criaturas.
¿Qué es, por tanto, lo que salva? Lo que salva no es la cruz y la muerte, sino la bondad vivida en la vida, que transforma la misma muerte en vida. No nos salva la mera encarnación del Hijo, como ha subrayado sobre todo la teología oriental. Y no nos salva la mera muerte de Jesús, como ha subrayado ante todo la teología occidental. “La soteriología padece una falta de visión al fijar únicamente su atención en el acontecimiento pretérito de la cruz en el Gólgota”, escribía Rahner hace años.
LA VIDA ENTERA DE JESÚS es lo que salva: el modo en que Jesús fue hombre, su mensaje liberador, sus orientaciones peligrosas, su compasión sanadora, su solidaridad valiente, su fe en la oscuridad, su esperanza en la angustia, su amor cálido… todo eso es lo que salva.
Jesús hizo suyos los dolores y los sueños de los seres humanos, y por eso lo llevaron a la cruz. En consecuencia, SU SUFRIMIENTO Y SU CRUZ son salvadores en la medida en que son consecuencia y manifestación de su “proexistencia”, de su solidaridad. En cualquier manifestación de belleza y bondad, el creyente capta y mira la presencia salvadora de Dios mismo. Y en Jesús, el creyente cristiano mira LA PLENA BELLEZA Y BONDAD DE DIOS que libera, reconcilia y hermana: “salva”.
¿Y cómo salva Dios? Dios no salva desde fuera, de manera mágica. Dios no salva por decreto. Y Dios no salva exigiendo la muerte de un justo como expiación y paga de los pecados. Dios salva desde dentro del mundo, haciendo de la desgracia del mundo su propio destino, hasta que todas las criaturas sean dichosas. Dios no está “en el cielo”, lejos de los pobres, enfermos y marginados. Dios es compañero de camino y de mesa.
Cuando Jesús anuncia la buena noticia a los pobres, Dios mismo se revela como señor a favor de los pobres¸ cuando Jesús cura a los enfermos, Dios mismo está curando a los enfermos tocándolos tiernamente; cuando Jesús se acerca a los marginados, Dios mismo es prójimo de los marginados¸ cuando Jesús es comensal de pecadores, estos pecadores tienen a Dios mismo como comensal y como presencia de perdón. ¿Y cuando Jesús muere en la cruz? Entonces, Dios mismo es COMPAÑERO DE CRUZ de todos los crucificados, para liberarlos a todos de la cruz, para humanizarlos y hermanarlos a todos.
Dios es amor poderoso que se hace compañero de los dolientes. Más poderoso que el dolor y que la muerte. Dios es justamente eso: EL PURO AMOR QUE HABITA EN EL CORAZÓN DEL MUNDO. Es lo que el cristiano cree. Cree, con todas sus dudas, que la solidaridad y el amor de Dios son más poderosos que toda la crueldad de nuestro mundo. Cree que este pobre mundo está envuelto en el amor com-paciente y feliz de Dios. Es lo que confesaron los discípulos de Jesús, anunciando que Dios ha resucitado o glorificado a Jesús crucificado, esperanza para todos los crucificados.
(Tomado de LA FE, DIOS Y JESUCRISTO. Equipo de investigación de Teología sistemática de Deusto. PPC) Miguel Blanco 5 abril 2012. Bilbao
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
EL RUIDO DE LA PALABRA
Toda reflexión es producto de la sonoridad de la palabra

No hay comentarios:
Publicar un comentario